domingo, 12 de junio de 2016

Cómo vislumbra China el orden mundial, según la revista The National Interest

Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

La procaz propaganda goebbeliana de los muy sesgados multimedia israelí-anglosajones –que hasta el muy influyente texano James Baker III fustiga por su falta de objetividad (http://goo.gl/tmPMh4)– practica un intenso solipsismo que se da el lujo de pretender afirmar cómo sus competidores globales se ven a sí mismos, sin ser consultados.

El libro reciente Sobre China (https://goo.gl/fRvUvg), del israelí-alemán-estadounidense Henry Kissinger –operador político de los Rockefeller y ExxonMobil–, no tiene la réplica de su contraparte en Pekín, donde no sabemos aún qué tan contrastables sean sus datos que suenan unilaterales y subjetivos a primera vista.

Habría sido fascinante que el gran timonel Mao Zedong, o su supremo administrador Zhou Enlai, hubiesen dado su versión de las trascendentales negociaciones con Nixon y Kissinger a inicios de la década de 1970, para saber qué se cocinó tras bambalinas.

Una aberración bibliográfica, que en última instancia perjudica la armonía global, es que no existe una literatura de China ni de Rusia en materia geoestratégica, cuando se conoce muy poco de sus archivos secretos guardados como tesoro nacional.

Ahora resulta que la revista bimensual estadounidense The National Interest nos alecciona sobre la manera en que China vislumbra el orden mundial.

Esta revista bimensual comporta muchos vicios congénitos al haber sido fundada hace 31 años por el zelote israelí-estadunidense Irving Kristol, considerado el patriarca de los neoconservadores straussianos sionistas y padre del fanático superbélico israelí-estadunidense William, editor de The Weekly Standard.

Peor: el mandamás honorario de The National Interest es Kissinger. Su contradicción editorial es patente de entrada, ya que la visión sobre China de Kissinger colisiona con la de los neoconservadores straussianos sionistas de corte unipolar: un pleito de alcoba entre las tribus modernas de los máximos partidarios de Israel en EEUU.

Independientemente del control catastral y editorial ideológico de la revista bimensual, los autores Richard Fontaine y su colaboradora Mira Rapp-Hooper aportan su visión solipsista sobre China (http://goo.gl/hJ3P6S).

Fontaine es presidente del think tank neoliberal Centro por la Nueva Seguridad Estadunidense, de fuertes vínculos con el polémico general David Petraus, ex director de la CIA y hoy mandamás de la firma bancaria israelí-estadunidense KKR, a su vez donante del muy influyente Council on Foreign Relations (http://goo.gl/EqXvzh), que controla el departamento de relaciones internacionales del entreguista y antimexicano ITAM.

El mantra de los autores, después de su aburrido panegírico al orden internacional liberal de siete décadas, teme el rápido ascenso de China al estatuto de superpotencia con dos opciones muy simplistas por delante: 1) la que desean para mantener la hegemonía de EEUU: Pekín abrazará los pilares existentes (sic) del orden global, y 2) temen que China será revisionista, buscando socavar las reglas del presente orden y formule una alternativa antiliberal que excluya (sic) a EEUU.

A su juicio, EEUU debe usar una triple combinación de zanahorias, garrotes y compromiso para que Pekín abrace con firmeza las reglas globales e instituciones, cuando China transgrede (¡supersic!) algunas de esas reglas y establece instituciones alternativas.

Se trata de un vulgar G-2, ya muy redundante, que no se atreve a decir su nombre, donde China se someta a los dictados unilaterales de EEUU (http://goo.gl/PhClvg).

Pareciera que los autores no leyeron el capítulo de Kissinger sobre El memorándum Crowe y la repetición de la historia, como sucedió con la inevitable colisión de Gran Bretaña y Alemania en la primera y segunda guerras mundiales.

Dos bancos encabezados por China les dan pavor: el AIIB (http://goo.gl/B4Wbla) y el Banco BRICS, que han superado al Banco Mundial en sus préstamos bilaterales a los países en vías de desarrollo, y han también relegado al regional Banco Asiático (ADB: instrumento financiero regional de EEUU, como el BID en Latinoamérica).

Comentan que China no es tan diferente de otros poderes ascendentes y los funcionarios chinos en sus momentos privados se refieren al mar del sur de China como su mar Caribe, en equivalencia al dominio que ejerce EEUU en el Golfo de México y en el Caribe en el continente americano (http://goo.gl/hSi5dO).

EEUU no acepta el nuevo concepto de seguridad evocado por el mandarín Xi, quien afirma que la seguridad en Asia debe ser mantenida por los propios asiáticos.

EEUU avanza en forma unilateral su neomonroísmo, hoy de corte financierista –mediante su captura de los bancos centrales y ministerios de Finanzas en Brasil, Argentina, Perú y el México neoliberal itamita con banqueros controlados por Israel–, mientras desecha una Asia para los asiáticos.

También temen que China haya buscado rescribir las reglas de la gobernación de Internet y prefiere la soberanía del Internet estadocéntrica. Soslayan que Gafat (Google, Amazon, Facebook, Apple y Twitter) son un instrumento del control global cibernético de EEUU desde la matriz operativa de la Darpa del Pentágono.

La mezcla explosiva de zanahorias, garrotes y compromiso de EEUU para impedir el ascenso irresistible de China ha llevado a una peligrosa confrontación en el mar del sur de China, cuando China no está dispuesta, desde su perspectiva milenaria, a ser vasallo de nadie, menos de los barbáricos de Norteamérica.

La tripleta de medidas que aplica EEUU a China –zanahorias, garrotes y compromisos– es contradictoria y con frecuencia prevalece una de ellas por encima de las otras. Hoy Obama favorece los garrotes contra China, aunque ha aceptado a regañadientes la incrustación tardía del renmimbi-yuan, como una de las tres principales divisas de reserva del FMI (los Derechos Especiales de Giro) cuando ha visto cómo su otrora gran aliado especial Gran Bretaña se arrojó a los brazos de China en la fundación del creativo Banco de Inversiones e Infraestructura Asiático (AIIB), mientras aprieta la asfixia geopolítica a China alrededor del mar del sur de China con su penetración a Myanmar y Vietnam.

Obama también procura seguir aislando a China mediante la prospectiva de un eje marítimo militar entre Japón, Australia e India para crear un segundo bloqueo marítimo en el océano Índico.

El ascenso irresistible de China –que Nixon y Kissinger usaron en los 70 para balcanizar la URSS una década más tarde– es inversamente proporcional al declive inexorable de EEUU.

El grave defecto de la visión cíclope y daltónica de los autores es que no se han percatado de la resurrección de Rusia en la fase del zar Vlady Putin, a quien pretenden seguir aislando en forma estéril, cuando la flamante asociación estratégica entre Pekín y Moscú ha arrinconado a EEUU a su neomonroísmo financierista regional.

Peor aún: no se percatan de que, en una visión multidimensional, el mundo ya es tripolar con las respectivas esferas de influencia de EEUU/Rusia/China.



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