viernes, 28 de agosto de 2015

Los bancos centrales se citan en las Montañas Rocosas para evitar la deflación mundial


Josè Luis de Haro, El Economista

La idílica y hasta romántica estampa de Jackson Hole, en Wyoming, vuelve a convertirse a partir de este jueves en el tablero de un enrevesado juego de ajedrez, donde los alfiles, torres, damas y reyes de distintos bancos centrales suelen conjurar sobre las variopintas políticas monetarias que rigen la economía mundial. Un encuentro que en ocasiones como la actual suele estar aderezado por la volatilidad de los mercados y la incertidumbre de una posible crisis en ciernes.

Corría el verano de 1999, en la cúspide de la burbuja tecnológica, cuando Ben Bernanke, por entonces aún a siete años de ocupar la presidencia de la Reserva Federal, aseguraba a los allí presentes que los bancos centrales deberían ignorar las burbujas y ser fieles a su política más tradicional, controlar la inflación. Unas palabras que el ex capitán del banco central estadounidense tuvo que tragarse diez años después, cuando el cadáver de Lehman Brothers desató la mayor recesión desde la Gran Depresión.

El simposio que da comienzo en las Rocosas llega marcado por la debacle bursátil en China, donde la economía parece estar perdiendo fuelle y la renta variable emula niveles no vistos desde 2007. Un efecto dominó que exporta esta epidemia deflacionista a las materias primas, en un momento en que el Banco Central Europeo y el Banco de Japón bombean liquidez y engullen activos mientras la Fed se prepara para su primera subida de tipos de los últimos nueve años.

Esto, en una economía que en estos momentos crece al 1,3%, según los datos de la Fed de Atlanta, y donde la inflación sigue sin alcanzar el 2%. Los salarios permanecen estancados, con un incremento del 2,1% durante los últimos 12 meses hasta julio. "La inflación será el centro de atención", aseguraba Michael Feroli, economista jefe JP Morgan en un informe.

Sin la presencia de Janet Yellen en Jackson Hole, la atención se centra en su segundo en comando, el vicepresidente de la Reserva Federal, Stanley Fischer. Este debatirá el próximo sábado, junto a Mark Carney, presidente del Banco de Inglaterra, y Vitor Constancio, vicepresidente del BCE, sobre "Las Dinámicas Globales de Inflación".

El propio Fischer ya adelantaba a comienzos de agosto que, pese a que Estados Unidos se acerca al pleno empleo, la inflación seguía siendo "muy baja". Un contexto que despierta las dudas sobre si la Fed debería o no comenzar con una subida de tipos de interés tan pronto como el próximo mes de septiembre. En estos momentos, sólo el 23,5% del mercado espera una subida de 25 puntos básicos el próximo 17 de septiembre. Dicho porcentaje asciende hasta el 30,9% para la reunión del próximo 28 de octubre y hasta el 29% para la del 16 de diciembre, según el CME Grop FedWatch. En este sentido, William Dudley, presidente de la Fed de Nueva York aseguró este miércoles que la necesidad de un alza de tipos en septiembre es "menos imperiosa".

"Las expectativas de inflación están cayendo de forma rápida, lo que incrementa la ansiedad", explica Russ Koesterich, estratega de BlackRock. "Si la Fed aumentara las tasas el próximo mes, esto implicaría un pico abrupto en las tasas de interés reales, una situación escenario asociada, históricamente, con correcciones más drásticas para las acciones estadounidenses".

Una subida de tipos seguirá fortaleciendo al dólar en un momento en que la devaluación del yuan y sus repercusiones en Asia emergente impulsan al billete verde. La Fed no debe perder de vista que desde 2008 la deuda empresarial emergente se ha duplicado hasta los 6,8 billones de dólares, según el Instituto Internacional de Finanzas. De dicha cantidad, el 40% está emitida en dólares, por lo que un encarecimiento podría suponer un revés para el sector privado en los países emergentes. Estos vaivenes podrían también afectar a Europa.

"A pesar de las mejoras en los datos económicos europeos, las empresas expuestas al comercio global, han recibido un importante castigo", apunta Koesterich. Un síntoma que todavía no hace mella en el BCE, donde Benoit Coeure, afirmaba que "sólo se verá forzado a actuar si la situación cambia dramáticamente".

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