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miércoles, 7 de octubre de 2026

El policentrismo en la dimensión geopolítica


Evgueni Vertlib, Geopolitika

Una probable victoria rusa en el teatro de operaciones ucraniano, si se considera no solo como un resultado político-militar, sino también como un posible punto de inflexión en el desmantelamiento de la antigua configuración mundial, no significaría por sí misma el nacimiento inmediato de una nueva arquitectura de seguridad global. Entre el desenlace de la guerra, su formalización diplomática y el surgimiento de una configuración estable de las relaciones internacionales siempre existe un lapso en el que se decide lo fundamental: si el mundo seguirá siendo rehén de la lógica anterior de la confrontación por la fuerza o si comenzará a configurarse un orden mundial basado en una matriz diferente. Es precisamente aquí donde surge el problema que la retórica política rusa, hasta ahora, suele mencionar más que resolver conceptualmente: el problema de la relación entre multipolaridad y policentrismo. Ambos conceptos se utilizan hoy en día casi como sinónimos; sin embargo, sus definiciones no solo están separadas por una brecha, sino por un abismo, y de su distinción precisa depende la comprensión misma del futuro de la geopolítica.

Leonid Savin, al analizar la historia de la cuestión planteada y la percepción contemporánea de estos términos afines, destaca la limitación fundamental del concepto de «multipolaridad». Este supone la existencia de varios polos relativamente independientes, mientras que el concepto de «policentrismo» transmite mejor la interrelación y la complejidad del sistema global. No es casualidad que en un estudio del Centro de Estudios de Seguridad de Zúrich se haya destacado que la fragmentación política y la competencia entre las grandes potencias coexisten con interdependencias estructurales sólidas, que siguen determinando el comportamiento de los Estados y las relaciones entre ellos (Leonid Savin, «Multipolaridad y policentrismo», 2018; Daniel Möckli, «Strategic Trends 2012: From a Multipolar to a Polycentric World», 2012). En estudios rusos más recientes, el orden mundial también se considera como algo que avanza hacia el policentrismo y no se trata solo de una redistribución del poder, sino también de una transformación de la gobernanza global, la seguridad y la economía política internacional (Andrei Baikov, Tatiana Shakleina, «Polycentric World Order in the Making», 2023).

La diferencia entre ambos conceptos es especialmente notable cuando se va más allá del mapa escolar de los países. La multipolaridad es, ante todo, la distribución del poder entre varios grandes centros, cada uno de los cuales es capaz de reivindicar de manera independiente su influencia, seguridad, recursos y subjetividad política. Nos remite a la geografía clásica de las grandes potencias, solo que ahora hay varias de ellas y ninguna posee el antiguo monopolio sobre la configuración del orden mundial. La policentricidad tiene una estructura más compleja: aquí, el centro de poder puede ser no solo un Estado, sino también una región, un espacio civilizatorio, un sistema financiero, un corredor de transporte, un nodo energético, una plataforma tecnológica, una cadena de producción o una infraestructura por la que circulan flujos críticos para el poder.

Por lo tanto, el mundo policéntrico es a la vez más fragmentado y más interconectado que el sistema multipolar clásico de hegemonía.

Es precisamente esta salvedad la que hay que tener en cuenta para que el debate sobre la policentricidad no se reduzca a una retórica sobre cinco o seis nuevos «centros de poder» que simplemente reemplazarán a un único centro anterior. Con este enfoque no hay una metamorfosis esencial del poder, sino que solo cambia la forma: en lugar de un arbitraje unipersonal, una nueva práctica de liderazgo colectivo —como el principio de la «división de la producción» en la era del posglobalismo—. En lugar de una sola «cima» de gobierno, el consenso de las élites gobernantes del mundo. En lugar de una sola cúspide, varias pirámides; no una universalidad incondicional, sino varios aspirantes a ella. La lógica de la política mundial, sin embargo, sigue siendo la misma.

El policentrismo comienza allí donde no cambia la cantidad de cúspides, sino la naturaleza de los vínculos entre ellas. Es precisamente por eso que Savin considera el policentrismo no solo como una categoría de las relaciones internacionales, sino también como un modelo aplicable a la administración, la economía, el derecho, la logística y la organización espacial; es decir, en todos los ámbitos donde múltiples centros conservan su propia función y, al mismo tiempo, su integración en una red de vínculos funcionales. Esta idea recibe una importante corrección en la obra de Henry Sardaryan: «un mundo multipolar, o policéntrico», no es en absoluto sinónimo de tranquilidad y armonía y, por el contrario, puede resultar más duro, ya que cada centro de poder conserva sus propios intereses y ambiciones (Henry Sardaryan, intervención en la «Noche con Vladímir Solóviev»). La multiplicidad de centros no garantiza la seguridad global, sino que solo elimina el monopolio absoluto en la toma de decisiones: el americanocentrismo. La rivalidad competitiva por el control de esferas específicas no desaparece, sino que se vuelve más competitiva, razonable y predecible.

De este modo, la multipolaridad y la policentricidad pueden considerarse como dos niveles distintos de descripción de una misma transformación histórica. La multipolaridad responde a la pregunta sobre la distribución del poder: ¿cuántos actores importantes son capaces de influir de manera independiente en el sistema internacional? La policentricidad plantea la siguiente pregunta: ¿cómo se relacionan entre sí estos centros, qué funciones desempeñan y qué sucede con el sistema cuando uno de ellos desaparece? Si la primera pregunta se refiere principalmente al equilibrio de fuerzas, la segunda se refiere a la arquitectura de las interdependencias. Es precisamente aquí donde termina la antigua geografía westfaliana de las ambiciones y comienza la nueva física en red del planeta.

En la geopolítica clásica, el espacio en sí mismo era una fuente de poder para el Estado. Por territorio se entendía la profundidad estratégica, la población, los recursos, las comunicaciones y la infraestructura militar; el control del territorio se correlacionaba con el uso de los recursos que se encontraban en él y con los flujos de poder (energético, monetario, etc.) que lo atravesaban. Pero el espacio contemporáneo se define cada vez menos por el territorio. Sobre la geografía surge otra configuración: un mapa de nodos, canales y conmutadores. Según esta, un Estado puede poseer una superficie enorme y, aun así, permanecer relativamente periférico si no es un elemento indispensable de los flujos clave, mientras que un sujeto territorial pequeño adquiere una importancia desproporcionada si por él pasan comunicaciones energéticas, financieras, de transporte, informativas o tecnológicas.

Así surge un nuevo tipo de soberanía: la soberanía transaccional. No se puede medir únicamente en kilómetros cuadrados o en número de divisiones. Se manifiesta en la capacidad de elegir entre varios circuitos externos de comercio, financiamiento, abastecimiento, tecnología y seguridad. La soberanía en un mundo así puede reducirse a una cuestión sumamente práctica: ¿cuánto cuesta decir «no» a tal o cual centro en un momento específico del ciclo político o contractual? Si el rechazo a un socio anula de inmediato la viabilidad económica o tecnológica, la autonomía resulta limitada. En cambio, si existen rutas alternativas, proveedores, mecanismos de pago y redes de infraestructura, el margen de maniobra se amplía. En este sentido, la capacidad de negarse a colaborar deja de ser un simple gesto político para convertirse en un indicador de autonomía estructural.

Esta lógica encuentra una confirmación adicional en los estudios sobre redes globales. Henry Farrell y Abraham Newman demostraron que la interdependencia no conduce necesariamente a la igualdad entre los participantes: la estructura de las redes financieras, de información y comerciales globales crea nodos centrales, cuyo control puede convertir la propia interconexión en un instrumento de presión política. En su modelo, los nodos más conectados pueden utilizarse como puntos de recolección de información o como «cuellos de botella», a través de los cuales es posible restringir el acceso a los flujos de la red (Henry Farrell, Abraham Newman, «Weaponized Interdependence: How Global Economic Networks Shape State Coercion», 2019). De este modo, surge una aclaración importante: la policentricidad no significa la desaparición de la dependencia; plantea la cuestión de hasta qué punto está distribuida la dependencia y si existen alternativas a los nodos críticos.

Por lo tanto, el mundo tras el desmantelamiento de la estructura unipolar se parece cada vez menos a unas cuantas fortalezas aisladas y cada vez más a una red de centros regionales y funcionales.

Washington puede conservar ventajas exclusivas en algunos segmentos, Pekín en otros, y Moscú, Delhi, Teherán, Ankara, Riad y otros centros en otros más; sin embargo, ninguno de ellos cuenta con el conjunto completo de herramientas para gestionar el sistema mundial. El poder comienza a medirse no solo por la capacidad de obligar, sino también por la capacidad de volverse indispensable. Un centro adquiere mayor estabilidad no cuando controla todo lo que lo rodea, sino cuando hay demasiados otros actores interesados en mantener su funcionamiento. Sin embargo, esa irreemplazabilidad no debe convertirse en un monopolio absoluto: si todo el sistema depende de un solo nodo, la centralidad se convierte al mismo tiempo en una fuente de poder y en una fuente de vulnerabilidad.

De ahí surge una geografía financiera diferente. El sistema mundial único no desaparece de un solo golpe: primero surgen en su interior contornos entrecruzados de pagos, liquidez, crédito y seguros. Las monedas nacionales, los swaps bilaterales, los mecanismos de pago regionales, las infraestructuras financieras propias y las cámaras de compensación de mercancías forman un mosaico cada vez más complejo. La esencia de la policentricidad radica precisamente en la coexistencia de los contornos antiguos y los nuevos. Un mundo policéntrico no rompe necesariamente los vínculos; crea la posibilidad de elegir entre ellos. Es precisamente por eso que la cuestión de la soberanía financiera se está desplazando gradualmente de la posesión de una sola moneda nacional fuerte a la capacidad de funcionar a través de varios circuitos de liquidación y crédito al mismo tiempo.

De ahí surge también el principio de las reservas. La globalización anterior buscaba encontrar el «camino al enriquecimiento» más barato y rápido —la ruta de los vaqueros de la «fiebre del oro»— y, con ello, concentraba los flujos. La policentricidad es una alternativa y exige lo contrario: contar con varias rutas aceptables, incluso si cada una de ellas, por separado, es menos eficiente y más costosa. Un corredor de transporte se reemplaza por varios, una vía financiera —por varios mecanismos de liquidación—, una fuente de tecnología crítica —por un conjunto de proveedores alternativos—. La economía se ve obligada a pagar por el exceso, pero a cambio obtiene la capacidad de sobrevivir a la caída de un nodo específico. Aquí, la seguridad comienza a competir con la eficiencia pura, y cada vez más, la importancia estratégica no recae en la ruta más barata, sino en aquella que se puede reemplazar rápidamente. En el debate actual sobre la sostenibilidad de las cadenas de suministro, son precisamente la diversificación y la reducción de la concentración excesiva las que se consideran formas de disminuir la vulnerabilidad ante choques externos.

Es precisamente por eso que el corredor «Norte-Sur», la ruta transcaspiana, la Ruta Marítima del Norte, las cadenas portuarias alternativas, las nuevas comunicaciones energéticas y las infraestructuras digitales distribuidas tienen una importancia que va mucho más allá de la logística comercial. Estas forman una arquitectura de conmutación. La geografía deja de dictar la única ruta más corta y se convierte en un conjunto de arterias de respaldo, capaces de absorber los flujos en caso de que se bloquee otra dirección. En un sistema así, el espacio ya no limita tanto la acción política, sino que ofrece opciones para su continuación. Es revelador que el Banco Mundial considere abiertamente el Corredor Transcaspio, o Corredor Central, como un medio para mejorar la conectividad y diversificar las rutas comerciales, capaz de aumentar la resiliencia de las cadenas de suministro ante crisis geopolíticas.

Pero aquí es especialmente importante no confundir la diversificación con la autonomía total. Una ruta alternativa no existe simplemente porque se pueda trazar en un mapa. Requiere puertos, ferrocarriles, almacenes, seguros, transacciones financieras, intercambio digital de datos, trámites fronterizos y coordinación política. Es precisamente por eso que la policentricidad no es solo una multiplicidad de rutas, sino también la existencia de una infraestructura que permita utilizarlas. El Banco Mundial, al analizar el Corredor Central, destaca precisamente la necesidad de armonizar los procedimientos, la digitalización, el aumento de la eficiencia de los puertos y la eliminación de los cuellos de botella en la infraestructura (Banco Mundial, «Middle Corridor through Central Asia, Caucasus Can Boost Trade, Connectivity and Supply Chain Resilience», 2023).

De ahí surge la figura de la terminal nodal. Un Estado, una región o un complejo de infraestructura adquiere mayor resiliencia si forma parte simultáneamente de varios circuitos independientes: energético, alimentario, de transporte, tecnológico y financiero.

Cuantos más centros competidores estén interesados en el funcionamiento ininterrumpido de un mismo nodo, mayor será el costo potencial de su destrucción. Esto no garantiza automáticamente la seguridad: precisamente por eso, los nodos críticos se convierten en blanco de presiones. Pero surge un nuevo mecanismo de contención, basado no solo en el temor a un contraataque, sino también en el interés común por preservar un sistema que funcione. Aquí es donde se manifiesta la dualidad del poder en red: un mismo nodo puede ser, al mismo tiempo, una condición para el beneficio mutuo y un instrumento de coacción (Henry Farrell, Abraham Newman, «Weaponized Interdependence: How Global Economic Networks Shape State Coercion», 2019).

En este sentido, la geopolítica se va acercando poco a poco a la teoría de los sistemas complejos. Quien sea capaz de redirigir los flujos —desviar las exportaciones, modificar el circuito de pagos, cambiar de proveedor, abrir una nueva ruta, reestructurar la cadena de producción o establecer un estándar tecnológico alternativo— obtendrá una ventaja estratégica. Por eso, en el mapa del siglo XXI son igualmente importantes la frontera y el puerto, el ejército y el sistema de pagos, el oleoducto y el centro de datos, el clúster industrial y el protocolo de intercambio de datos. Sin embargo, aquí se pone de manifiesto el límite de una explicación puramente realista. El centro de poder no es solo un conjunto material, sino también portador de una determinada cultura política, memoria histórica, concepciones sobre la legitimidad y las formas admisibles de organización social.

En este punto, el esquema geopolítico de Leonid Savin se cruza de manera natural con la problemática civilizatoria de Henry Sardaryan. Savin muestra que la policentricidad no se reduce a un simple aumento del número de centros de poder: las conexiones funcionales entre ellos tienen una importancia fundamental. Sardaryan, por su parte, destaca que la multipolaridad no implica en absoluto el establecimiento automático de la armonía: la existencia de varios centros independientes mantiene la competencia de intereses y objetivos políticos. Por lo tanto, el orden policéntrico no puede entenderse ni como un idilio sin conflictos ni como un simple cambio de nombre del equilibrio multipolar de fuerzas.

Es precisamente aquí donde surge la oportunidad de combinar la perspectiva de redes con la perspectiva civilizacional. Si la policentricidad implica una pluralidad de centros vinculados por relaciones funcionales, y el enfoque civilizacional les agrega sus propios fundamentos históricos y culturales, entonces el objeto de análisis ya no es solo la distribución del poder, sino también la coexistencia de las diferencias. En este punto, la tradición filosófica rusa de Konstantín Leontiev, con su idea de la «complejidad floreciente», resulta inesperadamente relevante.

Leontiev resulta interesante aquí no como proveedor de un programa geopolítico ya elaborado, sino como pensador que, mucho antes del actual debate sobre la policentricidad, planteó el problema de la diversidad cultural y la unificación. En su filosofía histórica, la «complejidad floreciente» denota un estado de alta diferenciación interna, mientras que la simplificación posterior está relacionada con la nivelación de las diferencias. En «Bizantismo y eslavismo» Leontiev contrapone la complejidad orgánica de las civilizaciones a las tendencias de nivelación. Para la geoestrategia actual, lo importante es, ante todo, el principio en sí mismo: la diferencia entre pueblos, culturas y civilizaciones no debe considerarse necesariamente como un defecto del sistema que haya que eliminar mediante la unificación. Puede ser, por el contrario, una propiedad estructural del mismo.

Si trasladamos esta lógica de la filosofía de la cultura a las relaciones internacionales, surge la posibilidad de concebir la policentricidad no como una etapa temporal de lucha entre varios futuros hegemones, sino como una coexistencia potencialmente sostenible de múltiples centros, cada uno de los cuales conserva su propia forma histórica.

Los mundos culturales ruso, tártaro, bashkir, checheno, yakuto, armenio, chino, indio, árabe y muchos otros no están obligados a demostrar su «capacidad de reforma» para poder interactuar. Por el contrario, su diversidad puede integrarse en un orden más amplio, siempre que exista una forma política capaz de mantener la unidad sin que se produzca una disolución cultural. Para Rusia, este problema no tiene un significado abstracto, sino interno: su propia estructura histórica se ha ido forjando a lo largo de los siglos como una compleja coexistencia de pueblos, lenguas, religiones y culturas regionales. Por su «diferencia» civilizatoria, los rusos siguen siendo perseguidos hasta el día de hoy por los «pueblos ilustrados».

Es precisamente aquí donde surge la hipótesis de una geoestrategia sin conflictos —no en el sentido de un mundo utópico sin guerras, sino como la forma máxima de desarrollo de la propia lógica de la policentricidad—. No se trata de la desaparición de las contradicciones ni de la abolición de la política de fuerza, sino de una estructura de la esfera internacional en la que la preservación de los centros competidores resulte más racional que su destrucción. En este caso, la geoestrategia ya no se ocupa únicamente de crear ventajas frente al adversario, sino también de construir interdependencias que hagan que la destrucción del espacio común resulte económica y políticamente desfavorable. Esto ya no es una afirmación sobre un futuro inevitable, sino una hipótesis sobre qué forma podría adoptar la policentricidad si realmente se convirtiera en un sistema estable y no en una fase de transición de una nueva lucha por la hegemonía.

En la geopolítica clásica el territorio es una fuente de renta y la guerra puede servir como instrumento para su redistribución. La toma de un estrecho, un puerto, un yacimiento, un corredor de transporte o un territorio fronterizo implica obtener el control sobre un recurso capaz de alterar el equilibrio de fuerzas. En un sistema policéntrico, la propia conectividad puede convertirse en una fuente de renta. Si varios centros importantes se benefician al mismo tiempo del funcionamiento de un corredor de transporte, un complejo energético, una infraestructura financiera o un nodo tecnológico, la destrucción de ese objeto deja de ser una victoria inequívoca sobre el adversario: significa la aniquilación de parte de la propia ventaja económica. La renta que genera un nodo operativo se vuelve comparable a la renta que se puede obtener al apoderarse de él y, en algunos casos, incluso la supera.

En este contexto, resulta reveladora la reflexión expresada por el físico y empresario Andrei Melnichenko. Al distinguir entre un negocio, unas negociaciones y un proyecto, él destaca la diferente configuración de los intereses: en una transacción, las partes buscan obtener el máximo beneficio unas de otras; en las negociaciones, buscan un compromiso aceptable; mientras que en un proyecto se encuentran «del mismo lado de la mesa», y del otro lado está el problema que deben resolver conjuntamente (Andrei Melnichenko, intervención en el programa «El gran juego», 25 de septiembre de 2026). Esta fórmula describe bien la posible mecánica económica de un mundo policéntrico. Los centros que compiten no dejan de ser competidores, pero parte de sus intereses puede trasladarse más allá de la confrontación directa y transformarse en un proyecto conjunto, donde el objeto de la competencia son las condiciones de explotación, la distribución de ingresos, el aseguramiento de riesgos y el acceso a la renta generada por el nodo.

En un mundo así, los conflictos no desaparecen, pero cambia su conveniencia y su racionalidad. Si antes la pregunta podía formularse como «¿quién controlará este nodo?» (Mackinder: quien posea la Isla del Mundo —Eurasia— dominará el mundo), ahora surge cada vez con más frecuencia otra pregunta: «¿cómo organizar su explotación de tal manera que a ningún participante le resulte ventajoso destruirlo?» Ya no se trata de la lógica de la paz eterna, sino de la lógica del encarecimiento mutuo de la guerra. Cuantos más centros independientes estén vinculados a un mismo objeto, mayor será el costo potencial de su destrucción para cada uno de ellos. En el extremo, surge una estructura en la que el adversario no solo es objeto de presión, sino también parte del sistema, del cual depende su propio beneficio. La geopolítica, en este contexto, no desaparece, sino que adquiere una dimensión adicional: comienza a regir no solo el espacio del conflicto, sino también el espacio de interés común.

Este enfoque permite ver desde otra perspectiva la importancia de los principales nodos euroasiáticos. El estrecho de Ormuz, el Mar Rojo, el Canal de Suez, el Mar Negro, el Cáucaso, el mar Caspio y las rutas árticas son importantes no solo por su ubicación geográfica. Su importancia viene determinada por la cantidad de sistemas que dependen de ellos. Cuantos más centros independientes reciban flujos vitales de un mismo nodo, mayor será el incentivo para mantener su operatividad y más alto será el costo de su destrucción. Esto no significa que la rivalidad de poder desaparezca automáticamente: precisamente por eso, los nodos críticos se convierten en blanco de presiones. Pero al mismo tiempo surge otro mecanismo de contención: no solo el temor a un contraataque, sino también la comprensión de que la destrucción de un objeto común puede dañar el propio circuito económico. La práctica de los últimos años ilustra claramente esta dualidad: las interrupciones en el funcionamiento de los nodos marítimos clave no eliminan el comercio mundial, pero obligan a reestructurar las rutas, lo que aumenta las distancias, los costos y la carga sobre las rutas alternativas (UNCTAD, «Panorama del transporte marítimo 2024», 2024).

La historia, sin embargo, demuestra que el comercio y la interdependencia, por sí mismos, no eliminan la rivalidad política. Pueden convertirse en instrumentos de presión, fuentes de asimetría e incluso en armas. Por lo tanto, no se debe idealizar la policentricidad como un camino natural hacia la armonía. Solo crea una posibilidad estructural para otro tipo de relaciones. Precisamente por eso, el investigador Sardaryan subraya que un mundo multipolar no es sinónimo de tranquilidad y armonía: la autonomía de varios centros implica la defensa de los intereses propios y, por lo tanto, la continuación de la competencia. En la teoría de redes, esa misma conclusión se expresa de otra manera: la interdependencia puede generar no solo beneficios mutuos, sino también una distribución desigual del poder, si algunos participantes controlan nodos más centrales que otros. En tal caso, una geoestrategia sin conflictos puede considerarse no como una propiedad inicial del mundo policéntrico, sino como su posible forma límite —el resultado de la construcción consciente de tales vínculos, en los que la competencia no desaparece, pero deja de exigir la destrucción del sistema mismo.

De ahí se desprende una conclusión más general: la estabilidad de un orden policéntrico puede depender no de la eliminación de las diferencias, sino de la capacidad de convertir esas diferencias en compatibilidad funcional.

Si cada centro busca imponer a los demás su propio estándar universal, la policentricidad vuelve a un equilibrio de fuerzas y, posteriormente, a una lucha por una nueva hegemonía. Pero si los distintos centros conservan sus propias culturas políticas, modelos económicos y características civilizatorias, al tiempo que los vinculan mediante un sistema de intereses mutuos, surge otra posibilidad. La diversidad deja de ser una fuente de inestabilidad y se convierte en una característica estructural del propio sistema.

Este problema se manifiesta de manera especialmente clara en el contexto ucraniano. Si se considera el conflicto exclusivamente como una lucha por el territorio, el resultado inevitable es la cuestión de la línea del frente, la profundidad de la defensa, el control del espacio y la fijación política de las fronteras. Pero si lo consideramos como parte de un sistema euroasiático de comunicaciones más amplio, surge otra perspectiva: la estabilidad de la región a largo plazo dependerá no solo de dónde se trace la frontera política, sino también de qué vínculos de transporte, energía, finanzas y producción puedan sobrevivir al conflicto y convertirse en la base del orden futuro. Esta perspectiva no descarta las cuestiones de seguridad, soberanía y estructura política, pero traslada parte del conflicto del ámbito de la confrontación absoluta al ámbito de la arquitectura posterior de interdependencias. Una Rusia a priori imperial sin Novorrusia en su composición no es más que una perdedora en la hegemonía regional.

Aquí es especialmente importante distinguir entre las perspectivas territorial e infraestructural. La lógica territorial se pregunta quién controla el espacio; la infraestructura añade la pregunta de qué pasará por ese espacio una vez finalizado el conflicto, qué cadenas de producción se restablecerán, qué sistemas energéticos quedarán conectados, qué mecanismos financieros surgirán y qué corredores de transporte podrán formar parte de la nueva configuración regional. En este sentido, la organización de posguerra del territorio puede resultar no menos importante que su conquista militar o su consolidación diplomática: la frontera política determina a quién pertenece el espacio, pero la conectividad de infraestructura determina su lugar en un sistema más amplio.

Por lo tanto, el posible papel de Rusia en un mundo policéntrico puede entenderse de manera más amplia que simplemente como el estatus de uno de varios grandes centros de poder. Podría tratarse de la capacidad de ser un nodo que conecte diversos espacios de Eurasia sin necesidad de convertirlos en un único organismo político. Esto no implica renunciar al interés nacional, a la soberanía o a la dimensión de seguridad basada en el poder. Por el contrario, sin suficiente poder, ningún sistema complejo es capaz de defenderse. Pero el poder, en tal estructura, adquiere una función adicional: no solo es necesario para ampliar el espacio de control, sino también para garantizar un espacio de compatibilidad en el que los distintos centros puedan conservar su propia subjetividad.

Es precisamente aquí donde surge la posibilidad de una inversión definitiva de la geopolítica clásica. En el pasado, el Estado aspiraba a ser fuerte para que nadie pudiera imponerle una voluntad ajena. En un sistema potencialmente policéntrico, el centro de poder puede aspirar a volverse insustituible, de modo que a los demás no les resulte ventajoso destruirlo. La ventaja estratégica radica entonces no solo en el control del territorio, sino también en la capacidad de mantener los nodos por los que circulan los flujos. La diferencia entre los actores políticos deja de ser, en este contexto, exclusivamente una fuente de competencia y puede convertirse en una condición para la diversidad arquitectónica. Sin embargo, la irreemplazabilidad no debe significar aquí un monopolio: cuantas menos alternativas tengan los demás participantes, más fácilmente la posición central se convierte en un instrumento de presión. Por lo tanto, lo más sostenible no es la centralidad absoluta, sino la centralidad dentro de una red distribuida.

Esto no es el fin de la geopolítica, sino la posibilidad de su transición de una perspectiva predominantemente conflictiva a la gestión de la conectividad. La geografía no desaparece, la rivalidad de poder no cesa y los intereses de los Estados no se disuelven en una armonía universal.

Lo que cambia es el objeto del arte estratégico: junto con la conquista y el control del espacio, ahora incluye la creación de corredores, sistemas de cálculo, circuitos energéticos, estándares tecnológicos y regímenes político-culturales, en los que mantener el funcionamiento de otro centro resulta más ventajoso que destruirlo. Es precisamente aquí donde la geopolítica comienza a rozar la lógica de los sistemas complejos: no solo se vuelve estratégicamente importante la capacidad de controlar un elemento aislado, sino también la capacidad de mantener el funcionamiento del todo.

En última instancia, la policentricidad puede resultar no solo una multipolaridad diluida por la terminología de redes, sino una filosofía diferente del orden mundial. Savin demuestra que, en principio, la multiplicidad de centros debe considerarse a través de sus conexiones; Sardaryan recuerda que la autonomía de estos centros no elimina la competencia; los estudios sobre redes globales muestran que la interdependencia puede generar simultáneamente beneficios y nuevas formas de poder; y Leontiev permite agregar un nivel más a esta estructura: la idea de que la propia multiplicidad de diferencias puede ser una condición para la viabilidad de un orden complejo.

Entonces, la pregunta sobre el destino de la geopolítica debe plantearse de manera un poco diferente: ¿desaparecerá o cambiará su función interna? Quizás el siglo XXI no elimine realmente la geopolítica, pero la obligue a pasar de la gestión de fronteras a la gestión de vínculos, de la lucha por una única cima a la coordinación de múltiples centros, de la renta de la destrucción a la renta de la conectividad. Si se produce tal transformación, la multipolaridad resultará ser solo un estado intermedio —una fase en la que el mundo primero descubre que ya no tiene un único centro y luego, gradualmente, aprende a existir sin la necesidad de convertir cada nuevo centro en otro aspirante al monopolio mundial.

En tal caso, una geoestrategia sin conflictos no significará la desaparición del conflicto. Implicará otro estado del sistema mismo, en el que el conflicto deja de ser su principal mecanismo de autoorganización. Las diferencias entre los pueblos y las civilizaciones se mantienen, pero dejan de traducirse automáticamente en una lucha por la destrucción o la asimilación del otro. El poder se conserva, pero adquiere una función adicional de protección de la cohesión. La soberanía se conserva, pero adquiere la capacidad de existir a través de varios contornos externos al mismo tiempo. Y la geografía, que durante siglos ha separado los espacios, comienza a funcionar también como un medio para unirlos.

Quizás sea precisamente aquí donde se encuentra el verdadero cambio de paradigma: no en la transición de un hegemón a cinco, no en el reparto mecánico del mundo entre varios pesos pesados y no simplemente en el cambio de la unipolaridad a la multipolaridad, sino en el surgimiento de un orden en el que la propia aspiración a una única cima pierde gradualmente su sentido racional. En este caso, el planeta deja de ser una pirámide de imperios en competencia y comienza a parecerse a un sistema complejo de múltiples centros, cada uno de los cuales conserva su propia identidad, pero depende de la capacidad de los demás para seguir funcionando.

Y entonces la «complejidad floreciente» de Leontiev encuentra una posible prolongación geopolítica, mientras que la policentricidad de Savin adquiere una dimensión civilizatoria. El mundo puede resultar estable no a pesar de su diversidad, sino gracias a ella. No porque desaparezcan las contradicciones, sino porque la diversidad dejará de percibirse como una incompletitud que hay que eliminar. Si esto ocurre, la geoestrategia del futuro ya no se ocupará tanto de la cuestión de quién se convertirá en el dueño del mundo, sino de cómo organizar el mundo mismo de tal manera que ya no se necesite un único dueño.


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