miércoles, 17 de diciembre de 2014

Los días del capitalismo están contados

Leopoldo De Gregorio

Habiendo leído las manifestaciones de Andrés Piqueras según la cuales:
“Las tasas medias de beneficio empresarial en el siglo XVIII oscilaban entre el 20 y el 30% anual; en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX (era keynesiana), se situaban en el 10%; en los 70 y 80 del siglo XX se redujeron al 5% y hoy se sitúan en torno al 3,6%.
me viene a la memoria un artículo que publiqué y que decía:
“vayamos un poco más allá de lo que representa la obtención de un beneficio como consecuencia de lo que Marx denominó como plusvalía absoluta (es decir, la existencia de una situación en la que el beneficio se produce a través de la prolongación de la jornada laboral más allá del tiempo necesario para reproducir el valor de cambio de lo producido), y examinemos los resultados que se generan como consecuencia de lo que él mismo llamó plusvalía relativa (es decir, esa reducción adicional que se consigue a través de la utilización del beneficio en la inversión de unos medios de producción que por ser más eficientes reducen aún más el tiempo que hemos denominado como necesario para reproducir el valor de cambio de lo producido). Con lo cual, con independencia del paro que tiene lugar debido a la plusvalía absoluta, la situación de desempleo se incrementa de forma exponencial a través de la plusvalía relativa.”
En este contexto se confirma que como estas inversiones no están dando los frutos que estos empresarios esperaban, el capital se ha visto obligado (en la busca de incrementar su tasa de ganancia y con la colaboración de los lacayos que arteramente ha sabido utilizar), a recurrir a dos medidas estrechamente vinculas entre sí; dos medidas sobradamente conocidas y que en sus praxis no se ajustan a los cánones con los que se debe desenvolver la economía; como son las concesiones de un crédito indiscriminado y la cuasi total liberación de los condicionamientos que determinaban a los capitales.

Habiendo asumido que el capital se sostuvo en el pasado (y siguió acumulando), debido a que los beneficios que obtenía a través de unos salarios de miseria eran escasamente reinvertidos en los predios que se detentaban en el siglo XVII, y que en consecuencia, las plusvalías absolutas eran totalmente brutales (como queda demostrado por las inhumanas desdichas que asolaban a la población); que como consecuencia de lo que nos muestra la reducción de la tasa de beneficios, la utilización de la plusvalía relativa conlleva que esa reducción está llevando a la economía a un punto insostenible; que en la asunción de que, de poderse mantener estaríamos volviendo al pasado a tenor de que se estarían enfrentando una reducida y enriquecida población con un enorme y desprovisto vecindario que al no tener capacidad adquisitiva estaría conformando un absoluto de lo imprevisible; que en el entendimiento de que con una política económica de expansión del crédito (en función de que sólo se están posponiendo a un mañana los problemas que en un hoy nos están acuciando) es imposible asegurar la pervivencia del capitalismo; y en la certeza de que una economía en la que como consecuencia de la especulación, el valor nominal que adquieren los activos, ni se corresponden con su valor real, ni hay medios de cambio que los estén representando; podríamos volver a inferir (como hace siglo y medio lo hizo Marx), que los días del Capitalismo están contados. En este último contexto vuelvo a utilizar los argumentos del economista Andrés Piqueras…

“En concreto, Estados Unidos no ofrece información desde 2006 sobre las emisiones de dólares que realiza, aunque al no facilitar esas cifras viole las leyes internacionales. Y lo oculta porque está emitiendo masivamente “dólares-chatarra” sin valor real. El PIB mundial es de cerca de 80 billones de dólares. Según el Banco de Basilea, el capital financiero circulando por el mundo sin respaldo real oscila entre los 600 y los 650 billones de dólares. Pero según las estimaciones del Observatorio Internacional de la Crisis (a partir de algunos documentos de la Casa Blanca y la Reserva Federal de Estados Unidos), el capital financiero sin respaldo en el mundo podría alcanzar los 1.100 billones de dólares. Por cada dólar que circula por el planeta al menos entre 15 y 20 son ficticios. Conclusión:
“Estamos funcionando en un sistema absolutamente demencial, basado en el puro engaño. Y esto lo saben todos”. Esto se traduce en el escenario geopolítico en que el principal acreedor de Estados Unidos, el que le compra los títulos de deuda pública, China, transforma los dólares-chatarra en riqueza real. Y lo hace comprando tierras en África, energía en América Latina o empresas en Asia. En el momento en que los principales países productores de petróleo, sobre todo Arabia Saudí, se nieguen a vender el escaso crudo que les queda en dólares-chatarra, el dólar colapsará.”
En consecuencia la situación es inquietante. A pesar de que la “casta” pretenda vendérnosla como un árbol con raíces vigorosas. El Capitalismo se cree (y en función de que nosotros también nos lo creemos) es casi inmortal. Es una manifestación de un comportamiento que conlleva la utilización de una inteligencia subjetiva; y cual Aquiles, sólo podremos derribarlo si utilizando la misma inteligencia que lo mantiene en pié, alcanzamos el tobillo de uno de sus pies de barro. El Capitalismo es consciente que existen países en los que, a través del expolio, puede mantener vivas las expectativas que en sus propios enclaves se están extinguiendo. Por ahora no pretende integrarlos en su seno; existen diferencias; por ahora sólo trata de seguir explotándolos. Pero no es menos cierto que ante las posibilidades que en ellos cree encontrar (en lo que se refiere a la recaudatoria de la primera fase de una plusvalía absoluta), en el futuro, ellos hallarán la forma de deshacerse del tirano. Al Capitalismo aún le quedan muchos años de próspero saqueo. El Capitalismo, al igual que ocurre aquí y seguirá ocurriendo allí, como un endriago paradójicamente inteligente, asimismo es conciente que las fuerzas que derrocha con sus zarpas son las que están avalándole; pero el mantenimiento de esas zarpas, aun siendo suficientemente poderosas para intimidar a aquéllos que tratan de defenderse de las mismas resulta ser demasiado onerosa. Para ser sostenido necesita generar mucha pobreza. Es cierto que si la pobreza por sí sola generara una revolución, hace tiempo que el Capitalismo habría dejado de existir.

El Capitalismo compra a aquéllos que se ven obligados a defenderlo. Esto es lo que de siempre nos ha venido mostrando la Historia. Esto es lo que está ocurriendo en África y en todos los lugares en los que impera el despotismo y la miseria; y lo que de una manera un tanto más elaborada vemos como acaece en nuestra sociedad. El Capitalismo forja banderías con las que, en nombre de unas reivindicaciones de los que forman parte de sus estructuras, a través de enfrentamientos con los que se le oponen, supera sus propias disfunciones internas. El Capitalismo es un dechado de virtudes y potencialidades corrompidas. Y como tal hay que asumirlo. Solo hay una manera de poder domesticarlo. Haciendo que éstas recobren lo que con nuestro subjetivismo han perdido. Empoderándonos de un sistema de control con el que controlar a los que desde siempre nos han venido controlando; es decir, dándole al pueblo el ejercicio de los derechos y de las facultades que al pueblo han de corresponderle. Y esto, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado, hogaño es factible materializarlo.

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