miércoles, 2 de julio de 2014

El mundo no es lo que era

Joaquin Arriola, Deia

EL PIB (Producto Interior Bruto) es un indicador muy cuestionado, pero nadie ha inventado nada mejor para medir el crecimiento económico o comparar la fortaleza productiva de los países. El PIB expresa la capacidad de generar valor económico, el producto del esfuerzo humano presente (trabajo) y del trabajo pasado (capital). El PIB también expresa el valor asignado a las materias primas extraídas -no producidas- que por ser no reproducibles valen más del trabajo que cuestan.

El comercio internacional facilita el acceso a materias primas que los países no poseen en su territorio y también al trabajo pasado, es decir al capital, creado en otros países que cuentan con los conocimientos. Cuanto mayor es el PIB de un país, su capacidad de crear valor, mayor es la importancia del comercio internacional para poder realizar una parte creciente de ese valor.

Desde hace doscientos años, las naciones más poderosas con un PIB más grande (Gran Bretaña y Francia primero, Alemania y Estados Unidos después) han utilizado su posición dominante en la política internacional para diseñar un sistema económico e institucional que les permitiera el control de los flujos internacionales de materias primas, inversiones y productos. Desde la primera Guerra del Golfo, Estados Unidos ha relanzado una campaña de largo alcance para reconfigurar el mapa en la política internacional a fin de garantizarse el control de dichos flujos, como viene haciendo desde la Segunda Guerra Mundial, pero en el nuevo siglo se enfrenta a un problema mayor para tener éxito: su peso en la economía mundial se ha debilitado drásticamente. Todavía en los años 80, Estados Unidos y su clon canadiense tenían la tercera parte de la capacidad mundial de generar valor. Hace treinta años, se puso en marcha un sistema financiero mundial unificado para reforzar el dominio anglosajón, pero no ha sido suficiente para detener la pérdida de peso de los hasta ahora países dominantes. Hoy, según datos del FMI, Norteamérica (sin México) no representa más que la cuarta parte del valor mundial y los países anglosajones han reducido su peso en la creación de valor mundial del 36% al 30% en las últimas tres décadas. Teniendo en cuenta, además, que el dólar tiende a estar sobrevalorado respecto al resto de divisas, al hacer los cálculos en esa moneda se tiende a aumentar el peso asignado a Norteamérica, superior al real.

Al resto de países dominantes tampoco les ha ido mucho mejor. Los países del G7, que agrupa a las mayores potencias industriales de Norteamérica y Europa junto a Japón, han pasado de generar dos tercios del valor mundial a principios de los 80 a menos de la mitad actualmente. En contraste, los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), que no significaban más que la décima parte del valor mundial entonces, hoy generan más de la quinta parte del valor, y en un par de años superarán a la propia UE.

Es a la luz de esta evolución que hay que analizar tanto la política internacional global como la más local. Así, la desastrosa intervención de Estados Unidos, Francia y sus aliados en Medio Oriente y en África subsahariana, con el objetivo es establecer un nuevo marco de control estable -a través de las grandes empresas fundamentalmente anglosajonas- de las materias primas locales a favor del denominado "Occidente", limitando el acceso a China; no solo ha destrozado la frágil institucionalidad de la región y aportado munición ideológica y real al fundamentalismo islámico, sino que ha tropezado con el rechazo de los BRIC -a los que habría que añadir a Sudáfrica- a esta reconfiguración política y económica que se enfrenta en Siria, pero también en Zimbabwe y otros lugares, a un fracaso previsible. La reconfiguración del mapa político y económico mundial ya no es un privilegio exclusivo de los que por herencia colonial organizaban el mundo a finales del siglo pasado.

Pero también en otros ámbitos la evolución del valor mundial abre interrogantes económicos y políticos nuevos. En Euskadi, donde el europeísmo forma parte del ADN de toda la clase política, incluidos los recién llegados, nadie se ha cuestionado si la aceptación fervorosa (por parte de Francia) o reticente (por parte de Alemania) de la nueva política de "contención" frente a Rusia y China diseñada por Estados Unidos es lo que más le conviene a un territorio con una estructura productiva basada en productos industriales de tecnología media y baja.

Asia y los países de la Comunidad de Estados Independientes (básicamente la antigua URSS, salvo los incorporados a la UE) son las regiones de mayor crecimiento económico, gracias a una eficiente planificación del aumento del empleo y el desarrollo de la industria y los servicios, y a una mejor valorización de las materias primas. De tener un peso similar a América Latina a principios de los 80 (en torno al 7% del PIB mundial), hoy generan, cada una de las dos regiones, la quinta parte del valor mundial. América Latina tiene un peso similar al de hace 30 años, lo que significa que su evolución reciente se ha basado más en una mejora sustancial de la equidad en la distribución interna de los recursos que en un cambio productivo.

Sin embargo, las relaciones económicas exteriores de la economía vasca no se han adaptado a la evolución espacial de la economía mundial. En los últimos veinte años, el peso de las distintas regiones en las exportaciones vascas se ha mantenido más o menos constante. La UE es el gran mercado que absorbe tres de cada cuatro euros de exportaciones, que con la crisis e ha reducido a dos tercios. A finales del siglo XX, tan solo un 2% de las exportaciones vascas iban a los países de la CEI, porcentaje que sigue siendo el mismo actualmente. Asia absorbía el 4%, y el gran auge importador de China y otros países no ha elevado esa cifra más allá del 5-6%.

Esta incapacidad de la industria vasca para aprovechar el dinamismo productivo de los nuevos centros de la acumulación mundial plantea problemas de política económica. Por ejemplo, definir cuántos recursos hay que asignar y de qué forma para adaptar la producción local a las demanda potencial de los nuevos mercados. Pero también plantea desafíos políticos más generales. ¿Tiene que adoptar el Gobierno vasco -o en su caso, el Gobierno español- una política internacional más autónoma respecto al diktat anglo-franco-germánico? Si bien la política arancelaria y los acuerdos comerciales son una competencia centralizada en Bruselas, los flujos comerciales concretos con uno u otro país dependen en muchas ocasiones de un trabajo de embajadas y de vínculos políticos que se tejen mediante una acción política internacional que es competencia de cada país. Al margen de eurofobias o eurofilias, no parece que lo que más nos convenga sea plegarnos a una acción política definida por los parámetros de quienes pretenden seguir reproduciendo unas jerarquías de dominación que ya no se corresponden con la realidad económica mundial. En este asunto también está en juego la capacidad de decidir de la ciudadanía, que asimismo se dilucida en la autonomía de decisión de sus representantes frente a las grandes corporaciones globales y los gobiernos en los que se apoyan.

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