martes, 21 de junio de 2016

Grexit, Brexit, Mexit

León Bendesky, La Jornada

Este es un periodo de salidas, las exit. Las medidas políticas para integrar, impulsadas durante mucho tiempo, ceden paso a las propuestas de separación. Puede aproximarse este proceso a partir de las contradicciones que provocan las fuerzas económicas globales, que repercuten en aquellas que definen a los renovados nacionalismos.

El caso griego se suscitó por la crisis de 2008, que expuso la enorme fragilidad de esa economía, mal administrada y plagada de vicios, pero que servía a las necesidades de colocación de deuda de los bancos comerciales de los países más ricos de Europa, alemanes principalmente. Esto se hizo al amparo de las autoridades encargadas de regular y supervisar a escala nacional y regional.

Las cargas sociales del enorme ajuste fiscal que se ha impuesto en Grecia no consiguen abatirse y el reordenamiento de los procesos productivos y las cuentas públicas no cuajan. Ante las constantes insuficiencias de los rescates por el gobierno de la Unión Europea (UE), el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, la economía sigue prácticamente en ruinas. Hace apenas unos días se aprobó un nuevo rescate (de 8.4 mil millones de dólares), junto con medidas adicionales de reducción de la deuda del gobierno para evitar la quiebra. Todo esto se ha repetido ya varias veces en años recientes y con la austeridad son la clave para gestionar la debacle griega.

De la posibilidad de una salida de Grecia de la UE (Grexit) se habló mucho en el apogeo de la crisis; por ahora se ha apocado. Sin embargo, las condiciones sociales son opresivas, crecen las presiones derivadas de los refugiados provenientes de Medio Oriente y queda por ver el efecto que puede generar una salida de Gran Bretaña de la UE, que se votará el próximo 23.

El Brexit es un nuevo embate contra el proceso de integración regional, que ha sido fuertemente castigado desde 2010. Así lo indican las posturas de los países del ala oriental, como Hungría y Polonia. Los votantes y los políticos que favorecen la salida son numerosos, y el resultado de la votación es incierto.

En breve, el Brexit ofrece promover la salida de la UE hacia 2019 y, al mismo tiempo, contender con el gobierno sito en Bruselas sobre la política migratoria, cuyos efectos rechaza una segmento relevante de la población. Este es uno de los pilares en que se sustenta la postura para abandonar. En ese lapso habría que negociar un acuerdo de exclusión de los tratados de la unión.

El gobierno del primer ministro David Cameron ha advertido que la salida de la UE generaría un gran agujero fiscal (de unos 30 mil millones de libras esterlinas) por las repercusiones en la producción, la competitividad, las inversiones y el efecto adverso en el papel de Londres como centro financiero internacional. Se espera que haya un deterioro en el ritmo del crecimiento económico, argumento que comparte el FMI.

Si gana el Brexit se abrirá un periodo de reacomodo tanto en Gran Bretaña como en la UE. El referendo tiene carácter consultivo, de recomendación, no de mandato. Lo siguiente es un asunto eminentemente político y de amplio alcance.

El Brexit pone de manifiesto aspectos mucho más extensos que la mera economía o el carácter de la democracia regional impuesta en Europa. Convergen en este conflicto cuestiones que tienen que ver con el carácter y la definición del problema nacional, y la identidad colectiva. En este sentido, el historiador Simon Schama pregunta si de lo que se trata es de la historia y de las instituciones, si es que éstas son, en alguna medida, excepcionales, nacidas y formadas en la insularidad.

Concluye diciendo que la cuestión álgida en este momento se remite a la cuestión clave de ¿quiénes somos? Y esta no es, por cierto, una reflexión superficial, pues abarca, en términos lógicos, la pregunta sobre quiénes son los otros, sean europeos también o migrantes que huyen de la barbarie. Bárbaros son muchos argumentos que se oyen de un lado y del otro en Europa; también lo es el asesinato de la parlamentaria Jo Cox.

México, que no es una isla, está igualmente metido de lleno en una contienda política que involucra un tema de salida: Mexit. La campaña de Donald Trump para alcanzar la nominación del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos tiene un ángulo muy específico que atañe a la reconsideración de los términos del TLCAN que cree perjudicial para los intereses de su país. Esto incluye de modo decisivo la abultada migración ilegal que se registra y que lleva a levantar the wall.

Se retoma la vieja posición original de Ross Perot en la campaña presidencial de 1992 contraria al libre comercio con México. Y no son irrelevantes en este caso los planteamientos de Bernie Sanders en su notoria campaña que desde la izquierda propone modificar las pautas de tal convenio. Estos argumentos han orillado las posiciones de Hillary Clinton, quien se opone, en el discurso cuando menos, al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP).

Cuestiones de carácter distinto enmarcan las tres formas de exit aquí expuestas, pero confluyen en la línea de segregar y discriminar. Es un nuevo vuelco hacia el aislamiento y nuevas formas de confrontación. Independientemente de los evolución de estos casos, el mensaje ya está lanzado y es parte del escenario político de crecientes fricciones.

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