Con la contienda presidencial al rojo vivo, Lula enfrenta en un final abierto a Flávio Bolsonaro, hijo y heredero de la dinastía ultraderechista. La disputa representa un choque frontal entre las fuerzas democráticas y el bloque reaccionario
Olavo Passos de Souza, Jacobin
Con la vista puesta en las elecciones presidenciales del próximo 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva enfrenta un escenario cabeza a cabeza contra Flávio Bolsonaro, primogénito y heredero del clan político bolsonarista. Aunque el actual presidente encabeza los sondeos para la primera vuelta, la distancia es tan estrecha que resulta imposible aventurar un resultado de cara a una eventual segunda vuelta.
No se trata simplemente de una puja entre dos opciones antagónicas. Es una batalla crucial entre el bloque democrático brasileño y la amenaza del retorno al poder de la extrema derecha reaccionaria.
El desafío de Lula
Alos ochenta y un años, Lula va en busca de su cuarto mandato como presidente. La Constitución brasileña no establece un límite definitivo a la cantidad total de mandatos presidenciales que una persona puede ejercer a lo largo de su vida, siempre y cuando no ocupe el cargo durante más de dos períodos consecutivos.
Luego del histórico triunfo en 2002, Lula completó dos gestiones sumamente exitosas. Sus gobiernos sacaron a decenas de millones de brasileños de la pobreza mediante programas sociales de gran escala como Bolsa Família, fortalecieron sustancialmente los sistemas públicos de salud y educación y cosecharon triunfos diplomáticos de enorme relevancia en el plano internacional.
Cuando concluyó su mandato en 2010 con un inédito 87% de aprobación, la mayoría dio por sentado que era la retirada triunfal del hombre a quien Barack Obama llegó a calificar como «el político más popular de la Tierra». Sin embargo, el fracaso de su sucesora, Dilma Rousseff, para hacer frente a un Congreso hostil, a la corrupción endémica y a la desaceleración económica del país condujo a su destitución en 2016 a través de un juicio político express que muchos caracterizaron como un golpe de Estado blando.
Lula se perfilaba para regresar en las elecciones presidenciales de 2018, pero el entramado judicial y mediático de la operación Lava Jato culminó con su encarcelamiento y la proscripción de su candidatura. Con el líder del PT fuera de juego, el candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro se impuso sobre Fernando Haddad, candidato por el Partido de los Trabajadores (PT), y asumió la presidencia. El magistrado Sergio Moro, figura central detrás de Lava Jato, aceptó al poco tiempo un cargo en el gobierno de Bolsonaro.
El desplome de la operación tras la filtración de las tramas del Lava Jato evidenció la parcialidad política de Moro, lo que llevó al Supremo Tribunal Federal a anular las condenas de Lula y restituirle sus derechos políticos. Luego de cuatro devastadores años de gestión bolsonarista, Lula venció en las elecciones de 2022 y enfrentó, al poco tiempo de asumir, una tentativa golpista por parte de los sectores radicalizados del bolsonarismo. Hoy, Jair Bolsonaro purga condena por su responsabilidad en la intentona golpista y se encuentra inhabilitado políticamente.
Cuatro años después de su regreso triunfal (algunos dirán que mesiánico) a la primera plana de la escena política brasileña, el balance del tercer gobierno de Lula resulta ambivalente, atenazado por un Congreso de mayoría conservadora y por la dificultad para disputar el sentido común en la era del ecosistema digital. Dirigente forjado en el sindicalismo obrero y la resistencia a la dictadura en los setenta y ochenta, Lula vivió sus años dorados durante el ciclo progresista de la década de 2000. Hoy, su principal activo electoral reside en ser la única muralla institucional capaz de contener a la ultraderecha en un Brasil atravesado por la polarización y la guerra de desinformación.
Bolsonaro 2.0
Un atractivo puramente defensivo no basta para convocar a la juventud popular: el mero espanto ante la extrema derecha muestra límites evidentes. Del otro lado, Flávio Bolsonaro se presenta con modales más moderados pero con idéntica matriz reaccionaria que su padre, blindado por el poderoso bloque neopentecostal, influyentes sectores del establishment financiero de São Paulo y aceitadas redes con la derecha estadounidense. De hecho, su hermano Eduardo —radicado en Florida— operó como nexo clave en el cabildeo conservador internacional.
Aun así, la candidatura del hijo mayor de Bolsonaro estuvo en vilo hasta hace poco. Flávio se vio implicado en un gran escándalo financiero con un giro extraño: le pidió a un banquero corrupto que financiara una película biográfica sobre su padre (protagonizada por Jim Caviezel, de La Pasión de Cristo, en el papel de Jair) y más tarde se peleó con su madrastra Michelle, figura de enorme peso propio en el electorado evangélico.
Pero nada de esto lo disuadió de seguir adelante, y hacia el mes de septiembre logró recuperar terreno en las encuestas. Esto se debió, en buena medida, a que Alexandre de Moraes —uno de los principales juristas de Brasil y una figura odiada por la derecha bolsonarista— se ha visto envuelto en su propio escándalo de corrupción, lo que le dio munición al bando bolsonarista.
En caso de una segunda vuelta entre Flávio y Lula, el primero esperará ganarse a la mayoría de quienes votaron por candidatos menores en la primera vuelta. Todos esos candidatos son de derecha de un tipo u otro, y el bando de Bolsonaro atrae a su base mucho más que Lula. De hecho, representan perfectamente el espectro de la derecha brasileña, y cada uno reclama su propio nicho.
La derecha miscelánea
En ese mapa, Romeu Zema, gobernador de Minas Gerais, es el candidato (y único miembro destacado) de NOVO, el Nuevo Partido. Se trata de un partido libertario y pseudo-tecnocrático que promete recortar los excesos del gobierno y acabar con la maquinaria estatal corrupta. En la práctica, esto significaría privatizar todos los servicios sociales y desmantelar las instituciones estatales para luego venderlas al mejor postor.
Las fuerzas políticas neoliberales tradicionales en Brasil se han derrumbado ante la extrema derecha bolsonarista, por lo que Zema es ahora lo más cercano que tiene el país a ese viejo estilo de política. Su desastroso mandato en Minas Gerais, donde la deuda estatal se disparó durante su gestión como gobernador, nos dice todo lo que necesitamos saber sobre su enfoque para administrar un gobierno.
Por su parte, Ronaldo Caiado, gobernador de Goiás, representa la versión más pura del pragmatismo del Centrão, el informe y heterogéneo entramado parlamentario brasileño que gravita en torno al patronazgo político y los beneficios de ocasión, prescindiendo de ataduras ideológicas.
Como gobernador de Goiás, en el centro-oeste, Caiado tiene amplias conexiones con el bloque agroindustrial de Brasil. Este bloque está formado por un puñado de grandes terratenientes cuyas propiedades, en términos de superficie, a menudo eclipsan a países pequeños, y que están decididos a seguir talando la selva tropical para poder apropiarse de nuevas tierras. El bloque agroindustrial es uno de los grupos de presión más poderosos de Brasil y se opone rotundamente a las políticas de protección ambiental de Lula.
En otro rincón del espectro aparece Renan Santos, referente del Movimiento Brasil Libre (MBL), espacio de impronta reaccionaria inspirado en el Tea Party norteamericano que emergió a principios de la década de 2010. Con un discurso rabiosamente libertarismo, demoniza todo lo que sea de izquierda y aboga por la «libertad de expresión a toda costa».
El movimiento está compuesto en gran parte por jóvenes brasileños desencantados, muchos de los cuales pertenecen a subculturas en línea como la «manosfera». Son hostiles no solo al actual Estado brasileño, sino también a muchas de sus instituciones democráticas. Santos se caracteriza por su retórica incendiaria: en un debate celebrado en agosto, al que no asistieron ni Lula ni Flávio, insultó a ambos candidatos principales.
Sus posturas criptofascistas, sus discursos y su personalidad traen a la memoria a Jair Bolsonaro. Sin embargo, mientras que el primero era un reaccionario que se remontaba a la dictadura de la década de 1960, Santos vislumbraba un futuro antidemocrático, más versado en las redes sociales, bajo el espectro de magnates tecnológicos antiestatistas como Elon Musk y Peter Thiel.
Mentes capitalistas
La nómina de candidatos menores se completa con el fenómeno insólito de Augusto Cury, un próspero autor de libros de autoayuda y literatura motivacional que construyó una fortuna con posturas altamente cuestionables sobre la psicología. Cury se presenta como un candidato centrista con una «mente capitalista y un corazón social», y, en el mejor de los casos, no tiene claras sus políticas ni sus posturas importantes.
Cury logró alcanzar el tercer lugar en las encuestas durante unos pocos días a principios de septiembre, en medio de los numerosos escándalos de Flávio Bolsonaro. Luego volvió a estabilizarse en torno al 6%. Menos resistido por el votante medio que los candidatos más duros de la derecha pero firmemente separado de Lula y de la izquierda, Cury encarna la típica opción antipolítica de tono apacible.
Ninguno de estos candidatos supera en las encuestas el 5% de los votos, y todos ellos cuentan con el apoyo de sectores de brasileños conservadores que temen a Bolsonaro pero que aceptarán cualquier alternativa a Lula. Lula es, sin duda, un titán político y electoral, pero no ha generado un sucesor o sustituto que pueda dar la sensación de que hay una generación más joven que se está abriendo paso en la política brasileña.
Dilma Rousseff ocupa ahora el cargo de presidenta del Banco Mundial, mientras que Fernando Haddad ha quedado marcado por múltiples derrotas. Flávio Dino, exgobernador de Maranhão, era una figura popular y carismática, pero Lula lo nominó para formar parte de la Corte Suprema de Brasil en 2024, lo que lo alejó de la escena política.
En lugar de preparar a un sustituto para 2026, Lula optó por postularse para un cuarto mandato, enfrentándose a una opción mucho más joven. Los resultados de las próximas elecciones revelarán si esto resulta ser un paso demasiado grande en su extensa carrera política.

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