martes, 21 de mayo de 2013

El legado de la dictadura de Jorge Rafael Videla (1976-1983)

Julio Gambina, ArgenPress

Con la muerte de Videla y hace muy poco de Martínez de Hoz, se van los dos principales organizadores del orden neoliberal en Argentina, que completó el ensayo iniciado en Chile en 1973 y que pronto cumplirá cuatro décadas de ofensiva del capital contra el trabajo. Ese ensayo se generalizó a todo el mundo desde la revolución neo-conservadora de Thatcher y Reagan hasta la crisis mundial en curso.

No se trata de agigantar a los dictadores del cono sur de América, pero si enfatizar que la liberalización de la economía con flexibilización salarial y laboral, las privatizaciones y la subordinación al imperialismo se acrecentaron desde entonces, afirmando una institucionalidad de dificultosa reversión a casi tres décadas de vigencia de gobiernos constitucionales en la Argentina.

El mérito principal de la dictadura genocida fue la “destrucción” de sujetos para el cambio social y político, un fenómeno que empieza a revertirse en Nuestramérica en este comienzo del Siglo XXI, pero que choca contra un orden económico, social, político y cultural construido desde aquel experimento sustentado en el terrorismo de Estado.

La legislación financiera y el endeudamiento externo siguen presentes para recordarnos el legado duro de aquel proyecto de reinserción subordinada de la Argentina en el capitalismo mundial. Pero también la desarticulación social, especialmente en el movimiento obrero, núcleo de la acumulación social en los 70’ y eje concentrado de la represión. La fragmentación actual encuentra su origen en aquellos años de la represión dictatorial. Es cierto también que la desarticulación afectó también a otros sectores sociales de muy diversos espacios culturales, intelectuales y estudiantiles, incluso a productores y empresarios pequeños y medianos.

No solo se intervinieron organizaciones sociales de trabajadores, productores y empresarios, y otros sectores, sino que se prohibieron sus manifestaciones y acciones de protestas, limitando la posibilidad de intervenir en la construcción del orden social. La violencia explícita y visible resultó organizadora del orden que persiste, insistamos, no solo en el país. La cooperación represora transnacional asoció vía Plan Cóndor al poder económico, militar e ideológico para sustentar una modificación civilizatoria que hoy se muestra en crisis en todo el mundo. Esa ofensiva capitalista contra el trabajo iniciada en Chile y en las dictaduras del cono sur marcó el camino del actual ajuste europeo y global, junto al mayor enriquecimiento del 1% de la población enriquecida del planeta.

El desafío civilizatorio del presente pasa por desarmar el entramado institucional de relaciones sociales en la economía que explican el empobrecimiento relativo de la masa laboral del mundo. La tendencia a la caída del salario como promedio mundial surge de los recientes estudios de la OIT, y no debe sorprender la continuidad de iniciativas para contener la demanda de mejoras salariales, la que se acompaña de masivos subsidios de renta en dinero para sectores empobrecidos. Es una realidad en Argentina y en toda la región latinoamericana, producto de mejoras fiscales logradas con saldos favorables del comercio internacional de materias primas.

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