Hay que construir una alternativa política revolucionaria. Y, para ello, es preciso primero configurar una izquierda revolucionaria. Salirse del marco de la izquierda acomodada en el marco de la democracia burguesa y construir alternativas que busquen un cambio real e impliquen una defensa real de Nuestra América.
José Ernesto Nováez Guerrero, Al Mayadeen
Durante una conversación informal con líderes internacionales y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, en el marco de la cumbre del G7 celebrada en Francia, el presidente Lula declaró: “El mundo no es de izquierda, el mundo es del camino del medio. Esa es la verdad. Nunca fui de izquierda”. Y aprovechó para recordar su trayectoria como dirigente sindical y sus vínculos con organizaciones obreras de Alemania, Italia y España.
Esta renuencia de Lula, un referente histórico de la izquierda latinoamericana, a reconocerse como parte de esta misma izquierda contrasta fuertemente con la articulación de una ultraderecha regional que no tiene ningún ambaje a presentarse como ultraderecha y asumir un discurso racista, machista, xenófobo y discriminatorio en sus declaraciones públicas. Es la expresión de la naturaleza y los límites de los proyectos socialdemócratas que subieron al poder entre finales de la década del 90 y la primera década del siglo XXI en buena parte de América Latina.
Alguien pudiera argumentar que, en el caso específico de Lula, esta posición puede responder específicamente al complicado escenario político interno del país, con una elecciones que prometen ser reñidas, frente a un bolsonarismo que cuenta con el firme respaldo de la Casa Blanca y su actual inquilino. Y sin dudas sí, hay una parte importante de cálculo político y ajuste a las circunstancias en las declaraciones de Lula, pero también es la expresión del carácter de la izquierda socialdemócrata latinoamericana.
Surgida a influjos de la profunda crisis social provocada en el continente por décadas de políticas neoliberales, esta “nueva izquierda”, “marea rosa” o “socialismo del siglo XXI”, como queramos llamarlo, apuntó a atender algunas de las profundas carencias sociales que el neoliberalismo había sembrado en la región. Su práctica política pudiera reflejarse en la imagen con la cual Rosa Luxemburgo describía, a principios del siglo XX, a los partidarios de avanzar por la vía reformista hacia el socialismo frente a los que defendían la vía revolucionaria. Para Rosa, esta izquierda reformista acababa cumpliendo la función de “albañiles del sistema”. Sus política sociales no apuntaban a la raíz de los problemas, sino a sus expresiones más visibles. Sanaban las grietas de desigualdad y miseria que el sistema capitalista produce inevitablemente, sin modificar las relaciones de producción.
Esa misma función cumplió lo que otros autores han denominado como “primer ciclo progresista” en esos años iniciales del siglo XXI. Los innegables logros sociales y económicos de su gestión dejaron no obstante intactas las estructuras de poder profundo de sus países y las torcidas relaciones de propiedad que sustentan el predominio de las oligarquías locales latinoamericanas. Estas políticas también se beneficiaron de un contexto de relativa estabilidad y crecimiento internacional, que se vio interrumpido abruptamente a partir de la crisis económica global de 2008. No es casual que, a partir de esta etapa, comience también el lento retroceso político de estos proyectos.
Estos gobiernos obtuvieron otros logros en la recuperación de la propiedad pública sobre recursos claves como los hidrocarburos y en materia de legislación que favorecía a los trabajadores y daba derechos a grupos históricamente marginados, como los indígenas, las mujeres y otras comunidades marginadas. Lograron incluso contener algunos de los proyectos norteamericanos en la región, sobre todo en una etapa donde la Casa Blanca, empantanada en numerosos conflictos en Asia Occidental, prefería un enfoque se soft power hacia la región.
A pesar de todo esto, los logros alcanzados fueron circunstanciales y fácilmente desmontables por el ascenso de gobiernos de ultraderecha. Basta solo mirar los ejemplos de Macri, en Argentina; Lenin Moreno en Ecuador o Temer en Brasil, quienes llegaron al poder después de un largo ciclo de gobiernos de izquierda y desmontaron sus políticas principales en apenas meses, sin ninguna oposición significativa que pudiera contenerlos. En el caso de Moreno y Temer, traicionaron a las fuerzas políticas de las cuales se decían “aliados”, evidenciando la fragilidad de los vínculos políticos forjados en más de una década siendo gobierno.
Por supuesto, no todos los proyectos eran iguales. Frente a la radicalidad política de la Venezuela de Chávez estuvieron siempre otros proyectos más moderados. Pero se puede afirmar que todos, mirados con cierta distancia crítica, fallaron en lo fundamental: no modificaron decisivamente las relaciones de propiedad dentro de sus estados. Estos determinó, por un lado, pactos frágiles con esas mismas élites y la existencia de burguesías locales fuertes que aprovecharon sus oportunidades en cuanto se sintieron con el suficiente caudal político. Esto sin contar que los ciclos de cada uno de estos gobiernos estuvieron marcados por intentos de golpes de estado más o menos exitosos, siendo el de Venezuela en 2002 uno de los más notorios.
La no radicalización del proceso, sumado a inconsecuencias en la toma de decisiones y un deterioro de las condiciones materiales de vida ganadas por los pueblos, sobre todo luego de la crisis de 2008, determinaron el panorama que hoy enfrenta el proyecto socialdemócrata en la región. Incapaz de articular una alternativa, la izquierda socialdemócrata se repliega y se culpa. Y no es que en los pueblos de la región no subsistan importantes reservas de rebeldía, basta solo mirar las protestas sociales en Chile en 2019 o las que se viven hoy en Bolivia contra el corrupto y entreguista gobierno de Rodrigo Paz, es que estas luchas sociales carecen de una dirección revolucionaria y, con no poca frecuencia, son traicionadas por los líderes que logran capitalizar estos reclamos. El ejemplo de Boric, elevado al poder en una ola con profundo potencial revolucionario, es un claro ejemplo de ello.
El avance armado del imperialismo en la región es resultado de este fracaso, que implica también la condena al fracaso de importantes mecanismos regionales de articulación política y económica que hubieran podido servir en la actualidad como poderosas contrapartes a los afanes imperiales. En su lugar, Estados Unidos lidia con una región fragmentada, cuyas élites cada vez están más polarizadas a la derecha y donde hay un miedo real a ser la próxima víctima de una agresión de Washington. Ya fue agredida Venezuela, se avanzan planes para la reocupación militar de Honduras, se amenaza de agresión a Cuba, se amenaza a Panamá, se viola la soberanía de México, Brasil y Colombia, se bombardea en Ecuador y se saquea en Argentina. La doctrina Donroe de reocupación colonial del continente encuentra poca resistencia y muchos cómplices.
Lo apuntado en este texto hasta ahora no pretende ser un balance estéril de la derrota. Por el contrario, es un apresurado recuento crítico para intentar encarar con el espíritu correcto las tareas de esta hora. Y la primera y más importante es abandonar la pasiva posición que denunciara Mark Fischer en su análisis de las elecciones en Gran Bretaña, cuando apuntaba que, ante la falta de alternativas reales, acabamos votando por la menos mala de las opciones en la papeleta política.
No podemos contentarnos con elegir entre un fascista y un presidente que, con tal de ganar unas elecciones, no duda en abandonar todo lo que alguna vez pareció defender. Hay que construir una alternativa política revolucionaria. Y, para ello, es preciso primero configurar una izquierda revolucionaria. Salirse del marco de la izquierda acomodada en el marco de la democracia burguesa y construir alternativas que busquen un cambio real e impliquen una defensa real de Nuestra América. Para esto es fundamental la educación política de cuadros y militantes. Educación que debe ser bebiendo de las fuentes de la auténtica teoría revolucionaria, para poder asumir una práctica verdaderamente revolucionaria.
Frente al violento avance del imperialismo, debemos asumir la lucha armada como una posibilidad real. La Resistencia como expresión de rechazo al vasallaje y al neocolonialismo. Porque la ofensiva es contra todas y todos. Contra nuestros recursos y nuestras vidas. Y la capitanean cínicos desalmados que no tienen ningún prurito en apoyar el genocidio contra el pueblo palestino o el que se está configurando contra Cuba.
Todo esto pudiera sonar a discurso político de otra época, pero es realmente la reivindicación del único camino digno para nuestros pueblos. Así lo reafirman la heroica lucha de nuestros próceres, de Martí, de Bolívar, de San Martín, de Sandino, de Zapata, de Villa, de Fidel y la heroica lucha del pueblo palestino, libanés, yemenita e iraní. La lucha armada de millones de mujeres y hombres heroicos en Asia Occidental, su sacrificio, ha hecho que el imperialismo sea hoy un poco más débil. Y, como todas las bestias, su debilidad se traduce en una mayor agresividad.
Es la hora de la segunda independencia de Nuestra América. Nos toca a sus hijos e hijas estar a la altura del reto.

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