En tiempos de amenaza del auge fascista, una izquierda que solo se limite a resistir está destinada a ser derrotada innumerables veces. Es imperativo volver a pensar las condiciones de posibilidad de una economía que pueda generar prosperidad, belleza y sentido para las grandes mayorías
Martín Arboleda, Jacobin
El gobierno de José Antonio Kast en Chile lleva un poco menos de dos semanas en el poder y ya ha puesto en marcha un paquete de medidas que afecta a la clase trabajadora, al tiempo que beneficia directamente a los grupos oligárquicos del país. Denominado «Plan de Reconstrucción Nacional», este paquete de medidas incluye, por un lado, recortes tributarios a los grandes capitales y las grandes fortunas, aumento de salarios para asesores del gobierno, eliminación del IVA para la compra de viviendas y eliminación de decretos de protección ambiental. Por el otro, establece la eliminación del mecanismo de estabilización de precios de los combustibles (MEPCO), medida que generará dramáticos aumentos en el precio de la gasolina, afectando gravemente a la clase trabajadora del país y propiciando un entorno inflacionario con consecuencias posiblemente desastrosas.
En términos comunicacionales, el nuevo gobierno de Chile ha seguido al pie de la letra el libreto de otros gobiernos reaccionarios del mundo, aplicando la táctica de «inundar la zona». Planteada originalmente por el estratega estadounidense Steve Bannon, esta táctica consiste en desplegar una arremetida de medidas de manera simultánea, generando desconcierto y limitando la capacidad de respuesta de la oposición. Si bien es fundamental disputar medidas que conllevan retrocesos importantes, una estrategia que sea solamente reactiva puede ser profundamente contraproducente.
Los casos de Argentina y de Estados Unidos, de hecho, muestran que las marchas y protestas, por sí mismas, son insuficientes para combatir efectivamente esta preocupante oleada ultrarreaccionaria. En estos países, la capacidad de respuesta de la oposición se ha visto avasallada por la velocidad e intensidad de las medidas, generando desmoralización en las fuerzas progresistas, así como resignación y atomización en las masas. En un momento convulso como el que vivimos, la izquierda tiene la difícil tarea de construir una visión de mundo que sea factible, realizable y, al mismo tiempo, más seductora que la que ofrece la ultraderecha. Es decir, debe reconectarse nuevamente con su vocación científica y de producción de deseo.
En su texto Del socialismo utópico al socialismo científico, Friedrich Engels fue el primero en darle un estatuto programático al desarrollo revolucionario de las fuerzas productivas, al tiempo en que planteaba un horizonte emancipatorio que inspiró a millones. Para este clásico autor del marxismo, el socialismo no solamente es un modelo insurreccional que involucra la construcción de movimientos organizados y de masas para disputar el poder político; crucialmente, también presupone la tarea de remplazar el carácter esclerótico y atrasado del modo de producción capitalista por una forma más avanzada y más humana de organizar el metabolismo social.
Durante el siglo XX, esta vocación científica pero también sensible del movimiento obrero fue profundizada por distintos movimientos revolucionarios alrededor del mundo, los cuales enfrentaron el enorme desafío de crear condiciones de prosperidad en momentos de desmoronamiento político y social. Así, la idea de «edificación económica», propugnada originalmente por Lenin tras la Revolución Rusa, formó parte del vocabulario programático y estratégico que permitió a la clase trabajadora obtener grandes conquistas en Vietnam, China, Argelia, Angola, Burkina Faso y muchos otros países del entonces Tercer Mundo que lograron su independencia y reconstruyeron sus economías tras décadas de saqueo colonial.
Si bien Ho Chi Minh es reconocido principalmente como un estratega militar que libró a Vietnam del yugo imperialista de Francia y Estados Unidos, su éxito radica en que también reivindicó de manera decidida el carácter científico del socialismo, diseñando programas de edificación económica que comprendían reformas agrarias expansivas y la construcción de una industria nacional autosustentada. La consigna «Construiremos una patria diez veces más hermosa», plasmada en un afiche de solidaridad internacional con Vietnam de 1976, en el cual una mujer sonríe mientras sostiene un ladrillo, ilustra poderosamente lo que está en juego con una izquierda que sabe y puede construir programáticamente. Para Ho Chi Minh y otros líderes de la lucha antimperialista, la política oposicional debía avanzar de la mano con la de elaboración de un programa que pudiera ofrecer bienestar, pero también belleza y sentido: «Pan y rosas», en las inmortales palabras de la dirigenta feminista y obrera Helen Todd.
En los albores del movimiento obrero latinoamericano, Luis Emilio Recabarren —gran dirigente obrero y fundador del Partido Comunista de Chile— escribía en un texto publicado en 1915 en El despertar de los trabajadores que el socialismo «es la realización de todo progreso, tanto en el individuo como en la sociedad». «Y como nadie, absolutamente nadie, puede considerarse enemigo del progreso», argumentaba Recabarren, «nadie es enemigo del socialismo». Para Recabarren, el progreso no equivalía a aquella interpretación liberal que lo reduce al crecimiento económico o a la modernización. Fundamentalmente, involucraba una pugna por construir sociedad material y estéticamente superior. «Amar a la humanidad así, engrandeciendo a todos sus seres, llenando de belleza la vida», concluye Recabarren en su escrito: «eso es ser socialista».
La izquierda contemporánea, sin embargo, hubiera dejado perplejo a Recabarren. Enfoques que hoy en día se proclaman críticos y radicales usan una y otra vez, descontextualizándola, la metáfora del ángel de la historia de Walter Benjamin para declararse enemigos del progreso. La visión antimoderna y antilustrada de enfoques como los de la Escuela de Frankfurt, la teoría decolonial y del llamado posdesarrollo ha dado origen a un campo intelectual que mira con sorna y cinismo las ideas del progreso, el desarrollo y la libertad, pese a que estas estructuran de manera vital el horizonte de sentido de la clase trabajadora. La gente común y corriente quiere que sus comunidades y sus países progresen y se desarrollen, así como también quiere ser libre. No podemos seguir haciendo pensamiento social a espaldas del pueblo. Es imperativo rechazar estas tendencias oscurantistas, elitistas y anticientíficas del campo intelectual para reclamar nuevamente una concepción popular y revolucionaria del desarrollo.
En estos tiempos de retrocesos, donde incluso empiezan a estar en juego libertades civiles e individuales que han requerido décadas de intensas luchas sociales, la izquierda debe retomar con urgencia su vocación científica y materialista para redefinir lo que significa el verdadero progreso humano y social, y para defenderlo con tenacidad; en otras palabras, construir una forma organizacional que no solamente resista sino que tenga la capacidad de ganar y sobre todo de avanzar. En el contexto de la actual crisis climática planetaria, es evidente que el verdadero progreso significaría superar las dinámicas de destrucción ecológica y social que se desprenden del capital fósil, y construir toda una infraestructura material, cultural y sensible estructurada en torno a energías limpias y renovables.
En los países latinoamericanos, entonces, una izquierda científica y materialista se abocaría a trabajar por la superación del modelo primario-exportador que durante décadas ha condenado a nuestras economías a una posición de fragilidad y de subordinación en la economía mundial. Ante la persistencia de un modelo basado en la explotación de la naturaleza, que solamente enriquece a grupos oligárquicos y genera atraso tecnológico y societal, es imperativo diseñar políticas industriales que impulsen sectores intensivos en ciencia y tecnología, fomenten nuevas capacidades productivas y generen más y mejores empleos. Si miramos la región, los dos proyectos progresistas que han logrado legitimarse ante las masas y mantener a raya a sus adversarios han sido el Pacto Histórico en Colombia y Morena en México. Ambos encarnan una fuerte pulsión por la transformación productiva y el progreso social, pero dentro de límites planetarios.
Las plataformas políticas de los principales movimientos progresistas en la región, sin embargo, aún siguen ancladas a un retórica meramente redistributiva. Sin embargo, un informe reciente sobre política industrial verde da cuenta que gobiernos y movimientos populares alrededor del mundo están implementando estrategias de transformación industrial orientadas a generar prosperidad, al tiempo que logran objetivos ecológicos y climáticos.
Presenciamos actualmente una incipiente «Guerra Fría ecológica» que divide al mundo en dos bloques antagónicos: por un lado, un bloque de «petroestados» liderado por Estados Unidos, el cual encarna los intereses materiales de una tecnología claramente retrógrada, en decadencia, y que solamente se sostiene por el autoritarismo y la fuerza bélica; por el otro, un bloque de «electroestados» liderado por China, el cual está permitiendo a muchos países del Sur global acelerar la implementación de tecnologías e infraestructuras de energías renovables, reduciendo costos de producción, superando su dependencia a los combustibles fósiles e impulsando nuevos sectores y capacidades productivas.
En estas circunstancias de realineamientos geopolíticos, de crisis planetaria y, sobre todo, de amenaza del auge fascista, vivimos momentos engelsianos. Una izquierda que solamente se limite a resistir y a hacerle fact-checking a sus adversarios está destinada a ser derrotada innumerables veces. Es imperativo volver a discutir la cuestión de la transformación productiva y pensar en las condiciones de posibilidad de una economía que pueda generar prosperidad, belleza y sentido para las grandes mayorías. La construcción de un programa revolucionario de la clase trabajadora no va surgir de la labor erudita de expertos y centros de estudio, por mucho que estos grupos puedan contribuir a su elaboración. Ante todo, debe ser el resultado de una demanda de la clase trabajadora en su conjunto.
Necesitamos recuperar la ilustre tradición latinoamericana de la educación popular de masas, la cual hizo posible grandes reformas agrarias y transformaciones industriales, para autoformarnos nuevamente en las condiciones económicas que permitirían soportar la arremetida imperialista en curso y ofrecer una visión de futuro seductora que pueda dotar de un horizonte a las luchas sociales y oposicionales, tan necesarias en estos momentos. La mediocridad y la indolencia del gobierno de Kast —así como el de Milei en Argentina— abre flancos para avanzar hacia una economía política de la ofensiva. Una economía política capaz de repensar qué significa hoy construir patrias «diez veces más hermosas», como alguna vez lo hizo de forma heroica el pueblo de Vietnam y tantos otros que, al apropiarse del método del socialismo científico, fueron invencibles.

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