miércoles, 2 de diciembre de 2015

Consumir más, conservar más: lo sentimos, pero no podemos permitirnos ambas cosas

El crecimiento económico está haciendo trizas el planeta y nuevas investigaciones sugieren que no puede conciliarse con la sostenibilidad.

George Monbiot, Sin Permiso

Lo podemos tener todo: esa es la promesa de nuestra época. Podemos poseer cualquier artilugio que seamos capaces de imaginar…y hasta unos cuantos que no. Podemos vivir como monarcas sin comprometer la capacidad de la Tierra para sustentarnos. La promesa que hace posible todo esto es que a medida que las economías se desarrollan, se vuelven más eficientes en su uso de los recursos. Dicho de otro modo, se desacoplan.

Hay dos clases de desacoplamiento: relativo y absoluto. El desacoplamiento relativo significa utilizar menos materiales con cada unidad de crecimiento económico; el desacoplamiento absoluto significa una reducción total en el uso de recursos, aunque la economía siga creciendo. Casi todos los economistas creen que el desacoplamiento – relativo o absoluto – constituye un rasgo inexorable de crecimiento económico.

Sobre esta noción descansa el concepto de desarrollo sostenible. Se sitúa en el centro de las conversaciones sobre cambio climático de París del mes que viene y de cualquier otra cumbre sobre cuestiones medioambientales. Pero parece que no tiene fundamento.

Un documento publicado este mismo año en Proceedings of the National Academy of Sciences propone que hasta el desacoplamiento relativo que decimos haber logrado es un constructo de falsa contabilidad. Señala que gobiernos y economistas han medido nuestros impactos de un modo que parece irracional.

La falsa contabilidad funciona del siguiente modo: toma las materias primas que extraemos en nuestros respectivos países, las añade a nuestras importaciones de cosas de otros países y le resta luego nuestras exportaciones para acabar en algo denominado “consumo material interno”. Pero al medir sólo los productos que se mueven de un país a otro, en lugar de las materias primas necesarias para crear esos productos, subestima enormemente el uso total de recursos por parte de los países ricos.

Por ejemplo, si los metales se extraen y procesan en el propio país, esas materias primas, lo mismo que la maquinaria y la infraestructura utilizadas para producer un metal acabado se incluyen en las cuentas de consumo material interno. Pero si compramos un producto de metal en el exterior, sólo se cuenta el peso del material. De modo que a medida que la minería y las manufacturas se desplazan de países como el Reino Unido y los EE.UU. a países como China e India, da la impresión de que los países ricos usan menos recursos. Una medida más racional, llamada huella material, incluye todas las materias primas y los usos económicos, donde quiera que sea que se extraigan. Cuando se toman en cuenta, desaparecen esas aparentes mejoras de eficiencia.

En el Reino Unido, por ejemplo, el absoluto desacoplamiento que parecen mostrar las cuentas de consumo material se ve reemplazado por una gráfica completamente distinta. No solo no existe un desacoplamiento absoluto, es que tampoco hay desacoplamiento relativo. De hecho, hasta la crisis financiera de 2007, la gráfica seguía la dirección: relativa incluso respecto al aumento de nuestro producto interior bruto, nuestra economía se estaba volviendo menos eficiente en su uso de materiales. Contra todas las predicciones, se estaba produciendo un reacoplamiento.

Si bien la OCDE ha afirmado que los países más ricos han reducido a la mitad la intensidad con que utilizan recursos, el nuevo análisis sugiere que en la UE, los EE.UU., Japón y las demás naciones ricas, no se ha producido “mejora alguna en absoluto en la productividad de los recursos”. Esta es una noticia asombrosa. Parece convertir en un sinsentido todo lo que se nos ha dicho acerca de la trayectoria de nuestros impactos medioambientales.

Envié el document a uno de los principales pensadores británicos sobre esta cuestión, Chris Goodall, quien ha sostenido que el Reino Unido parece haber alcanzado un “pico de materiales”: dicho de otro modo, que se ha producido una reducción total en nuestro uso de recursos, también conocida como desacoplamiento absoluto. ¿Qué pensaba él?

Dicho sea en su inmenso honor, respondió que “en términos generales, tienen, por supuesto, razón”, aunque el nuevo análisis parece socavar el supuesto que ha elaborado.

Tenía él, sin embargo, varias reservas, sobre todo acerca del modo en que se calculan los impactos de la construcción. También consulté al principal experto académico sobre el tema, el profesor John Barrett. Me dijo que él y sus colegas habían llevado a cabo un análisis similar, en este caso sobre el uso de energía y las emisiones de invernadero en Gran Bretaña, “y encontramos un patrón similar”. Uno de estos documentos revela que mientras que las emisiones de dióxido de carbono cayeron oficialmente en 194 millones de toneladas entre 1990 y 2012, esta aparente reducción queda más que cancelada por este CO2 que contratamos comprando cosas en el extranjero. Esto se elevó 280 millones de toneladas en el mismo periodo.

Docenas de trabajos más llegan a conclusiones semejantes. Así, por ejemplo, un informe publicado en la revista Global Environmental Change llegó a la conclusión de que cada vez que se dobla la renta, un país necesita un tercio más de tierra y océanos para apoyar su economía debido al aumento de su consumo de productos animales. Un trabajo reciente de la revista Resources llegó a la conclusion de que el consumo global de materiales ha aumentado en un 94% en 30 años y se ha acelerado desde el año 2000. “En el curso de los últimos 10 años no se ha alcanzado ni siquiera un desacoplamiento relativo a escala global”.

Podemos persuadirnos de que vivimos de la nada, flotando en una economía sin peso, como predijeron ingenuos futurólogos en la década de 1990. Pero se trata de una illusion creada por la irracional contabilidad de nuestros impactos medioambientales. Esta ilusión permite una aparente reconciliación de medidas políticas incompatibles.

Los gobiernos nos apremian a consumir más y conservar más. Debemos extraer más combustibles fósiles del subsuelo, pero quemar menos. Deberíamos reducír, reutilizar y reciclar lo que entra en nuestros hogares y al mismo incrementarlo, desecharlo y substituirlo. ¿De qué otro modo puede crecer la economía del consumo? Tendríamos que comer menos carne parea proteger el planeta vivo, y comer más carne para impulsar el sector agrícola-ganadero. Esas medidas políticas son irreconciliables. Los nuevos análisis sugieren que el crecimiento económico es el problema, independientemente de que la palabra “sostenible” se le atornille encima.

No es solo que no encaremos esta contradicción; apenas sí hay quien se atreva a nombrarla. Es como si la cuestión fuera demasiado grande, demasiado aterradora como para contemplarla. Parecemos incapaces de enfrentarnos al hecho de que nuestra utopía es también nuestra distopía, que la producción parece indistinguible de la destrucción.

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