jueves, 28 de enero de 2016

La incertidumbre externa y la desigualdad


Orlando Delgado Selley, La Jornada

Hay un consenso generalizado entre los analistas internacionales de que nos enfrentamos a un inicio de año particularmente complicado. A nivel de la economía global se ha argumentado que lo que mayor preocupación genera es el estado de confusión generalizada sobre los meses próximos. Es indudable que, sin embargo, la restructuración de la economía china, la caída drástica del precio del petróleo y el inicio de la normalización de la política monetaria estadunidense generan efectos que dificultarán el crecimiento. Hay un factor adicional de gran relevancia que complica el panorama: la profundización de la desigualdad.

Un informe reciente de Oxfam y un importante artículo de su directora ejecutiva, Winnie Byanyima (Project Syndicate, 20/1/2016), dan cuenta de que en 2015, 64 personas poseían lo mismo que la mitad de la población mundial. Hace seis años, en 2010, eran 288 las personas cuya riqueza se igualaba a la de la mitad de la población. La brecha entre ricos y pobres se sigue ampliando, de modo tal que la predicción de la propia Oxfam de que en 2016 el uno por ciento rico de la población se apropiaría de la riqueza del otro 99 por ciento, se alcanzó dos meses antes de lo previsto.

Estos brutales datos explican porqué en los Objetivos Globales para el Desarrollo Sustentable, firmados en la ONU por 193 gobiernos, se incluyó la reducción de las desigualdades. El desafío es colosal: se trata de revertir los resultados de 30 años de privatizaciones, pérdidas regulatorias, secretos financieros y de la globalización misma. En particular en los cinco años anteriores el patrimonio de esos 62 ultra ricos se incrementó en 542 mil millones de dólares, mientras que los 3 mil 600 millones más pobres perdieron un billón de dólares, lo que representa 41 por ciento de su patrimonio.

Por esto en el mundo los diagnósticos económicos recientes incluyen como una de las complicaciones centrales el incremento de la desigualdad y, consecuentemente, se proponen medidas para revertirla. En México el asunto de la desigualdad no aparece en los diagnósticos de las dificultades actuales. Un buen ejemplo de estos diagnósticos son los del Banco de México (J. Guzmán, 11/1/16 y 18/1/16) en los que se presentan los desafíos que plantea el entorno global y se proponen las respuestas de políticas públicas, sin siquiera mencionar el problema de la desigualdad.

Para el Banco de México las principales dificultades externas que se registraron el año pasado y se mantienen en 2016 son: i] el estancamiento de la industria estadunidense; ii] la caída del precio del petróleo, a la que se suma la pérdida en producción nacional del crudo; iii] la normalización de la política monetaria estadunidense; iv] la restructuración de la economía china. En 2015, sin embargo, la economía mexicana creció por arriba de importantes economías emergentes y, de acuerdo con esos análisis, también tendrá un mejor desempeño en 2016.

Este mejor desempeño, que está lejos de lo que el país requiere y el gobierno priísta había ofrecido, se explica –según estos análisis– por el incremento en el empleo, la mejora de los salarios reales hecha posible por la baja inflación, las remesas y la expansión del crédito privado. Lo cierto, sin embargo, es que es insuficiente y que se percibe un desánimo generalizado con un desempeño económico que no se ha traducido en una mejora sensible de los niveles de bienestar de la población. Los beneficios del crecimiento se lo han apropiado los sectores de muy altos ingresos.

Es claro que la evolución de la desigualdad mexicana es comparable con la que ha ocurrido a escala global. La diferencia es que no disponemos de mediciones estrictas que informen sobre el ingreso del uno por ciento más rico y del 0.1 por ciento más rico. La Encuesta Ingreso-Gasto, única fuente completa disponible para medir la distribución del ingreso, subestima el ingreso de los ricos y sobreestima el de los pobres. Pese a ello es claro que la fuerte concentración del ingreso y la riqueza lastra el funcionamiento económico y empobrece la democracia. Constituye un importante freno al dinamismo económico que, ahora más que otras veces, debiera sostenerse en el mercado interno.

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