miércoles, 21 de marzo de 2018

Quince años del inicio de la guerra de Irak

Patrick Martin, wsws

La noche del 20-21 de marzo del 2003, las fuerzas armadas de Estados Unidos y Reino Unido iniciaron una invasión ilegal y no provocada de Irak, un país con 26 millones de habitantes. Con lluvias de bombas y misiles sobre las ciudades iraquíes y el cruce de tanques y vehículos armados desde Kuwait, el presidente estadounidense, George W. Bush, puso en marcha una guerra de agresión cuyas consecuencias catastróficas marcan la política global de hoy.

El World Socialist Web Site describió el resultado de la masacre del pueblo iraquí como un “sociocidio”, la destrucción deliberada de la infraestructura completa de una civilización moderna (ver: “The US war and occupation of Iraq—the murder of a society”). Desde entonces, catástrofes similares han asolado Siria, Libia y Yemen, como un resultado directo de la continuación y expansión de las agresiones estadounidense bajo el sucesor demócrata de Bush, Barack Obama. Actualmente, Donald Trump amenaza con añadir a Irán y Corea del Norte a la lista.

Según las cifras actualizadas del Proyecto de Costos de Guerra patrocinado por el Watson Institute of Internacional and Public Affairs en la Universidad Brown, las guerras en Irak y Afganistán han matado a 370.000 personas directamente y 800.000 personas indirectamente (con Irak representando el grueso del total). Otras estimaciones del número de fallecidos, basadas en investigaciones de mortandad y otros indicadores de salud pública, alcanzan hasta los 2,4 millones de personas.

La guerra en Irak fue iniciada por el presidente Bush y el primer ministro británico, Tony Blair, con base en mentiras premeditadas y flagrantes: que el presidente iraquí, Saddam Husseín, tenía “armas de destrucción masiva” y estaba amenazando a la población mundial; y que se encontraba en una alianza con el movimiento Al Qaeda de Osama bin Laden, el cual llevó a cabo los atentados terroristas del 11 de setiembre en Nueva York y Washington.

La verdad —conocida en el momento por los propagandistas del imperialismo— era que Husseín nunca tuvo más que las armas químicas primitivas que las mismas potencias europeas y EEUU le habían suplido para emplear durante la guerra entre Irak e Irán durante los años ochenta. Su incipiente programa nuclear, además, había sido clausurado por completo bajo supervisión de EEUU y las Naciones Unidas. Y Husseín era inflexiblemente hostil hacia los fundamentalistas sunníes de Al Qaeda, quienes intentaron derrocar su régimen nacionalista secular.

El motivo real de la guerra, como explicó el WSWS, era tomar control de los recursos petrolíferos de Irak, entre los más ricos del mundo, y asegurarle al imperialismo estadounidense una posición estratégica dominante en Oriente Próximo, la fuente de la mayor parte de las exportaciones mundiales del crudo. Esto, a su vez, le daría a Washington un dominio sobre las cruciales fuentes de petróleo de sus principales rivales en Europa y Asia.

Con respecto al derecho internacional, la invasión estadounidense-británica de Irak constituyó un acto criminal, una violación explícitamente injustificada de los derechos iraquíes como una nación soberana. En conformidad con los principios establecidos por el juicio de Nuremberg, el cual declaró el planeamiento y el lanzamiento de una guerra de agresión como el crimen supremo perpetrado por los nazis, del cual fluyeron el Holocausto y sus otros crímenes, Bush, Blair, el vicepresidente Cheney y sus asistentes Colin Powell, Donald Rumsfeld y Condoleezza Rice debieron haber sido todos enjuiciados como criminales de guerra y apresados de por vida.

Junto a ellos en la banca de acusados, habrían estado los comentaristas y editores de la prensa que divulgaron las mentiras de la Administración de Bush y sumergieron a la opinión pública estadounidense bajo propaganda de guerra, como parte de un esfuerzo concertado y deliberado para suprimir la masiva oposición a la guerra.

El New York Times protagonizó esta campaña, con su corresponsal Judith Miller funcionando como canal principal para las acusaciones oficiales de “armas de destrucción masiva” y con su columnista Thomas Friedman declarando que “no hay ningún problema con una guerra por petróleo”. Por su parte, el columnista del Washington Post, Richard Cohen, escribió que la presentación de Colin Powell de “evidencia” fabricada de reservas de armas químicas iraquíes, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, fue “tan fuerte, tan convincente” que “no queda otra opción” más que ir a la guerra.

Diametralmente opuesto a las apologías complacientes de la prensa corporativa, el World Socialist Web Site llevó a cabo una exposición continua de las mentiras del Gobierno de Bush, al tiempo que buscaba impulsar la oposición de masas contra la guerra reflejada en demostraciones masivas sin precedentes por todo el mundo, involucrando a decenas de millones durante los meses del ataque estadounidense-británico.

En una declaración el 21 de marzo del 2003, el presidente editorial del WSWS, David North, comparó este ataque no provocado contra un país prácticamente indefenso a la invasión nazi de Polonia en septiembre de 1939. También afirmó que, al igual que los nazis, el Gobierno de Bush se había embarcado en un curso que solo podía llevar a una catástrofe:
“Sea cual fuere el resultado de las primeras etapas del conflicto que ha comenzado, el imperialismo estadounidense tiene una cita con el desastre. No puede conquistar el mundo. No puede reimponer las cadenas coloniales a las masas de Oriente Próximo. No encontrara en la guerra una solución viable a sus malestares internos. Al contrario, las dificultades imprevistas y el crecimiento de la resistencia generada por la guerra recrudecerán todas las contradicciones de la sociedad estadounidense”.
Esta advertencia fue completamente confirmada. El impacto de la guerra en la sociedad estadounidense fue devastador. El mencionado Proyecto de Costos de Guerra pronosticó en noviembre del 2017 que, para cuando acabe el año fiscal en setiembre del 2018, el Gobierno federal estadounidense habrá gastado o comprometido $5,6 billones en las guerras post 11 de setiembre, con el grueso relacionado a Irak, incluyendo pagos médicos y de discapacitados para veteranos por el resto de sus vidas.

Más allá, dado que los Gobiernos de Bush y Obama financiaron sus guerras por medio de préstamos en vez de impuestos a los ricos, las cuentas federales han asumido intereses que eventualmente llegarán a los $8 billones, más que el costo de las guerras en sí. En otras palabras, Wall Street absorberá tal cantidad de ingresos adicionales de las guerras que les ha impuesto al pueblo estadounidense y al mundo.

Mientras que murieron 4.800 soldados estadounidenses en Irak, el costo humano es mucho mayor. Se estima que un millón de los dos millones de soldados que fueron desplegados en Irak y Afganistán han emitido solicitudes y han comenzado a recibir beneficios por discapacidades, incluyendo a cientos de miles con trastornos por estrés postraumático y lesiones por traumas al cerebro.

Existen otras consecuencias igual de perjudiciales para la sociedad estadounidense en su conjunto. Han sido desmenuzados los derechos democráticos para fortalecer el Estado de seguridad nacional que se dedica a la vigilancia masiva de toda la población estadounidense, incluyendo las telecomunicaciones, el Internet y las redes sociales. La sociedad entera ha sido saturada con violencia, no solo la de Irak, sino del cuarto de siglo de agresiones militares virtualmente ininterrumpidas en Oriente Próximo, Asia Central, la antigua Yugoslavia, África, y —quizás pronto— el Extremo Oriente.

Los esfuerzos para mantener una posición de dominio global fuera de toda proporción del peso real de Estados Unidos en la economía global —con EEUU gastando más en su ejército que los siguientes doce países combinados— ha sido la fuerza motriz para los recortes en los gastos sociales que han erosionado la educación, el estado de la infraestructura, el acceso a la salud y otras necesidades sociales.

Otra consecuencia de la Guerra de Irak ha sido el surgimiento del aparato militar y de inteligencia al centro del escenario político de EEUU. Criminales de guerra de Irak y Afganistán como Kelly, Mattis y McMaster dirigen la política nacional de seguridad del Gobierno de Trump. Al mismo tiempo, una inundación de operadores militares y de las agencias de inteligencia está tomando cargo del Partido Demócrata, casi todos veteranos de Irak y Afganistán. La mayoría no era soldados rasos, sino comandantes, agentes de las Fuerzas Especiales, o agentes de inteligencia, quienes comparten tanto la perspectiva política y la responsabilidad criminal de aquellos que organizaron e instigaron las guerras.

El quinceavo aniversario de la guerra ha sido poco mencionado en los medios de comunicación de EEUU, los cuales prefieren hacer caso omiso a los crímenes del imperialismo y a su propia complicidad. Consideran esto aún más necesario ya que los mismos métodos utilizados para legitimar la guerra contra Irak están siendo empleados actualmente para instigar una calamidad peor: una campaña de provocación y agresión contra Rusia, cuya lógica apunta a una guerra total involucrando armas nucleares.

De hecho, la campaña en marcha contra Rusia está basada en mentiras todavía más endebles y transparentes que contra Irak, con Vladimir Putin sustituyendo a Saddam Husseín como blanco de demonización. El presunto envenenamiento ruso del espía británico Sergei Skripal se ha convertido, según esta narrativa, en el equivalente a las “armas de destrucción masiva” de Saddam Husseín. Asimismo, el secretario de Asuntos Exteriores británico, Boris Johnson, ha tomado el papel de Colin Powell en presentar las “pruebas” de la necesidad de escalar la confrontación con el régimen en la mira de Washington y Londres.

Sin embargo, no han pasado en vano estos quince años. En todo el mundo, hay una audiencia cada vez mayor para la única voz consistente de oposición a las guerras imperialistas, el World Socialist Web Site. La perspectiva marxista avanzada por el WSWS muestra el camino a seguir para la clase obrera internacional. La lucha contra la guerra hoy necesita la construcción del Partido Socialista por la Igualdad en Estados Unidos y sus partidos hermanos por todo el mundo, como parte del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

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