miércoles, 11 de junio de 2014

Fábulas de los economistas: fondos prestables

Alejandro Nadal, La Jornada

Uno de los cuentos de hadas que los economistas leen antes de dormirse es el de los fondos prestables y la tasa de interés. Les encanta por muchas razones. Tiene ramificaciones hacia otras historietas fantásticas y eso les debe dar una sensación de seguridad de que su mundo de ilusiones tiene fundamentos sólidos. Lástima que una y otra vez su ensoñación se interrumpe por el brutal ruido del mundo real.

La historia tiene una trama sencilla (es su único atractivo). El argumento arranca en un mundo imaginado por el clásico maestro cuentista Jean Baptiste Say: había una vez una economía en la que todos los agentes vendían sus bienes para obtener dinero con el que procedían inmediatamente a comprar otros productos. La razón es que, decía Say, no consumimos dinero y, cuando los agentes demandan dinero a cambio de lo que venden, en realidad están demandando otras mercancías por sus bienes.

En aquel mundo idílico se supone que las crisis por deficiencia en la demanda no existen. La venta de bienes y servicios (incluido el trabajo asalariado) es la fuente de un ingreso que sirve para financiar compras pues el objetivo final de todos los agentes sería adquirir bienes para consumirlos. Desde entonces, este cuento de hadas lleva el nombre de su autor y se llama la ley de Say según la cual la oferta crea su propia demanda. Aunque hoy muy pocos economistas admitirían en público su aceptación de la ley de Say, muchos recurren a ella de manera implícita para aplacar su nostalgia por aquéllos tiempos de caballeros andantes.

El cuento se fue desarrollando para afrontar la crítica de quienes objetaron que si unos agentes decidían acumular o ahorrar, retirarían dinero de la circulación y eso crearía desajustes que podrían desembocar en una crisis. Pero como la tradición cuentista no escatima recursos cuando se trata de salvar el mundo idílico de sus ensoñaciones, se dijo que el problema se resolvía con un mercado especial en el que se afrontan la oferta y la demanda de fondos prestables.

Esa terminología es de D. H. Robertson, otro cuentista, digo, economista, que en 1940 insistía en recuperar el análisis de Keynes para reintegrarlo a la tradición narrativa ortodoxa. Keynes, que tenía poca paciencia con las historietas para antes de dormir, escribió que el análisis de Robertson carecía de valor y era intolerablemente aburrido.

Según el cuento de los fondos prestables, si algunos agentes deciden ahorrar parte de su dinero, la gran circulación de mercancías no se ve afectada porque sus ahorros serían canalizados nuevamente hacia la economía productiva a través de ese mercado especial de capitales.

Y aquí es donde hace su entrada otro personaje: la tasa de interés. Esta es la variable que permitiría equilibrar la demanda y la oferta de fondos prestables. En la tradición narrativa fantástica de los economistas, la tasa de interés se presenta con el ropaje de una variable endógena porque se determina, como todo lo demás, por las fuerzas del mercado. El mundo es así porque la naturaleza así lo hizo y cualquier intento por manipular la tasa de interés es una osadía que se paga muy caro porque equivale a trastocar el orden natural del mercado.

Lo cierto es que si crece el ahorro no aumenta la cantidad de fondos prestables. Si alguien deposita mil pesos en la cuenta de mi banco, éste puede prestarlos. Si ahorro cien, mi banco transfiere novecientos a otras cuentas en otros bancos y sólo puede prestar los cien restantes. Y como lo mismo va a suceder con las cuentas de los otros bancos, ¿cómo aumentaría la oferta de fondos prestables? Todas las transferencias interbancarias mueven dinero de una cuenta a otra (y todas están consolidadas en una única cuenta a través de la cámara de compensación). Las diversas combinaciones de ahorro y gasto no tienen ningún efecto sobre el acervo de fondos prestables.

La fábula del mercado de fondos prestables niega lo más importante: los bancos no necesitan depósitos para realizar préstamos. La función de creación monetaria de los bancos comerciales es la fuente de crédito en la actualidad: los préstamos son los que crean los depósitos.

La realidad es brutal y terca. La crisis de 2008 es el mejor testimonio para desmentir los cuentos de hadas de los economistas. Tenemos sobreproducción en todos los renglones y mercados en desequilibrio por doquier. Y ¿el mercado de fondos prestables?

El Banco Central Europeo (BCE) redujo hace unos días sus tasas de referencia, incluso una de ellas a un nivel negativo. No es un mercado de fondos prestables lo que fija la tasa de interés como precio para equilibrar la oferta y demanda de capitales, es la autoridad monetaria, una instancia política que puede o no estar subordinada a los bancos o a una supervisión de interés social.

El libro de macroeconomía de Greg Mankiw, profesor en Harvard, mantiene firme su fe sobre el mercado de fondos prestables. ¿Hasta cuándo dejarán los economistas de contaminar la mente de los estudiantes?

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