domingo, 8 de mayo de 2016

Trump y Sanders: ¿Nuevo despertar contra Wall Street y su globalización?

Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

El polémico Samuel Huntington, en su libro mexicanófobo que busca la nueva identidad de EEUU –¿Quiénes somos? (https://goo.gl/2MY7uH)”– alega que los historiadores distinguen cuatro grandes despertares en la historia del protestantismo estadounidense, cada uno relacionado con grandes iniciativas de reformas políticas.

La palabra despertar en inglés (awakening) comporta una profundidad espiritual de la religión protestante que no expresa su traducción literal al castellano católico.

Hace poco postulé (http://goo.gl/7zZAQC) que existe una perturbadora convergencia entre el teórico de la guerra permanente mediante el Choque de 8 Civilizaciones, Samuel Huntington, y el pragmático multimillonario Donald Trump sobre el supremacismo blanco de los WASP (blancos anglosajones protestantes).

Mas allá de las escandalosas contingencias electoreras del controvertido presbiteriano Donald Trump, el trumpismo, excrecencia doméstica del universal supremacismo blanco de Samuel Huntington, representa el brote de un nuevo despertar de protesta de los WASP, que se remonta genealógicamente al siglo XVIII, y que se complementa con la votación masiva de los jóvenes blancos por el socialista Bernie Sanders, de 74 años –admirable judío jázaro antisionista de esposa católica– contra la plutocracia de Wall Street y su desregulada globalización en crisis.

Los despertares nacionales, de carácter estructural, suelen superar las efímeras coyunturas electoreras.

Según Samuel Huntington, “las fuentes religiosas (sic) tuvieron una importancia central en la guerra de independencia, especialmente el gran despertar de los decenios de 1730 y 1740, liderados por George Whitefield, su evangelizador más carismático y que fue la primera prueba unificadora de los estadounidenses y generó un sentimiento de conciencia nacional, ya que causó furor en las colonias y movilizó a miles de estadounidenses que se comprometieron a renacer con Cristo, lo cual fijó la base para la agitación política: una proporción sustancial de congregacionalistas, presbiterianos y bautistas, en total la mitad de la población estadounidense en ese periodo, eran receptivos a las ideas milenaristas respaldadas por la revolución estadounidense que abrevó del liberalismo del inglés John Locke, el racionalismo ilustrado y el republicanismo del partido whig.

Según el sociólogo de las religiones Robert Bellah, el Segundo Gran Despertar de los decenios de 1820 y 1830 fue evangélico y revivalista, toda una segunda revolución estadounidense que fue marcada por la espectacular expansión de las iglesias metodistas y bautistas y la formación de muchas nuevas sectas y confesiones, incluida la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (nota: mormones), donde el homólogo de Whitefield durante el Segundo Gran Despertar fue Charles G. Finney, quien reclutó a decenas de miles de personas para las iglesias y predicó la necesidad de trabajar y creer y generó influencia hacia la reforma.

Según Samuel Huntington, el hijo mas destacado de este Segundo Gran Despertar fue el movimiento abolicionista que a principios del decenio de 1830 cobró vida con el problema de la esclavitud, despertó y movilizó a gran número de personas a la causa de la emancipación con la profundidad de la dimensión religiosa.

Samuel Huntington siempre sobredimensiona la moralidad protestante, emulando la ética protestante de Max Weber, que detona el Tercer Gran Despertar en la década de 1890, ligado a las iniciativas de reforma social y política de las Eras Populistas y Progresistas. Bajo los ideales para crear una sociedad justa y equitativa, los reformadores atacaron la concentración de poder de los grandes monopolios empresariales y de las maquinarias políticas de las grandes ciudades y propugnaron medidas antimonopolio; sufragio femenino; la iniciativa, el referendo y la revocación populares; la prohibición (del alcohol); la regulación (sic) de los ferrocarriles y las primarias directas.

Con las reservas de la misoginia, quizá teatral y/o mercadotécnica, del multimillonario de Nueva York, ¡como se parece la doble rebelión de Donald Trump y Bernie Sanders contra Wall Street (y su candidata Hillary) con el Tercer Despertar del siglo XIX!

Según el politólogo Alan Grimes, los participantes en el movimiento progresista en general creían en “la superioridad de los estadunidenses blancos (sic) nativos, la superioridad de la moral protestante (más concretamente, puritana) y la superioridad de una determinada clase de populismo, caracterizada por un cierto grado de control directo sobre las maquinarias estatales y urbanas, que, según se alegaba, estaban dominadas por los intereses creados.

De acuerdo con Samuel Huntington, el Cuarto Gran Despertar se originó a finales de la década de 1950 y principios de la de 1960, a partir del crecimiento del protestantismo evangélico”. Cita a Sydney Ahlstrom, quien arguye que cambió profundamente (al menos en EEUU) el paisaje humano.

El Cuarto Despertar, que enuncia Samuel Huntington con poco rigor, no goza del consenso y, a diferencia de los tres anteriores, mermó la fortaleza de la élite de la religión protestante con la vigorosa emergencia de denominaciones marginales: los bautistas sureños (perdedores de la guerra civil) y los luteranos del sínodo de Missouri (de origen alemán-sajón, creacionista y antimilenarista) que se propaga en el contexto de la segregación de la minoría negra, la guerra de Vietnam y el Watergate de Nixon.

El muy discutible cuarto despertar de Samuel Huntington es una pesadilla teológica para los anteriores tres despertares.

Según el historiador Walter McDougall, EEUU pasó de ser una tierra prometida para convertirse en un Estado cruzado. De allí nace el moralismo fariseo de su política exterior, ya que, según Samuel Huntington, su ascensión a la categoría de gran potencia también le permitiría promover en el exterior valores y principios morales sobre los que había aspirado a construir su sociedad en su propio país y que no había podido promover allende sus fronteras hasta entonces, por culpa de su debilidad y su aislamiento durante el siglo XIX.

¿Engendró o se fusionó el fugaz movimiento Occupy Wall Street a la asombrosa protesta juvenil de los seguidores blancos del judío jázaro/antisionista Bernie que ha sacudido las entrañas del partido Demócrata?

Suprema paradoja: el Partido Demócrata tendrá como candidata a la abogada Hillary, favorita de Goldman Sachs y del megaespeculador George Soros –quintaesencia del Moloch de Wall Street–, que cuenta con el apoyo masivo de los afroestadunidenses y la ascendente fuerza demográfica de los guadalupanos mexicanos y latinos: con la salvedad cupular unipersonal de la metodista blanca Hillary, que contrasta con los despertares milenaristas de los puritanos protestantes nativos.

El asombroso nuevo despertar estadounidense del siglo XXI es la suma de dos vigorosas corrientes –del socialista Bernie Sanders, en el Partido Demócrata, y de Donald Trump, outsider mexicanófobo/islamófobo del Partido Republicano– que expresa el hondo malestar de la mayoría de la raza blanca (64 por ciento de la población) de cuello azul contra la globalización de Wall Street.

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