domingo, 24 de junio de 2012

La eurozona, camino de un infierno dantesco: lo que se juega en los próximos 8 días

El coeditor del Financial Times en Londres y columnista estrella del Spiegel en Hamburgo sale al paso de la locura dominante
Wolfgang Münchau, Sin Permiso

¿Qué deberíamos preferir en la crisis del euro? ¿Acaso un final espantoso, antes que un espanto sin final? ¡De ningún modo! Sería la ruina, incluso para Alemania. Y sin embargo, la política de la Canciller Angela Merkel nos lleva derechamente a un infierno dantesco.

Hace muchos años, saqué de quicio a una maestra en una redacción escolar que criticaba a la SPD por haber tolerado la política económica deflacionista de[l socialcristiano conservador] Heinrich Brüning durante la República de Weimar. Hacer tamaña observación en una ciudad regida por la SPD, en un Land federado regido por la SPD y en un Estado federal gobernado entonces por la SPD resultaba políticamente incorrecto. A resultas de ese episodio –y de la mala calificación obtenida—, siempre me he mantenido resueltamente crítico con el consenso.

También hoy le resulta difícil a la izquierda enfrentarse a la conservadora narrativa dominante de la eurocrisis. Una narrativa, según la cual la crisis fue causada por falta de disciplina presupuestaria; según la cual, en una crisis, lo que hay que hacer es ahorrar; según la cual, el mal de base en la Europa meridional es la falta de reformas; según la cual, no se precisa unión fiscal o unión bancaria. Y según la cual, toda va bien, mientras nos atengamos a las reglas.

La tesis es obvia, plausible y falsa. Exactamente igual que la tesis favorita de los años 30: la de la contracción económica saludable. Igualmente plausibles y falsas son las soluciones de Thilo Sarrazin: “Dejad que Grecia salga del euro, y todo irá de perillas”.

Esas narrativas dominantes son desgraciadamente compartidas por muchos de mis lectores [alemanes]. Demasiado a menudo se deja oír la sabiduría de necios: “Mejor un final espantoso que un espanto sin final”. Me opongo enérgicamente a ese apotegma. El contenido de verdad de lo enunciado depende lógicamente de la naturaleza del espanto al que, en uno u otro caso, uno se ve expuesto. En la Alemania de los años treinta, la depresión finalizó con un espanto.

Quien ahora exige el final del espanto, subestima, como sus hermanos ideológicos de sangre en los años 30, los costes económicos, sociales y políticos de tan desapoderado acto de violencia. Mientras, en cambio, cuenta hasta el último guisante –y muchas veces, por partida doble o triple— de los supuestos costes de los programas de rescate o de una unión fiscal.

Tenemos todavía 8 días por delante


Un final con espanto sería ruinoso, precisamente para Alemania. Por lo pronto, el mercado interior europeo no sobreviviría a un regreso a los tipos de cambio flexibles. La industria exportadora alemana no se recuperaría del golpe. También amenaza un colapso financiero. La Bundesbank tiene, frente al BCE, deuda activa por un monto rayano en los 700 mil millones de euros, que resultan del sistema de pagos Target 2 [el sistema automatizado transeuropeo para la transferencia urgente con liquidación bruta en tiempo real; N.T.]. Esa deuda activa sube mes tras mes. Si el desplome llegara a fin de año, amenazan unas pérdida totales de una magnitud situada entre 1 y 2 billones de euros, incluida la cobertura del riesgo de los paraguas protectores y del rescate de los bancos alemanes que quebrarían. Eso significa entre el 40% y el 80% de nuestro PIB.

La política de ganar tiempo practicada por Angela Merkel es todavía más ruinosa. A cada mes que pasa, las cargas soportadas por Alemania en el sistema son más pesadas. Un ejemplo de esa locura lo da la explosión de la deuda griega. Cuando comenzó la crisis, el peso de la deuda de Grecia era sólo del 100%. Tras varios años de ahorro y austeridad, y a pesar de la quita de deuda, su coeficiente deudor es ahora más elevado. Si ahora España e Italia tienen que entrar a cobijarse igualmente bajo el paraguas, eso significa que Alemania y Francia, de consuno, tendrán que garantizar más de 4 billones de euros de deudas. Eso es más que el ingreso anal de los dos países juntos. Estamos, así pues, en un rumbo derechamente aproado a la mayor bancarrota estatal de la historia universal.

Sólo conozco dos soluciones capaces de evitar eso:
  • - una adopción de la deuda por parte del BCE; o:
  • - una mutualización parcial de las deudas a través de eurobonos y una unión bancaria.
La política de Merkel nos lleva al Infierno de Dante: “Quien aquí entre, abandone toda esperanza”

Para empezar a poner por obra una reforma tenemos 8 días: hasta la próxima cumbre de la UE [el 28 de este mes de junio]. Si la Canciller no se allana a lo que significaría el mayor giro político hasta la fecha, entonces mis críticos tendrán el placer de comprobar experimentalmente sus tesis del final del espanto. Me acuerdo ahora del malvadamente mordaz comentario del gran economista keynesiano John Kenneth Galbraith a propósito del monetarista Milton Friedman: "La desgracia de Milton es que puso a prueba sus propias teorías”.

Cuando escribí trabajo en la escuela, estaba simplemente decepcionado por la posición político-económica de los socialdemócratas. Lo que entonces no me podía caber en la cabeza era porqué la SPD pudo hacer algo así. Lo que el curso de la presente crisis me ha enseñado es lo rápidamente que puede irrumpir una histeria irracional de masas en un país democrático, y hasta qué punto puede llegar a calar incluso en el lado izquierdo del espectro político.

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