lunes, 30 de mayo de 2016

La corrupción de la clase política chilena y su crisis terminal


El Ciudadano

La clase política chilena, ante los nuevos antecedentes que muestran de forma indesmentible la relación no sólo antiética, sino ilegal con el capital del gran empresariado, busca justificaciones para deslindar responsabilidades. Desde argumentos que van de los “hechos puntuales”, “errores involuntarios”, “me enteré a través de la prensa” y otras expresiones bien grabadas en la conciencia social, ahora levantan la expresión de la “crisis sistémica” de la política. Sin duda lo es, pero, a diferencia de la falaz defensa que surge desde los más involucrados en la recepción de dineros ilegales desde los grupos económicos, es una crisis terminal no generada por la naturaleza o heredada de una opaca institucionalidad, sino creada por ellos mismos. La crisis actual, la pestilencia en la cual se halla la política no sólo del duopolio, es una construcción cuyas bases se levantan de forma simultánea al resto de los programas pactados durante la transición.

La recepción de dineros de SQM por parte del PPD durante la presidencia de Carolina Tohá es una nueva constatación del proceso de descomposición del sistema político, cuyos antecedentes si bien se remontan a la primera década de la transición y marcan importantes episodios en los años siguientes, es a partir del actual gobierno cuando se levanta el manto que ocultaba no sólo las fuentes del financiamiento de la política, sino sus alcances y objetivos. En este momento, con este nuevo evento, el escenario instalado desde finales del 2014 con los casos Penta, Caval y SQM suma nuevos actos y se refuerza sin dar señales de concluir.

En este nuevo episodio de corrupción se reproduce de forma concentrada el guión pergeñado desde los confines de la transición pactada. Los dineros de SQM, la empresa minera regalada por Pinochet a su entonces yerno, financian las campañas de los partidos de la Concertación-Nueva Mayoría. ¿Con qué objetivo? ¿Qué obtiene Ponce Lerou al financiar a estos partidos?

La respuesta posiblemente será silenciada o distorsionada por impresentable. Pero ante este silencio podemos hacernos algunas otras preguntas. ¿Por qué nunca se revisaron las privatizaciones hechas durante la dictadura? ¿Por qué se profundizó durante la transición el modelo neoliberal? ¿Por qué no se han tocado las AFPs? ¿Por qué pasaron décadas antes de modificar el sistema binominal o plantear la necesidad de una nueva constitución? Y podemos seguir en el terreno político: ¿Por qué Pinochet nunca fue condenado? ¿Por qué la Concertación corrió a rescatarlo de la justicia internacional? ¿Por qué hasta hoy en día CEMA Chile sigue usufructuando de cientos de inmuebles robados durante la dictadura?

Ciertamente, así como algunas figuras de la Nueva Mayoría intentan desligar responsabilidades en este proceso de corrupción acusando una crisis sistémica del financiamiento de la política, nosotros también creemos que se trata de una crisis, con la diferencia de que ésta trasciende el sistema político y abarca a toda la institucionalidad sobre la cual se ha apoyado la post dictadura. En este proceso de corrosión son las propias estructuras creadas o pactadas por los líderes de la Concertación-Nueva Mayoría las que han sido germen de la actual crisis.

En este nivel del trance ninguna decisión, proyecto, moción o mea culpa de la casta apunta a una honesta solución. El peso de la clase política, desde el gobierno, parlamento o de los mismos partidos y sus redes, se comporta como un núcleo cerrado que vela por su propia supervivencia, lo que implica la mantención de las instituciones que les han permitido acumular las enormes cuotas de poder. El desguace de las propuestas de la comisión Engel o la misma y patética actitud de los partidos de la Nueva Mayoría ante el Servel son sólo una muestra de la poca capacidad de autocrítica y de compresión de los niveles de desprestigio en los cuales han caído.

La clase política, de punta a cabo, actúa sin empatía y a contrapelo de los intereses y necesidades de la ciudadanía y de sus cada día más escasos representados. Es una pandilla, una banda que se ha apropiado del poder en complicidad con las grandes corporaciones, a las que favorece con leyes a cambio de financiamiento electoral. Es sin duda una crisis sistémica y terminal que ha terminado con la política, convertida en espectáculo, marketing y negociados. En este escenario derrumbado, la única opción está fuera de esta política, está en las organizaciones, la academia, la ciudadanía.

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