martes, 26 de mayo de 2015

Ettiene Balibar: "La socialdemocracia se alineó con la economía neoliberal"

Ettiene Balilbar, filósofo francés, asegura que la socialdemocracia no ha logrado inventar un modelo social que pueda competir con el curso actual de la globalización y sustituir y renovar el viejo orden del Estado de Bienestar. “Ahora tenemos el resultado a la vista”, subraya

Patricio Porta, Página12

Decenas de personas hacen fila para verlo. Algunos quedarán afuera. Las entradas para escucharlo se agotaron en tiempo record. No se trata de una estrella de rock, pero casi. Es que la visita a Buenos Aires de Etienne Balibar, que coincide con el 50º aniversario de la publicación de Para leer El Capital, el célebre libro que coescribió junto a su maestro Louis Althusser, despierta mucho interés entre quienes buscan respuestas a la crisis de representación y al auge del racismo en Europa. Y no son pocos.

En la conferencia que dio en la sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación, con su capacidad colmada, el filósofo francés se sinceró: “Soy un federalista europeo. Y la razón de mi pesimismo es que este federalismo está fracasando y tiene menos justificaciones y posibilidades de realización. Hay fuerzas de diversos tipos, invenciones a la hora de hacer política en parte de la población europea. Existen buenas razones para pensar eso en las iniciativas del tipo de Podemos, en España, aunque están muy localizadas en estos momentos. O en la victoria de Syriza”, se ilusiona. Balibar alertó sobre los estragos que está causando la desigualdad en Europa, que amenaza con dividir virtualmente al continente. El filósofo francés habló con Página/12 sobre el crecimiento de la ultraderecha en Francia, el terrorismo islamista, la islamofobia, la crisis de la socialdemocracia europea y los desafíos del gobierno de Alexis Tsipras en Grecia.

¿Cómo explica el ataque a la redacción de Charlie Hebdo? ¿Es producto de las tensiones étnicas al interior de Francia o más bien una consecuencia del terrorismo internacional?

–No se puede separar ambas cuestiones. Este tipo de acontecimiento tiene generalmente un conjunto muy complejo, para no decir confuso, de orígenes, muy viejos algunos y muy recientes otros, algunos internos y otros externos. Lo importante y preocupante, en cierto sentido, es que el gobierno y la población tienen dificultad en aceptar que la frontera entre el interior y el exterior ya no marca una diferencia absoluta. Hay jóvenes ingleses y franceses de origen no musulmán que han ingresado en la red del Estado Islámico (EI). Pero en Francia específicamente se reclutan, en su mayoría, jóvenes de origen árabe o de Africa del norte que no soportan la condición de marginación y de discriminación social y étnica en la que viven. El crecimiento de la desigualdad en término de recursos, de posibilidades de empleo y de acceso a los bienes culturales más esenciales ha alcanzado niveles sin precedentes. Y eso trae consecuencias catastróficas para todos. Es una explicación, no una justificación. Por otro lado, está claro que la guerra que existe hace decenas de años en Medio Oriente está tomando progresivamente una dimensión global. Algunos hablan de guerra civil mundial, es decir, no es ya una guerra entre un campo y otro, Occidente y Oriente, sino un conflicto multilateral entre fuerzas religiosas, fuerzas militares, regímenes dictatoriales con intervenciones exteriores que, como vemos, es una de las mayores catástrofes históricas. En esta situación han aparecido elementos fundamentalistas que adquieren una capacidad de organización y de atracción importante. Para comprender lo que pasó hay que tener en cuenta estos dos elementos: la situación interna en Europa y Africa del Norte y la conversión gradual de la guerra en Medio Oriente en un fenómeno de terrorismo global.

¿Cree que el Frente Nacional de la familia Le Pen es una amenaza real para la democracia francesa?

–Sí, es una amenaza real y muy preocupante. Para gente como yo, que entramos en la política de manera activa y con fuerte compromiso en la época de la guerra de Argelia, cuando el pueblo argelino luchaba por la liberación del colonialismo francés, el hecho de que un grupo político cuyos líderes y cuya inspiración están directamente vinculados con una especie de revancha poscolonialista, contra la independencia de Argelia, es una cosa terrible. Ahora se presenta como una fuerza cada vez más influyente. No es interesante hacer predicciones. Está claro que el Frente Nacional se ha ido implantando progresivamente en la población francesa en los últimos años como consecuencia de la crisis, de la desestabilización y de la falta de perspectiva para gran parte de la sociedad, incluso para parte de la clase obrera. La deslegitimación creciente de la clase política francesa y del sistema europeo contribuye a esta situación. La ley electoral que tenemos en Francia es muy poco democrática, es una ley de mayorías, y eso va a producir obviamente un efecto de golpe en la cara. El Frente había logrado crecer sin haber construido alianzas con otros partidos. Fue más o menos excluido del juego político y si bien contaba con los votos, no tenía ningún representante en el Parlamento. Ahora la situación va a cambiar en una dirección totalmente opuesta, porque con los progresos que han hecho van a ganar más representantes.

El presidente François Hollande no puede revertir los bajos índices de popularidad de su gestión. Nicolas Sarkozy, en tanto, manifestó su intención de volver a la presidencia, pero está salpicado por distintos escándalos de corrupción. ¿Piensa entonces que Marine Le Pen y su partido tienen posibilidades de ganar las elecciones generales en 2017?

–Saber si van a llegar al poder es otra cuestión. Mi respuesta personal es probablemente que no por una serie de razones. Pero aunque no accedan al poder se convertirán en una fuerza con capacidad de presión notable, con mayor influencia en los programas de los otros partidos. No sólo en el partido de Nicolas Sarkozy, la Unión por un Movimiento Popular, sino también en el Partido Socialista con el primer ministro Manuel Valls. El modo en que nuestro propio gobierno está aplicando ya medidas de discriminación que son parte del programa del Frente Nacional, con la idea de que si lo hacen los socialistas a su modo, de una forma menos sucia, podrán contener la influencia de Le Pen, es un completo absurdo y una muestra del poder del Frente Nacional.

En los últimos años han aumentado considerablemente los actos de antisemitismo e islamofobia en Francia. El primer ministro Valls presentó esta semana un plan para combatir el racismo y las expresiones antisemitas. Según declaró, va a involucrar a maestros, profesores, asistentes sociales, asociaciones civiles e instituciones judiciales en colegios, barrios vulnerables y hasta en Internet. Esto demuestra la gravedad del problema. ¿Por qué cree que se ha llegado a esta situación en un país con una tradición republicana, pluralista y multiconfesional?

–Republicana, sí. Multiconfesional, no. La tradición republicana no tiene las capacidades internas de resistencia a ciertos prejuicios racistas. De por sí no es suficiente. Pero quiero decir que es muy importante mencionar al antisemitismo y a la islamofobia, porque incluso los discursos oficiales en este momento no lo hacen. El gobierno francés acaba de proponer una serie de medidas sobre educación y represión de actos de violencia relacionados con el racismo y el antisemitismo. Naturalmente, hay que mencionar el antisemitismo. No soy de los que no toman en serio el crecimiento del antisemitismo en Francia. Pero racismo y antisemitismo no son una fórmula honesta. Se usa una terminología que evita nombrar la islamofobia. Hay toda una polémica en los círculos políticos e intelectuales, una presión muy fuerte de republicanos que argumentan que el término islamofobia no es aceptable. Según dicen estos señores y estas señoras, la expresión confunde las cosas. Por un lado, los ataques contra árabes y musulmanes, y por otro lado, la cuestión de saber si uno puede criticar al Islam como religión. Y como sería muy importante mantener la posibilidad de esa crítica, la noción de islamofobia no debe ser aceptada.

¿Ese argumento ganó más adeptos tras el atentado a Charlie Hebdo?

–Sí, pero es una vergüenza. Es una tontería impedir que se mencionen juntos al antisemitismo y a la islamofobia. Porque introduce una discriminación al interior de la lucha contra las discriminaciones. No mencionar a la islamofobia, que es el fenómeno más preocupante en este momento, es una vergüenza. La llamada concepción republicana francesa de la laicidad siempre tuvo divergencias y diversas orientaciones internas. Algunos me reprocharon como marxista defender una concepción liberal, pero en este caso estoy a favor de esa concepción, para la cual la noción de laicidad significa que todas las religiones tienen el mismo derecho de existir, manifestarse y desarrollarse no sólo en la esfera privada sino también abiertamente en la sociedad y que el Estado no tendría que intervenir. Esa concepción está en los orígenes de las famosas leyes laicas de finales del siglo XIX, y está siendo cada vez más suprimida a causa de una concepción intolerante y represiva que sostiene que el papel del Estado es eliminar las manifestaciones de pertenencia a comunidades religiosas. El velo completo es una cosa discutible en la esfera pública por una cantidad de razones. Pero el velo normal, quiero decir, en la cabeza de las mujeres musulmanas, como decisión personal de señalar su pertenencia al Islam es una cosa que, según mi pensamiento, una laicidad liberal no puede suprimir. El gobierno francés y parte de la sociedad han ingresado a un camino de represión continua que hace que el multiconfesionalismo no exista realmente.

La crisis económica que atraviesa Europa ha golpeado a la socialdemocracia, que a lo largo de todo el continente encuentra dificultades para legitimarse en el poder, como el caso del Partido Socialista francés. ¿Considera que la socialdemocracia podrá encontrar una alternativa a las políticas de austeridad que predominan en Europa?

–Sería un milagro. Hay aspectos coyunturales. Uno puede especular por qué Hollande después de su elección no esperó dos o tres años, como el gobierno de François Mitterrand, para convertir su programa inicial en otro de compromiso con las fuerzas dominantes del neoliberalismo. Porque lo hizo inmediatamente el día después de su elección. Después de una visita a la canciller alemana Angela Merkel, había hecho creer al pueblo francés que quería impulsar un cambio de orientación en las políticas europeas y volvió en realidad alineado completamente con las posiciones alemanas. Está bien, los dirigentes alemanes defienden e imponen su orientación política. Habría que conocer entonces algunos elementos secretos. Pienso que la presión por parte de los inversores fue enorme desde el primer momento. Amenazaron con cortar el flujo de inversiones extranjeras en la industria francesa. Hubo una correlación de fuerzas. Pero eso no basta como explicación. El fondo es que la socialdemocracia, como sabemos todos, se ha alineado con la concepción neoliberal de la economía actual. Hace tres semanas, Martin Schulz, líder de la socialdemocracia en el Parlamento europeo, explicaba que Europa tenía la posibilidad de convertirse en una gran potencia en el mercado mundial. Y es claro que desde este punto de vista los problemas sociales no son menores. Es decir, la socialdemocracia no ha logrado inventar un modelo social que pueda competir con el curso actual de la globalización y sustituir y renovar el viejo orden del Estado de Bienestar. Ahora tenemos el resultado a la vista. Uno de los aspectos culturales de la crisis en Europa es la falta de perspectiva sobre la globalización. Europa es incapaz de actuar como una fuerza alternativa mundial en el proceso de globalización.

El triunfo de Tsipras en Grecia parece delinear un nuevo rumbo en Europa, o al menos el esbozo de una alternativa a las políticas de endeudamiento y a los partidos tradicionales. Podemos, una fuerza surgida tras la crisis, podría dar una sorpresa en las próximas elecciones generales en España. ¿Cómo evalúa estas experiencias?

–Tsipras es un tipo bravo. Pero son procesos diferentes. El problema para Podemos es llegar al poder ya sea solo o más probablemente con otros partidos. Si ocurriera, sería para mí una señal interesante e importante de que verdaderamente hay un conflicto político en Europa y hay fuerzas renovadoras. Pero no es algo que se da por hecho. Está claro que una de las metas de las estructuras de poder actuales en Europa, que el filósofo alemán Jürgen Habermas llama de modo extraordinario “federalismo ejecutivo posdemocrático”, que es la troika, es aplastar a la experiencia griega antes de que las elecciones tengan lugar en España.

Para aleccionar a los españoles

–Para no correr el riesgo. El caso de Syriza es distinto, porque está en el poder nacional y se encuentra en este momento en una pulseada con la estructura de poder europea. Más allá de su electorado inicial, tiene un gran apoyo del pueblo griego. Deben llegar a compromisos, que son criticados por la extrema izquierda, una cosa que me parece absurda y muy negativa. Porque ya son tratados de traidores por esos compromisos, algo que es fundamental. Hay una tendencia en la extrema izquierda que quiere aprovechar el caso griego para lograr una disolución del sistema europeo posnacional, que sería una catástrofe para los mismos griegos. No digo que haya que apoyar al gobierno de Tsipras sin ningún espíritu crítico, pero hay que considerar las dificultades de crear una alternativa en Europa.

Si nos ponemos reduccionistas, las alternativas a conservadores y socialdemócratas son Syriza o el Frente Nacional de Le Pen.

–Es un poco simplificador, pero es cierto si se considera a Europa como un todo. Si la alternativa no surge en la izquierda, entonces lo va a hacer en la derecha.

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