viernes, 7 de agosto de 2015

Hiroshima y Nagasaki, a 70 años del holocausto nuclear


Marcos Roitman Rosenmann, La Jornada

Sombras nucleares: con este eufemismo los científicos denominaron los vestigios de cuerpos humanos situados a menos de 200 metros del epicentro. Sólo sombras. La desintegración fue inmediata. El destello de luz y calor generado por la liberación de la energía atómica alcanzó 4 mil grados centígrados, con vientos de mil kilómetros por hora. A medida que la onda expansiva cubría las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, las casas y edificios explotaban y ardían; el resto de construcciones vio fundir metales como acero, hierro, cobre, latón, etcétera. Por primera vez la población civil era el objetivo de la fuerza desatada por la fisión nuclear. Entre las ruinas de Hiroshima se contabilizaron 70 mil muertos; otras tantas personas sufrirían quemaduras a consecuencia de la radiactividad. En medio de la desesperación, los sobrevivientes tampoco pudieron acudir a los centros médicos; según los datos, en Hiroshima existían 45 hospitales, tres quedaron operativos. En los años posteriores se calcula que en Nagasaki las víctimas superaron las 80 mil personas.

Tras su lanzamiento, conseguido el objetivo militar, la capitulación japonesa, científicos de todas las disciplinas, entre ellos japoneses, se dieron a la tarea de tomar nota de los efectos sobre la población. El entonces presidente Truman, responsable del holocausto, pidió un informe; sus conclusiones no vieron la luz. Entre sus actividades se desarrollaron planes de cobayos humanos para medir el alcance de la radiactividad a mediano plazo. Niños, mujeres y hombres fueron carne de cañón para investigar las alteraciones genéticas, malformaciones fetales, aparición de tipologías cancerígenas y enfermedades relacionadas con la exposición a los rayos gamma. Sus estudios incluían fotografías, filmaciones, entrevistas y tratamientos. En su conjunto cayeron bajo la denominación del consabido top-secret. Pasaría una década hasta que las primeras declaraciones revelaran la magnitud del horror atómico.

Como si se tratase de una bienvenida a la muerte, las bombas lanzadas sobre la población japonesa de Hiroshima y Nagasaki fueron bautizadas y sacramentadas. La primera, lanzada el 6 de agosto de 1945, sobre Hiroshima, recibió el nombre de Little-boy, aludiendo a la inocencia de la infancia; para la segunda, lanzada tres días más tarde, el 9 de agosto de 1945, el apelativo fue hombre gordo, Fat-man. Aún no habían tocado tierra cuando su halo de destrucción había comenzado. La fricción con la atmósfera desataba el holocausto con una primera explosión de luz y calor. Nada más posarse en tierra, una segunda explosión, cuyo efecto rebote, en la superficie, amplificó su capacidad destructiva, hizo que la onda expansiva fuese desintegrando, carbonizando y llevándose por delante, sin resistencia, cualquier atisbo de vida. Fue tal la descripción de los sobrevivientes, que científicos de todo el mundo maldijeron y cuestionaron su uso como arma disuasoria. Quienes habían participado en el proyecto nunca volverían a ser los mismos. El director y jefe del equipo, Robert Oppenheimer, se alzó como uno de sus críticos más relevantes. Sus manifestaciones le granjearon el odio del complejo industrial militar estadunidense, hasta ser tildado de pro-comunista. En 1954 fue sometido a juicio, perdiendo privilegios e impidiéndosele el acceso a las instalaciones militares, a la vez que se revocaban sus derechos a consultar la documentación científica que él mismo había ayudado a procesar.

Un movimiento por la paz nacía al tiempo que las bombas atómicas traían bajo el brazo la idea de un holocausto nuclear. La civilización se despedía de las guerras tradicionales. Estados Unidos y la Unión Soviética se convierten en las primeras potencias nucleares. Hoy se añaden siete países con bombas atómicas declaradas. Francia, Gran Bretaña, China, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Un tratado de no proliferación de armas nucleares encubre la posibilidad real del exterminio total. Sin embargo, en estos 70 años, el lanzamiento de ojivas nucleares sobre la población civil no se ha producido. Ha sido suficiente aludir a ellas para desatar los miedos y el pánico. Durante la guerra fría, el momento de máxima tensión ocurrió en 1961, conocido como la crisis de los misiles, y enfrentó a Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética. Hoy la bomba atómica se sigue construyendo, a pesar de las advertencias y el rechazo mundial de los movimientos por la paz. Si algunos pensaron que éstas desaparecerían, han comprobado su eficacia para generar guerras convencionales.

A 70 años del holocausto nuclear, los conflictos armados, las guerras de baja intensidad, copan el escenario internacional. La guerra de Vietman conoció el uso del napalm y el gas naranja; la guerra de Irak puso en funcionamiento bombas inteligentes; nuevos misiles, y ahora los drones, sirven para combatir el terrorismo. Todas son armas de destrucción masiva. Sin embargo, la bomba atómica, a diferencia de las citadas, no requiere ser lanzada: basta señalar poseer ojivas nucleares para garantizar participar de guerras más rentables y beneficiosas. El peligro nuclear no ha desaparecido como mecanismo bélico de dominación mundial. La guerra sigue siendo un gran negocio. El poderío nuclear abrió otra etapa en las guerras posmodernas del neoliberalismo. La paz es una quimera. La guerra cubre hoy todos los espacios de la vida cotidiana. Hiroshima y Nagasaki son memoria viva de un imperialismo que no ha dudado en matar para preservar sus dominios.

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