lunes, 28 de noviembre de 2016

Macri, Temer y Peña Nieto, huérfanos de Hillary

Emir Sader, La Jornada

Estaba todo listo para que Hillary Clinton sembrara aquello por lo cual había trabajado tanto. Al final, había sido ella la principal responsable de la nueva forma de golpe de Estado en América Latina, con el derrocamiento del gobierno de Manuel Zelaya en Honduras, después del último intento de golpe militar clásico en Venezuela, en 2002. Fracasó. Ella y su gobierno apoyaron el golpe en contra de Fernando Lugo, que siguió el mismo guión, así como Hillary y Obama se han callado, de forma cómplice, frente al golpe en Brasil.

Obama ya había viajado a Argentina para congratularse con la victoria de Mauricio Macri y anunciar una nueva época en las relaciones entre los dos gobiernos, felicitando al presidente argentino por los primeros pasos dados en la dirección de retomar el viejo modelo neoliberal. El secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, a su vez, vino a establecer relaciones cordiales con el presidente golpista Michel Temer.

Sumándose al gobierno mexicano de Enrique Peña Nieto, tradicional adepto del neoliberalismo, el escenario parecía listo para que Hillary comandara la utilización del nuevo eje Brasil-Argentina, agregado al de México, para definir un campo pro estadunidense en la región, que pudiera no sólo apoyar a esos países en la dirección del modelo siempre promovido por Estados Unidos, para hacer de ese eje la base para atacar a Venezuela, Bolivia y Ecuador. Controlando a las tres más grandes economías del continente, con modelos económicos similares –lo cual no ocurría desde 2003–, Estados Unidos se preparaba para imponer de nuevo su política, sin contrapesos, en la región.

El ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, José Serra, siempre de forma desastroza, se había referido a la posibilidad de que Trump fuera electo mandatario estadunidense como una pesadilla, con la cual esos gobiernos ahora tienen que convivir. La derrota de Hillary produjo desconcierto y hasta miedo en los gobiernos neoliberales, por la ausencia de ella y por los anuncios de política internacional de Trump, que apuntan hacia un escenario contrario al que esos desastrosos gobernantes están conduciendo a sus países.

México es, desde luego, una víctima privilegiada de Trump, porque el tema de los migrantes sirvió de chivo expiatorio para los problemas de empleo en Estados Unidos, así como el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, que el nuevo presidente estadunidense pretende revisar. Con un comercio exterior totalmente dependiente de Estados Unidos –con 80 por ciento de sus exportaciones hacia el vecino del norte– y también de las remesas de los mexicanos en Estados Unidos, que serían retenidas o por las cuales se cobrarían impuestos para construir el muro en la frontera, México entró en pánico con la elección de Trump y sus amenazas. De nada sirvió la grotesca invitación que hizo Peña Nieto a que lo visitara, con efectos negativos para la imagen del ya desgastado presidente mexicano.

Pero Macri y Temer tampoco salen de su estupefacción. No tienen idea de cómo reaccionar, más allá de los mensajes protocolares. En el momento en que se disponen a colocar a Argentina y a Brasil de nuevo en el rumbo de la globalización neoliberal, creyendo que iban a recibir entusiastas elogios del imperio –que Obama ya había empezado a hacer–, se dan cuenta de que los dos países, que habían fungido como las dos cabezas del bloque imperialista –Gran Bretaña y Estados Unidos–, se desvían del camino que ellos habían apuntado como la vía única e inevitable para el mundo entero. En ese momento, cuando el fortalecimiento de los procesos de integración regional y un acercamiento más grande con los Brics es la vía alterna, Macri y Temer llevan a sus países a la misma vía de México, de dependencia directa y absoluta de Estados Unidos, a caminos superados por las mismas potencias centrales del sistema. ¿Cómo avanzar con el tratado de libre comercio del Mercosur con Europa, cuando Estados Unidos cancela definitivamente su acuerdo con el viejo continente? ¿Cómo debilitar el Mercosur, la Unasur y la Celac, cuando el proteccionismo norteamericano requiere más y no menos comercio regional? ¿Cómo no aprovechar el banco de desarrollo de los Brics cuando la economía occidental profundiza todavía más su recesión y las fórmulas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional llevan a una extensión de la crisis recesiva y del desempleo?

Macri, Temer y Peña Nieto hacen que Argentina, Brasil y México paguen el precio caro de las opciones equivocadas que ellos han hecho, de subordinar las economías de sus países a la de Estados Unidos, obedecer lo que Washington planteaba hasta aquí –el camino del libre comercio y la apertura de los mercados nacionales a la globalización. No queda a esos países claves en el continente sino cambiar radicalmente sus orientaciones y adecuarse a los nuevos horizontes internacionales, con el agotamiento de la globalización y del mismo modelo neoliberal. Cuanto más esos gobiernos persistan en esa vía equivocada y superada, más se debilitarán y preparan las condiciones de sus derrotas y su sustitución por gobiernos posneoliberales.

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