martes, 5 de julio de 2016

Una nueva mirada a la renta básica

Robert Skidelsky, Sin Permiso

La explosión de la robótica ha dado nuevas alas a la demanda de una renta básica incondicional

Gran Bretaña no es el único país que ha celebrado un referéndum este mes. El 5 de junio, los suizos rechazaron de forma aplastante, por un 77% frente a un 23%, la proposición de que todos los ciudadanos tengan garantizada una renta básica incondicional (RBI). Pero ese resultado desigual no significa que la cuestión vaya a desaparecer pronto. La RBI es una mezcla un tanto incómoda de dos objetivos: el alivio de la pobreza y el rechazo del trabajo como finalidad de la definición de la vida. El primero corresponde a la política y su práctica; el segundo es filosófico o ético.

El argumento principal para la RBI como alivio de la pobreza es, como siempre ha sido, la incapacidad del trabajo remunerado disponible para garantizar una existencia segura y digna para todos. En la era industrial, el trabajo en la fábrica se convirtió en la única fuente de ingresos para la mayoría de la gente –una fuente que fue interrumpida por episodios de desempleo causados por la aparición de maquinaria industrial–. El movimiento obrero respondió exigiendo que la aceptación del mantenimiento en el lugar de trabajo se reflejara en la creación de un sistema de seguridad social: “Capitalismo de bienestar”.

El objetivo del capitalismo de bienestar fue explícitamente proporcionar a las personas un ingreso –normalmente a través de un seguro obligatorio agrupado– durante las interrupciones forzadas de trabajo. En modo alguno era el mantenimiento del ingreso visto como una alternativa a trabajar. Como la idea de la interrupción del trabajo se amplió para incluir a los discapacitados y las mujeres que tienen hijos, los derechos de mantenimiento de los ingresos aumentaron más allá de la capacidad de la seguridad social. En la década de 1980, el presidente Reagan y la primera ministra británica Thatcher inconscientemente ampliaron aún más el alcance de la asistencia social al desmantelar las leyes e instituciones destinadas a proteger los salarios y puestos de trabajo.

En este entorno de nueva precariedad del trabajo y el bienestar, la RBI se ve como una garantía de la renta básica, ya prometida por el trabajo y el bienestar, pero ya no con fiabilidad asegurada. Su fuente es la idea, que se halla en la Biblia y la economía clásica, de que el trabajo es una maldición que se hace sólo para ganarse la vida. Como la innovación tecnológica hace aumentar la renta per cápita, la gente necesitará trabajar menos para satisfacer sus necesidades.

Tanto John Stuart Mill como John Maynard Keynes miraban hacia un horizonte de crecimiento del tiempo libre: la reorientación de la vida lejos de lo meramente útil hacia lo bello y lo verdadero. La RBI proporciona un camino práctico para navegar en esta transición. Argumentar, sin embargo, que una fuente de ingresos independiente del mercado de trabajo está destinada a ser desmoralizadora es tan moralmente obtuso como históricamente inexacto. Si fuera cierto, tendríamos que abolir todos los ingresos heredados. La burguesía europea del siglo XIX fue en gran medida una clase rentista, y pocos cuestionaban su esfuerzo de trabajo. Virginia Woolf escribió la célebre frase de que una mujer que quería escribir ficción “debe tener dinero y una habitación propia”.

La explosión de la robótica ha dado nuevas alas a la demanda de una RBI. Según estimaciones fiables, será técnicamente posible automatizar entre un cuarto y un tercio de todos los puestos de trabajo actuales en el mundo occidental dentro de veinte años. Esto acelerará la tendencia a la precariedad del empleo y los ingresos.

Una objeción a la RBI como forma de reemplazar los ingresos de los puestos de trabajo que se perderán es que es inasequible. Esto depende en parte de qué parámetros se establezcan: nivel de la RBI, a qué beneficios (si es que hay alguno) sustituye, si sólo los nacionales o todos los residentes son beneficiarios, y así sucesivamente.

Pero este no es el punto principal. La abrumadora evidencia es que la parte del león de las ganancias de productividad en los últimos treinta años se ha ido a los muy ricos. Y eso no es todo: el 40% de las ganancias de flexibilización cuantitativa en el Reino Unido ha ido al 5% más rico de los hogares, no porque fueran más productivos, sino debido a que el Banco de Inglaterra dirigió su dinero en efectivo hacia ellos. Incluso una reversión parcial de esta tendencia regresiva para la riqueza y los ingresos financiaría un modesto ingreso básico inicial. Más allá de esto, un esquema de RBI se puede diseñar para crecer en línea con la riqueza de la economía. La automatización está aumentando los beneficios, ya que las máquinas que hacen redundante el trabajo humano no requieren salarios, sólo una mínima inversión en mantenimiento.

Si no cambiamos nuestro sistema de generación de ingresos, no habrá manera de cambiar la concentración de la riqueza en las manos de los ricos y los emprendedores excepcionales. Una RBI que creciera en línea con la productividad del capital aseguraría que los beneficios de la automatización van a la mayoría, no sólo a unos pocos.

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