sábado, 20 de febrero de 2016

Umberto Eco sobre Harry Potter

Se supone que las aventuras de Harry Potter son una versión moderna del Grial, un mito ilustre de la tradición occidental que legitimaría por sí solo su lectura y, por eso, no debería preocupar a nadie. Umberto Eco dedicó este artículo a los adultos, por lo tanto, a los padres. Fue publicado en La Jornada en 2002

Dos años atrás escribí acerca de Harry Potter, cuando ya habían aparecido las primeras tres historias y el mundo anglosajón se había empalagado por la discusión de si era o no educativo narrar esas historias de magia a los muchachos, pues podría llevarlos a tomar en serio muchos desvaríos ocultistas. Ahora que gracias al cine el fenómeno Harry Potter se volvió global, me topé por casualidad con un Porta a Porta (un programa de la televisión italiana), donde por un lado aparecía el mago Otelma, muy contento por esa propaganda a favor de señores como él (entre otras cosas, se presentaba vestido de manera tan "magosa" que ni Ed Wood se hubiera atrevido a hacerlo aparecer en uno de sus filmes de horror), y por otro, un insigne exorcista como el padre Amorth (nomen omen), según el cual las historias de Harry Potter transmiten ideas diabólicas.

Para entendernos, mientras que la mayoría de las otras personas sensatas presentes en la transmisión consideraba que magia blanca y magia negra eran patrañas (aun si hay que tomar en serio a quienes creen en ella), el padre exorcista tomaba en serio cualquier forma de magia (blanca, negra y quizá también en forma de bolitas), como obra del Maligno.

Si este es el clima, creo que tendré que regresar a romper lanzas a favor de Harry Potter. Estas historias son, sí, historias de magos y brujos, y es natural que logren éxito, porque a los niños siempre les han gustado las hadas, enanos, dragones y nigromantes, y nadie ha pensado que Blancanieves fuera efecto de un complot de Satanás; pero han alcanzado el éxito que continúan teniendo porque su autora (no sé si por una intención muy culta, o por un instinto prodigioso) supo poner en escena algunas situaciones narrativas verdaderamente arquetípicas.

Harry Potter es hijo de dos magos muy buenos que son asesinados por las fuerzas del mal, cosa que al inicio él ignoraba, y vivía como huerfanito mal soportado por dos tíos tiránicos y mezquinos. Después de que se le revelan su naturaleza y su vocación, va a estudiar a un colegio para jóvenes magos de los dos sexos, donde le suceden asombrosas aventuras. Este es el primer esquema, clásico: tome una joven y tierna criatura, hágala padecer sufrimientos de todo tipo, revélele que es el último vástago de una raza, destinado a un luminoso destino, y tendrán no sólo al Patito Feo y a Cenicienta, sino también a Oliver Twist y al Remy de Sin familia.

Además, el colegio de Hogwarts, donde Harry va a estudiar cómo preparar pociones mágicas, se parece a muchos otros colegios ingleses donde se juega uno de esos deportes anglosajones que fascinan a los lectores más allá de La Mancha porque intuyen sus reglas, y también a los del continente porque nunca las entenderán. Pero otra situación arquetípica es la de los muchachos de la calle Paal. Hay también algo del Giornalino di Gian Burrasca, con sus pequeños estudiantes que se reúnen en conventículos en contra de profesores excéntricos (algunos perversos). Añádase que los muchachos juegan cabalgando escobas voladoras, y tendrán también a Mary Poppins y a Peter Pan. En fin, Hogwarts se parece a uno de esos castillos misteriosos de la Biblioteca para muchachos de Salani (la misma editorial italiana de Harry Potter), donde un grupo de muchachos con pantalones cortos y muchachas de largos cabellos de oro, desenmascara las maniobras de un intendente deshonesto, de un tío corrupto, de una banda de truhanes, y al final descubre un tesoro, un documento perdido: una cripta llena de secretos.

Si en Harry Potter aparecen encantamientos escalofriantes y animales espantosos (aunque la historia se dirige a niños acostumbrados a los monstruos de Rambaldi y a las caricaturas animadas japonesas), esos muchachos luchan por causas buenas como los Tres boys scouts, y escuchan a educadores virtuosos, al punto de desflorar –dejando de a lado todas las taras históricas– la superbondad del Corazón, diario de un niño de De Amicis.

¿Pensamos verdaderamente que, leyendo historias de magia, los niños, cuando sean adultos, creerán en las brujas (como lo piensan, como si fueran un solo hombre, aunque con sentimientos encontrados, el mago Otelma y el padre Amorth)? Todos sentimos un terror saludable ante ogros y licántropos, pero ya adultos hemos aprendido a no tenerle miedo a las manzanas envenenadas, sino al agujero en la capa de ozono; desde niños creímos que a los niños los traía la cigüeña, pero esto no nos impidió, siendo adultos, adoptar un método más adecuado (y más agradable) para crearlos.

El verdadero problema no es el de los niños que crecen creyendo en el Gato y en el Zorro y que después aprenden a preocuparse de otros chapuceros menos fantásticos; el problema más preocupante es de los adultos, quizá de los que cuando eran niños no leían historias de magia, pero que ya crecidos a menudo se dejan influir inclusive por las transmisiones televisivas para acudir a los lectores del tarot y del café, a los oficiantes de misas negras, a los adivinos, a los curanderos, a las sesiones espiritistas, a los prestidigitadores del ectoplasma, a los reveladores del misterio de Tutankamen. Luego, a fuerza de creer en los magos, terminan confiando también en los Gatos y en los Zorros.
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La Jornada

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