jueves, 11 de agosto de 2016

Bancos estresados, estímulos monetarios y consecuencias neoliberales

Paula Bach, Izquierda Diario

Una buena para la economía europea: las recientes pruebas de resistencia de los bancos arrojaron mejores resultados que en 2014. La mala es que nadie cree en la validez de las pruebas. El resultado: aunque la mayoría de las 51 entidades sometidas al simulacro lo superó con éxito, en los días inmediatos posteriores, las pérdidas de las acciones bancarias superaron los 45.000 millones de euros. Una semana después la tendencia continuaba y la banca europea había perdido cerca del 4% de su valor bursátil.

De todos modos, tampoco la totalidad de los bancos pasó el test satisfactoriamente. La nota la dio el italiano Monte dei Paschi, el tercer mayor banco de Italia, que hubiera quebrado de hacerse realidad uno de los peores escenarios del simulacro. Horas antes de conocerse los resultados del “juego” se supo que en el “mundo real” el banco había sido sometido a un rescate que involucra una titularización de activos incobrables de magnitud sin precedentes en Italia. También dos bancos irlandeses, un banco austríaco y los alemanes Deustche Bank y Commerzbank, mostraron situaciones de diversa vulnerabilidad.

Las pruebas son comparables a un electrocardiograma de esfuerzo, pero en el caso de los bancos se trata de evaluaciones en papel que miden la solvencia de las entidades ante múltiples situaciones -incluyendo las más adversas- imaginadas desde el presente hasta 2018. Pero la falencia más importante de las pruebas –y por lo que nadie les otorga demasiado crédito- reside justamente en la “imaginación”…Como le sucede seguido a la teoría económica o a la “economía política”, los escenarios pensados son abstractos.

Por un lado se utilizan modelos desarrollados de acuerdo a los hechos críticos verificados hasta 2015. De modo tal que acontecimientos posteriores, novedosos históricamente y de gran influencia sobre la rentabilidad y estabilidad bancaria como por ejemplo los tipos de interés negativo o…Ay! el Brexit, quedan por fuera. Por el otro lado, The Economistobserva que la mayoría de los inversores está más preocupado por las “dolencias crónicas” que por el tipo de choques (para colmo, no demasiado “concretos”, insistimos) simulados por las pruebas de resistencia. SegúnEl País,esas “dolencias crónicas” se manifiestan en dos aspectos claves. El primero, que afecta a toda la banca europea pero a la alemana en particular, versa sobre la capacidad de generar rentabilidad con tipos de interés en mínimos históricos. El segundo, que afecta en particular a la banca italiana, está asociado a las sospechas sobre la mala calidad de los activos. Por su parte, The Economist, resalta también que los bancos están estrechamente ligados a la salud económica de los países en los que operan y que mientras el bajo crecimiento en Europa persiste, nadie puede esperar una performance bancaria en la que todo esté bien.

Y efectivamente, hace tiempo insistimos en que los problemas de la banca -aunque se arrastran desde largo y subsisten como eslabón débil- adquieren particular relevancia frente a nuevas fragilidades de la “economía real”. Justamente los dos grandes rubros ignorados por los test de estrés –tasas de interés negativas y Brexit- se derivan de dos asuntos muy “reales”. En gran medida, la menor eficacia de las tasas “cero” y la proliferación de tasas negativas, son consecuencia de loslímites de la sinergia entre las políticas monetarias expansivas y la “meca” china que –arrastrando a los “emergentes”- actuó como receptora de los capitales sin destino en los países centrales. El Brexit, por su parte, resulta indisociable de las consecuencias económicas, sociales y políticas del crecimiento debilitado de los años pos Lehman.

¿Recesión en el Reino?

Resulta que el Brexit, goza de un comandoque de “exit” no tiene demasiado e intenta negociar con la UE trabajosas condiciones intermedias, permaneciendo por ahora el Reino Unido en una suerte de “no lugar”. Y aunque las repercusiones económicas internacionalesdel evento aún resultan indeterminadas, las consecuencias sobre la economía británica ya se hacen evidentes. La semana pasada el Banco de Inglaterra volvió a recortar las tasas de interés por primera vez desde 2009, amplió el esquema de flexibilización cuantitativa e introdujo un nuevo régimen de financiación para los bancos. El motivo de las políticas implementadas por el presidente de la entidad, Mark Carney, es que la actividad del sector manufacturero, de servicios y de la construcción, se redujo fuertemente en julio y los dos últimos rubros, según The Economist, lo hicieron al ritmo más veloz desde 2009. También según el semanario británico, las encuestas revelan un amplio pesimismo entre las empresas a medida que los pedidos desde el exterior se esfuman y la economía británica parece destinada a sufrir, al menos, una recesión leve.

Más allá del tenor que finalmente adquiera la recesión, se vislumbran brechas entre el Banco Central y el Tesoro y diversas voces están clamando por anticipado que las medidas monetarias resultarán insuficientes en el Reino del Brexit. Según el columnista de The Guardian, Larry Elliot, con el nuevo paquete de estímulo, el presidente del Banco de Inglaterra no habría hecho más que comprar algo de tiempo ya que a decir verdad, el Banco sólo puede generar una versión modesta de la apagada y desequilibrada recuperación que siguió a la gran recesión de 2008-9.

En las tensiones entre el Banco Central y el Tesoro, se abren paso nuevamente los problemas relativos a la debilidad de la economía real. Elliot insiste en que el Banco Central no puede recortar el IVA o explotar las ultra bajas tasas de interés para invertir en proyectos de gasto público a largo plazo. Y resalta que tampoco puede resolver el Banco los profundos problemas estructurales que encorsetaron a la economía durante décadas como un exceso de confianza en el mercado inmobiliario, un sector productivo de tamaño insuficiente que resulta en un déficit comercial crónico o la falta de conocimientos y de inversión que se manifiestan en un registro de la productividad pobre.

A decir verdad, el murmullo que fomenta la necesidad de políticas de inversión pública –más allá de sus probabilidades reales de implementación- excede al Reino Unido y expresa tanto la debilidad de la “demanda agregada” y el crecimiento económico durante los últimos años, como las mayores dificultades que en un nuevo escenario enfrentarán las políticas monetarias. Por mencionar los más inmediatos y posibles efectos, el recorte de tasas de interés del Banco de Inglaterra –en un contexto de gran incertidumbre en la segunda plaza financiera mundial- va a afectar nuevamente la rentabilidad bancaria –otra vez la economía real azuzando las líneas de falla de los bancos. Justamente el nuevo esquema británico de financiación para los bancos tiene el objeto de contrarrestar anticipadamente la caída de la rentabilidad. Por otra parte la devaluación derivada de la libra genera presiones a la revaluación del dólar a la vez que dificulta cualquier intención –por más lejana que sea- de incremento de tasas por parte de la Fed. Cuestiones que debe remarcarse –aún sin necesidad de jugar pronósticos apresurados- tienen al menos la potencialidad de afectar a la economía norteamericana e incrementar el daño del Brexit sobre la economía internacional.

El “fracaso del éxito” neoliberal

Volviendo atrás en la historia y retomando la dicotomía entre el “mundo de las finanzas” y el mundo de la “economía real”, vale recordar que si uno de los acontecimientos que signan el inicio del neoliberalismo fue el alza de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal en 1979, la facultad de restablecer la rentabilidad del capital y propiciar el crecimiento moderado de las décadas recientes, tuvo un origen claro en la “economía real” o para decirlo de manera más contundente, en el “territorio”. Sin pretender desarrollar aquí las condiciones generales de la ofensiva neoliberal, importa resaltar el objetivo fundamental en los países centrales que consistió en, como apunta David Harvey, “hacer el trabajo local competitivo con la mano de obra mundial”. Tarea que contó entre sus hitos claves los procesos que –con particular énfasis en la década del 2000- operaron deslocalizando la producción desde Estados Unidos hacia China y desde Alemania y los países de Europa central hacia el Este. Mientras, y a su vez, la migración interna europea hacia el centro se intensificó desde 2004 tras la ampliación de la UE. Según Timothy Garton Ash, desde aquel año se establecieron en Gran Bretaña cerca de 2 millones de migrantes. Por supuesto el rol instrumental de los mecanismos financieros destinados a habilitar la movilidad internacional del capital, resultó un complemento clave del proceso.

Pero lo que interesa resaltar aquí es que aquel éxito neoliberal –cuyos límites analizamos en Estancamiento secular, fundamentos y dinámica de la crisis- se está constituyendo –con su secuela de ingresos estancados, precarización y desempleo estructural- en la sustancia del repudio a la globalización que hoy brota en amplios sectores de las clases obreras blancas de los países centrales. Fenómeno al cual –con una alta cuota de demagogia- va dirigido el discurso xenófobo, aislacionista y proteccionista de Donald Trump o de los impulsores de la campaña del Brexit, entre otros, como desarrollamos en La “furia populista” que conmueve al mainstream.

Y el problema central es que justo cuando las conquistas de la ofensiva neoliberal en la “economía real” se hallan en proceso de agotamiento, el sentimiento de “ausencia de progreso individual” está adquiriendo peso en expresiones políticas de derecha que amenazan la base de sustento de las “elites gobernantes”. La ilusión –aún débil- de sustituir la “meca” china por la India que hasta hace unos meses nomás guardaba la prensa financiera internacional, se trocó por una suerte de pánico a la “ira populista”. La probable persistencia y eventual consolidación de aquellos fenómenos –aún en el mediano plazo- obliga a pensar un escenario de mayor polarización y fortalecimiento de sus contrapartes por izquierda. No está descartado que la política golpee antes que la economía, obstaculizando la administración gradual de la crisis para la cuál las “elites” demostraron bastante pericia durante los últimos años.

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