miércoles, 4 de mayo de 2016

El silencio cómplice de Obama y Hillary en Brasil

Emir Sader, Público

Nunca Estados Unidos ha estado tan aislado en el continente como en este siglo. Desde que Lula fue elegido presidente de Brasil en 2002, la política exterior del país, liderada por Celso Amorim, frenó la firma del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) e inició un proceso de consolidación y expansión de los proyectos de integración regional que terminarían por aislar —como nunca antes— a Estados Unidos en América Latina.

Por su parte, la elección de Néstor Kirchner en Argentina en 2003 permitió que los dos gobiernos más importantes de América del Sur constituyeran un eje alrededor del cual se fortaleció el Mercosur, se fundó Unasur, el Consejo Sudamericano de Defensa, y así hasta llegar a la Celac, que hizo por primera vez realidad la doctrina Monroe en América Latina.

Frente a esta realidad, los sucesivos gobiernos de EEUU han tratado de incentivar —sin gran éxito— polos alternativos, como por ejemplo la Alianza para el Pacífico, centrada en México, Perú y otros gobiernos neoliberales del continente. Sin embargo, después de intentar erigir a México como alternativa neoliberal en la región, ha visto fracasar rápidamente el gobierno de Peña Nieto. Algo similar a lo sucedido con el gobierno de Sebastián Piñera en Chile.

Mientras tanto, EEUU ha seguido actuando en todos los márgenes posibles, propiciando golpes blancos en Honduras y Paraguay. En el caso de Honduras, sin ir más lejos, el rol de Hillary Clinton fue al parecer decisivo. Así al menos se infiere de las acusaciones que la candidata ha recibido en los debates de las primarias demócratas, acusaciones que ella misma ha admitido confirmando su participación en el golpe.

Pese a su aislamiento en el continente, EEUU hacía lo posible por convivir con los diferentes gobiernos brasileños. Obama se valía de su buen talante para exaltar a Lula llamándole “the guy”, en cambio, se la vio con Dilma a la hora de justificar las escuchas ilegales en el gobierno de Brasil. Hillary visitó a Dilma supuestamente con la intención de aprender de las experiencias de éxito en materia de políticas sociales puestas en marcha en Brasil, pese a que más bien se trataba de darle un barniz progresista a su campaña, que necesitaba consolidar su apoyo entre la comunidad negra y los latinos con el fin de triunfar en las primarias.

La inesperada elección de Mauricio Macri abrió las puertas al sueño norteamericano para romper el eje de integración entre los gobiernos de Brasil y Argentina. Después de negarse a intervenir para evitar el absurdo de la acción arbitraria de un juez norteamericano en favor de los fondos buitres, Obama corrió a visitar al nuevo presidente argentino para expresar la complacencia de EEUU para con el nuevo rumbo económico de Argentina y su disposición de abrir una nueva fase en las relaciones entre los dos países.

Frente al golpe blanco en curso en Brasil, el silencio, tanto del presidente norteamericano como de la favorita para sucederlo, es ensordecedor. Mientras pretende aparecer como defensor de la democracia frente a regímenes como los de Venezuela y Cuba, cuando se esboza el golpe blanco más importante que se ha vivido hasta la fecha en el continente, tanto Obama como Hillary no logran esconder que su silencio es la señal que evidencia que ha habido un intento de sacar al PT del gobierno por la vía de un golpe.

El sueño de reconstituir un eje neoliberal en el corazón de América del Sur, tal y como había existido durante los gobiernos de Cardoso y Menem, parece hacerse realidad, aun de una forma hipotética, muy precaria y de corta duración en Brasil. Sería el punto de apoyo para aislar y tratar de derrotar los gobiernos con que los EEUU siempre se han incomodado más en la región –los de Venezuela, Bolivia y Ecuador—.

Una complicidad de escándalos con los golpistas demuestra cómo el Imperio siempre supo que la política del gobierno brasileño es esencial para la resistencia a su dominación de la región. El prestigio de EEUU en el continente está definitivamente mancillado, a lo que habría que añadir la decadencia económica norteamericana que no le permite ya competir frente a los grandes acuerdos de China y Rusia en toda la región. La política imperial norteamericana nunca ha dejado de embarcarse en las aventuras golpistas de la región, tal y como evidencia el vergonzoso silencio actual de Obama y Hillary.

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