miércoles, 9 de diciembre de 2015

David Cameron no ha demostrado que bombardear Siria vaya a servir de algo

Jeremy Corbyn, Sin Permiso

Desde que David Cameron presentó su defensa de la ampliación de los bombardeos británicos sobre Siria en la Cámara de los Comunes la semana pasada, a esa defensa se le han ido abriendo las costuras. No ha de extrañar que quiera acelerar el debate en el Parlamento esta semana.

Sabe que está creciendo la oposición a su mal concebida prisa por ir a la guerra. En lo que respecta a planificación, estrategia, tropas sobre el terreno, diplomacia, amenaza terrorista, refugiados y bajas civiles, está cada vez más claro que la propuesta del primer ministro sencillamente no se tiene en pie.

Esa es la razón por la que la respetada Comisión de Exteriores de la Cámara de los Comunes – cuyo informe crítico sobre sus planes de bombardeo fue el centro de la declaración del primer ministro – dejó claro esta noche que no había encarado [él] sus preocupaciones.

Tras los despreciables y horrendos atentados de París del mes pasado, la cuestión de si lo que Cameron propone fortalece – o socava – nuestra seguridad resulta crucial. No hay duda de que el llamado grupo del Estado Islámico (EI) ha impuesto un reino de terror sobre millones de personas en Irak, Siria y Libia. Y no hay duda de que representa una amenaza para nuestro propio pueblo. La cuestión es si ampliar la campaña de bombardeo de Irak a Siria tiene probabilidades de reducir o incrementar esa amenaza, y si contrarrestará o extenderá la campaña terrorista que libra el EI en Oriente Medio.

El primer ministro ha sido incapaz de explicar por qué ampliar los ataques aéreos a Siria – que ya está siendo bombardeada por los EE.UU., Francia, Rusia y otras potencias – tendrá repercusiones militares significativas en una campaña que hasta ahora sólo ha sido testigo de cómo el EI iba ganando territorio, como las ciudades de Ramadi en Irak y de Palmira en Siria, y también perdiéndolo.

Lo que resulta crucial es que [Cameron] no ha conseguido convencer a casi nadie de que, aun el caso de que la participación británica en la actual campaña aérea pudiera inclinar la balanza, haya fuerzas creíbles sobre el terreno capaces de recuperar el territorio ocupado por el EI.

La semana pasada, el primer ministro sugirió que las fuerzas kurdas o el Ejército Libre de Siria [ELS] serían capaces de desempeñar ese papel. Llegó a afirmar incluso que hay una fuerza de 70.000 efectivos del moderado ELS dispuestos a coordinarse sobre el terreno con una campaña aérea occidental.

Esa afirmación no ha resistido un análisis elemental. Las fuerzas kurdas serán de poca ayuda en las zonas árabes suníes que controla el EI. Y tampoco podrá el ELS, que no es hoy más que un grupo de coordinación dispar, que incluye a elementos que pocos considerarían moderados, y que en su mayor parte operan en otras partes del país. Las únicas fuerzas terrestres que pueden hoy sacar partido de una campaña de bombardeo con éxito son los grupos yijadistas y salafistas más fuertes.

Esa es la razón por la que la lógica del recrudecimiento de la campaña aérea consiste en expandir la misión más allá de sus objetivos originales y poner fuerzas occidentales sobre el terreno, diga lo que diga ahora el primer ministro acerca del despliegue de tropas de combate británicas.

La resolución 2249 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aprobada tras los atentados de París, no concede una autorización clara y sin ambigüedades para los ataques aéreos del Reino Unido. Pero es un marco propicio, por ejemplo, para la acción de los estados miembros de las Naciones Unidas con el fin de cortar la financiación, los ingresos petrolíferos y los envíos de armas del territorio del EI.

Hay pocas señales, no obstante, de que vaya a suceder esto de veras. Tampoco hay ninguna evidencia seria de que se utilice para coordinar una estrategia militar o diplomática internacionales en Siria, pese al riesgo claro de incidentes potencialmente desastrosos, como el derribo de un avión militar ruso por fuerzas turcas.

El primer ministro ha evitado explicarle con detalle al pueblo británico las advertencies que a buen seguro ha recibido acerca de las probables repercusiones de los ataques aéreos en Siria sobre la amenaza de atentados terroristas en el Reino Unido. Y no ha ofrecido ninguna evaluación seria de las repercusiones de intensificar una campaña aérea en bajas civiles en el territorio sirio controlado por el EI, o sobre la crisis de los refugiados sirios en un sentido más amplio.

Lo más importante de todo es que Cameron ha sido totalmente incapaz de explicar de qué modo el bombardeo británico de Siria contribuiría a un acuerdo político negociado y completo de la guerra siria. Se entiende de modo generalizado que es el único modo de garantizar la derrota del EI en el país. El EI nació como consecuencia de la invasion de Irak, pero ha florecido en Siria entre el caos y el horror de una guerra civil de múltiples frentes.

El método de Cameron consiste en bombardear primero y hablar después. Pero en lugar de sumar las bombas británicas a las que ya caen sobre Siria, lo que hace falta es acelerar la conversaciones de paz de Viena, que implican a las principales potencias regionales e internacionales, con el objetivo de negociar un gobierno de amplia base en Siria que tenga el apoyo de la mayoría de su pueblo. En el contexto de ese acuerdo, fuerzas regionales con respaldo internacional podrían ayudar a recuperar el territorio de manos del EI. Pero su derrota duradera en Siria solo puede asegurarse en Siria gracias a los sirios mismos.

En las últimas semanas, he intentado dirigir la creciente oposición a los planes de bombardeo de Cameron en el país, en el Parlamento y en el Partido Laborista. El rechazo de 14 años de desastrosas guerras en el Medio Oriente más amplio formaba parte del programa con el que fui elegido líder del Partido Laborista. Por zarandeado que haya sido el trayecto en el Parlamento, es esencial aprender las lecciones de estas guerras.

A la luz de ese historial de intervenciones militares occidentales, el bombardeo británico de Siria corre un riesgo aun mayor de tener lo que el presidente Obama ha llamado “consecuencias no queridas”.

El primer ministro afirmó que deseaba un consenso que respaldara las acciones militares que quiere emprender. No ha conseguido nada semejante. Después de Irak, Afganistán y Libia, los diputados que estén pensando en votar a favor de los bombardeos deberían considerar lo terribles que pueden ser las consecuencias. Sólo un acuerdo de paz negociado puede derrotar la amenaza que supone el EI.

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