lunes, 31 de octubre de 2016

Capitalismo imperialista vs. imperio capitalista

Antonio Lorca Siero, Rebelión

El capitalismo en su proyecto expansivo dirigido a dinamizar el capital, necesariamente tenía que encontrar raquíticas las fronteras impuestas por el Estado-nación, planteándose desde los tiempos del capitalismo burgués el salto más allá de sus límites. Aunque la idea imperial ha estado presente en su código ideológico, la dependencia estatal para garantizar cierto grado de seguridad en el marco en el que se han venido moviendo sus empresas supuso inicialmente un freno a esta tendencia. Finalmente los intereses comerciales, especialmente la necesidad de colocar excedentes de producción más allá de las fronteras de los Estados de las sociedades industrializadas, y en especial los derivados de la especulación del capital financiero, acabaron por superar las naturales prevenciones y salir a campo abierto. A partir de ese momento fue posible desarrollar la idea imperial que anima el capitalismo desde la perspectiva de esa ideología conductora del espíritu expansivo representado en empresas, como vehículo de manifestación del capital subyacente.

En contraposición con el imperialismo beligerante de corte absolutista, la idea imperial capitalista es pacífica, en principio basada en el intercambio comercial rentable -como en los viejos tiempos se trataba de vender baratijas para obtener bienes preciados, pero ya conforme a un proceso debidamente actualizado-, en definitiva de simple abuso y explotación de los países económicamente rezagados. Dado que desde la revolución burguesa se hizo del Estado un aparato colaborador de los intereses capitalistas, llegado el momento de la expansión extrafronteras, no desdeñó utilizar el mismo paraguas estatal para garantizar el orden económico en el ámbito internacional, ampliando así su papel represor. La avanzadilla empresarial, animada por las perspectivas de lucro, abría el camino para la intervención, luego se situaba tras el Estado manteniéndose a cubierto. Se trataba con ello de hacer extensivas sus particulares normas relativas al juego del dinero para gozar de las oportunas ventajas, disponiendo de seguridad plena. Utilizando el poderío militar de los modernos ejércitos de las naciones avanzadas, los aparatos estatales abanderaron la colonización moderna como punto de apoyo para la expansión capitalista, trasladando así la función ordenadora encomendada al Estado capitalista más allá de sus fronteras. De otro lado, también la influencia basada en el prestigio o la amenaza indirecta adquirieron un grado de efectividad igualmente aprovechada por el empresariado. Así pues, soportada en tales prácticas, cuando no en la simple manipulación, la seguridad jurídica tan importante para el negocio capitalista quedaba consolidada, ya fuera por la vía colonizadora o forzando tratados internacionales tras de los que se encontraba el interés del capitalismo, procurando buscar el refrendo de la superioridad del Estado hegemónico. Con lo que el Estado-nación encargado de guardar el orden capitalista intrafronteras, con el desarrollo de la idea expansiva del capitalismo, pasa a ser un Estado protector de sus intereses más allá de las mismas, comprometiéndose activamente en la obtención de los beneficios de sus empresas. Sobre esta base ya es posible desarrollar con ciertas garantías el expolio que define las prácticas imperialistas, dirigidas a agotar los recursos ajenos en beneficio propio.

Aunque el imperialismo, conforme a la versión leninista, supondría la fase final del capitalismo fundamentalmente agobiado por el peso del monopolio del capital financiero, el neoliberalismo vino a darle mayor empuje y prolongó el proceso con la globalización dirigida a diluir la idea de monopolio, aunque acabe por encaminarse abiertamente en esa dirección. El propio Estado-nación se comprometió como Estado-imperial en la tarea de buscar cobertura al desarrollo y expansión ilimitada de las grandes empresas que se acogían a su bandera como multinacionales. La globalización o invasión pacífica del mundo, dirigida a imponer el sistema capitalista, pero conservando la diferencia entre el centro y la periferia para permitir la explotación a través de la actividad de las grandes empresas abanderadas por el primero, ha venido a ser la realización práctica del imperialismo programado desde la ideología capitalista. El modelo de Estado-imperial que la hizo posible se disfrazó de Estado fuerte o de Estado hegemónico, basando su superioridad en la riqueza industrial y en la cultura industrializada dispuestas para la exportación. Al objeto de suavizar la pura y simple realidad imperialista invasiva diseñada para proteger dentro de un área de influencia a las empresas, los Imperios -hay que hablar en plural, puesto que en la práctica el fenómeno presenta varios cauces de manifestación geográfica- intervinieron en los manejos privados del capitalismo imperialista pensando en el interés público y crearon desde los Estados dominantes organismos internacionales para controlar, entre otros aspectos, la fuerza de las armas, la cultura, los flujos del dinero, la producción y el comercio, materias en las que aspiraban a alcanzar monopolios en sus zonas de influencia. Desde el nuevo intervencionismo, los beneficios económicos obtenidos por las empresas al amparo de la globalización, también han repercutido del otro lado en los Estados hegemónicos, contribuyendo a reforzar el imperialismo estatal. Con lo que el poder adquirido por el Estado multifunción y por la burocracia operativa ha llegado a un extremo que seguramente no entraba en las previsiones iniciales del capitalismo. Los Estados dominantes han alcanzado mayor prepotencia internacional, y frente al capitalismo del laissez-faire plantean el reforzamiento del modelo kelnesianismo, aunque esto sea sin abandonar el espíritu expansionista que les ha inculcado la ideología capitalista. Bien es cierto que, conforme sostienen Hardt y Negri, el Estado-nación ha perdido soberanía, pero hay que matizar que solamente se aprecia en el caso de los dominados, por contra, en el de los hegemónicos ha sucedido lo contrario.

¿Qué efectos tiene la nueva situación en la relación del capitalismo imperialista con el Imperio capitalista?. El Imperio, representado por el Estado hegemónico etiquetado como capitalista y esos organismos internacionales colaboradores en su área de influencia, ejercen directamente o desde el intervencionismo funciones que afectan al desarrollo del capital. Contando con el monopolio del poder legislativo, por ejemplo, se promulgan leyes que obligan a las empresas, diseñan políticas reguladoras de la actividad económica y marca los límites de la libertad de mercado. Teóricamente el Estado se coloca en un nivel superior y se convierte en un gran centro de poder que en algunos aspectos escapa al control capitalista. La función del aparato estatal como guardián del orden que permitía sujetar a las masas se ha desbordado, y ahora está afectando a su promotor, ya que el Estado-imperial, heredero del Estado burgués, ha cobrado autonomía aprovechando la libertad derivada de la globalización. Pero la cuestión de fondo apunta en otra dirección.

Desde la política, el Imperio empieza a replantearse la necesidad de mirar hacia los votantes -sin duda teniendo en cuenta los resultados inesperados de las consultas prefabricadas- y considerar las reivindicaciones de los ciudadanos propios. Ante el dilema de seguir favoreciendo los intereses del capitalismo, atender las reivindicaciones de las masas en orden al bienestar o cuanto menos tratar de conciliar ambas en lo posible, intenta moverse sin despertar suspicacias. Lo que puede ser una llamada a retornar al modelo de Estado-nación, sin perder los atributos alcanzados como Estado-imperial. Pese a la presencia ciudadana en la acción política, hay que ser escépticos, porque el Imperio representante de la política de un Estado hegemónico se mueve dentro del sistema capitalista. Aunque goce actualmente de cierta autonomía respecto al capitalismo, derivada de la ambición de poder de los políticos avanzados y de la burocracia a su servicio, y aspire a reconciliarse con la ciudadanía, no puede renunciar a la condición de ser soporte funcional de la ideología capitalista, como lo ha sido desde los tiempos de la burguesía. Probablemente, al final de la controversia, esta cuestión sólo resulte ser una pequeña diferencia entre las partes, que se saldará con un acuerdo dirigido a conciliar las tesis del capitalismo imperialista con las del Imperio capitalista.

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