lunes, 30 de noviembre de 2015

La desatención al cambio climático en España

Vicenç Navarro, Público.es

Los medios de comunicación españoles parecen haber descubierto estos últimos días el impacto negativo que el irreversible cambio climático tiene sobre el bienestar de las poblaciones. En realidad, España ha estado ausente de los mayores centros de reflexión sobre uno de los principales problemas que la humanidad tiene frente a sí. Tal reflexión en este país apenas ha comenzado. En realidad, todavía hoy hay gurús económicos neoliberales, con chaquetas de todos los colores (siempre próximos a los intereses financieros y económicos), los cuales gozan de gran proyección mediática, que hasta hace poco negaban que hubiera un cambio climático, y cuando por fin han tenido que aceptar que algo pasa con el clima, niegan ahora que este cambio se deba a la intervención humana. Es un indicador de lo enormemente conservadora que es la cultura mediática de este país que tales personajes continúen teniendo semejantes cajas de resonancia. Incluso presidentes del gobierno español, como el Sr. Aznar, el prototipo de la derecha española (equivalente a la ultraderecha en Europa), han negado que haya un cambio climático. Este partido, el PP, ha desmantelado algunas de las leyes, como la Ley de Costas y la Ley de Montes, que protegían el medioambiente y el mantenimiento de los bosques, máximos absorbentes de CO2. Una consecuencia de la poca atención prestada al tema climático por parte del establishment político-mediático del país, siempre muy sensible a los poderes financieros, es que algunas de la mayores urbes de España, como Barcelona y Madrid, tienen niveles de contaminación por encima de los niveles que se consideran aceptables en la normativa internacional.

Pero fuera de España hay un creciente sentido de urgencia de que algo debe hacerse, repito, para evitar males mayores. Y un componente de este consenso es que uno de los mayores causantes del deterioro del clima son precisamente las fuentes de energía no renovables, tales como el carbón, el petróleo y el gas, principales productores de CO2 (aunque otras fuentes se están describiendo, como el metano, considerado incluso peor que el CO2, que se produce en el fracking). Estos gases son los que retienen el calor responsable del calentamiento del globo terráqueo.

El “anti CO2” del siglo XXI será semejante al “antitabaquismo” del siglo XX Es interesante ver los paralelismos que existen en cómo las sociedades han respondido a la amenaza del tabaquismo con la amenaza producida por la generación de CO2. Al principio la industria tabacalera negó que hubiera una relación entre tabaquismo y toda una batería de enfermedades que iban desde el cáncer de pulmón y de páncreas hasta la hipertensión. Pues bien, algo semejante está ocurriendo con las compañías petrolíferas y del carbón y su efecto nocivo sobre el ambiente. Las compañías tabacaleras gastaron millones de dólares y euros financiando estudios dirigidos a mostrar que tal daño, en realidad, no existía. Hoy, las compañías petrolíferas y del carbón han estado haciendo lo mismo, pero están perdiendo la batalla, como ya hace años la perdieron las tabacaleras (hoy el “antitabaquismo” está generalizado en el mundo).

De ahí que se esté creando un clima anti CO2 que está repercutiendo en la percepción de tales industrias por parte no solo de la población, sino también de centros financieros y económicos que tienen un gran peso político y mediático. Hoy el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el gobierno federal estadounidense presidido por el Sr. Obama, el gobierno alemán presidido por la canciller Merkel, y cuatro de los grupos financieros más importantes del mundo (Citigroup, Goldman Sachs, Bank of America y JP Morgan Chase) entre otros, están a favor de reducir la producción de CO2, imponiendo una carga impositiva a la energía productora de CO2 que suba espectacularmente su precio, con el fin de reducir su consumo. Estas medidas mercantilistas serán, sin embargo, insuficientes. De ahí que haya más y más presión a favor de disminuir la extracción de las reservas de combustibles fósiles, de manera que no se utilicen las reservas (que constituyen las dos terceras partes de todos los combustibles fósiles disponibles). No hay duda de que el movimiento “anti CO2” de mañana se asemejará al movimiento “antitabaquista” de hoy.

Pero hay otra nota importante. Y es que se está mejorando la capacidad no solo de reducir la producción de CO2, sino de disminuir el ya existente, a base de productos y materiales (tan elementales como los bosques) que absorben el CO2. Y se están desarrollando también productos absorbentes de CO2 (llamados “carbon-negative products”) que pueden ayudar a bajar los niveles existentes de este gas en la atmósfera. En realidad, una de las experiencias más interesantes es el establecimiento de un fondo federal en EEUU que ayuda a transformar la economía de las comunidades que viven de la extracción de los productos fósiles en una economía basada en la producción de material absorbente de CO2.

¿Estamos a tiempo? La respuesta rápida a esta pregunta puede ser negativa. En un congreso internacional en Baltimore, EEUU, patrocinado por la Johns Hopkins University y la Universidad Pompeu Fabra, se documentó que el cambio climático ha alcanzado unos niveles que están produciendo un enorme daño a la calidad de vida y al bienestar de la mayoría de la población que vive en la tierra, daños que aparecen no solo en eventos momentáneos pero espectaculares (la costa oeste de Norteamérica vio hace unos meses el mayor huracán hasta entonces conocido) sino también en eventos lentos, tales como el aumento del nivel del mar, que ya está inundando amplias zonas costeras, habiendo desaparecido islas enteras en el Pacifico. En España ya hemos comenzado a estar expuestos a estos cambios en formas que dañan la salud de la población. Como he indicado antes, los niveles de contaminación urbana de CO2 han aumentado durante estos últimos diez años, alcanzando niveles no permisibles y claramente dañinos para la población. La frecuencia e intensidad de esos periodos de contaminación han aumentado durante estos últimos años.

Y lo peor está por venir El aumento de la temperatura de la tierra desde la Revolución Industrial hasta ahora ha sido de 0,85º centígrados. Ahora bien, se calcula que para el final del siglo puede haber subido mucho más de lo que subió durante aquel periodo anterior. Y se está intentando convencer a los países reunidos en París de que no se sobrepase un aumento de más de 2º centígrados para finales del siglo XXI. Si no se respeta esta norma, hay evidencia que muestra que la propia supervivencia de la población humana estará en peligro.

Hay que entender que este aumento no es el aumento de la temperatura en el lugar donde uno vive. Hay el peligro que se pueda percibir que un aumento de dos grados no es para asustarse tanto, pues bastaría poner el aire acondicionado dos grados más bajo. Este aumento es un aumento promedio, que puede significar que el hielo se convierta en agua, desapareciendo los polos. Estos 2ºC habían sido presentados por los documentos preparatorios de la Conferencia de Paris como el tope que no debería sobrepasarse. Pero los países más pobres del mundo, que tienen menos medios para protegerse frente al cambio climático –como los de África, Asia y el sur de América Latina-, están presionando para que el tope baje a un incremento máximo de 1,5ºC. La diferencia entre 1,5 y 2ºC puede significar su desaparición.

En realidad, hay evidencia que muestra que los países más ricos han subestimado el impacto negativo del cambio climático. New Jersey y Nueva York todavía están recuperándose del enorme daño del huracán Sandy, que ocurrió en 2012. De ahí que haya una creciente convicción de que tal cambio climático exigirá cambios mucho más sustanciales que los que se están considerando ahora, cambios que determinarán un intervencionismo público a nivel municipal, regional, nacional e internacional mucho mayor del existente hoy en día. Y si no se lo creen, esperen y lo verán. Mientras, España es uno de los países menos preparados para tal cambio climático, resultado, una vez más, del enorme conservadurismo que domina los establishments financieros, económicos, políticos y mediáticos del país.

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