viernes, 11 de abril de 2014

Robert Skidelsky: Los lobos de Wall Street


Robert Skidelsky, Project Syndicate

“Qué narración sobre el estado del capitalismo del siglo XX”, caviló el “orador motivacional” Jordan Belfort al rememorar su vida de fraude, sexo y drogas. Como jefe de la firma de corretaje Stratton Oakmont, él esquilmó a inversores cientos de millones de dólares en la década de 1990. Vi la película de Martin Scorsese El lobo de Wall Street y la misma despertó en mi la suficiente intriga como para incitarme a leer las memorias de Belfort, en las se basa el guión. Aprendí mucho.

Por ejemplo, la estafa conocida como “inflar y descargar”, que hizo que Belfort y sus compañeros en Stratton lograran sus ganancias mal habidas, puede apreciarse con más claridad en el libro de memorias que en la película. La técnica funciona mediante la compra de acciones de empresas sin valor empleando testaferros, la posterior venta en un mercado al alza a inversores genuinos, y luego la descarga de todo.

No solamente se llevó a la ruina a pequeños inversores; lo que es más notorio es la codicia y la credulidad de los ricos, quienes se tragaron como verdaderas las mismas habladurías sin valor de los vendedores “jóvenes y estúpidos” que Belfort prefería contratar. Belfort fue(es) un muy refinado comerciante de aceite de serpiente, brillante en sus negocios hasta que las drogas arruinaron su buen juicio.

Belfort, personificando el elixir de éxito, después de un breve paso por la cárcel, profesa sentir vergüenza por su comportamiento, pero sospecho que en el fondo su desprecio por aquellos a los que estafó supera cualquier sentimiento de remordimiento. En su reciente libro, Capitalism in the Twenty-First Century, el economista Thomas Piketty describe a Stratton Oakmont como un ejemplo de “extremismo meritocrático” – la culminación de una transición de un siglo de duración desde la antigua desigualdad, que se caracteriza por la riqueza heredada y el estilo de vida discreto, a la nueva desigualdad, con sus bonos enormes y consumo conspicuo.

Se ha descrito a Belfort como una versión perversa de Robin Hood, una persona que roba a los ricos para dar lo robado tanto a sí mismo como a sus amigos. Los ricos consistían en la sociedad protestante con dinero que les fue heredado, cuyos miembros perdieron sus habilidades para proteger sus riquezas, mismas que fueron lícitamente confiscadas por astutos oportunistas – principalmente judíos – quienes eran lo suficientemente amorales como para tomar dichas riquezas para sí mismos. Sin embargo, las malversaciones de Stratton Oakmont no eran para nada la excepción en Wall Street. Como me dijo un buen amigo, quien fue regulador de la Comisión de Valores y Bolsa (SEC) durante 20 años, cuando le pregunté sobre el alcance del fraude, él me dijo: “En mi opinión es omnipresente. El sistema, simplemente, hace que sea demasiado fácil, y la naturaleza humana hace que se realicen maquinaciones en ambos lados. La codicia es la fuente de donde surgen todos los estafadores”.

El lobo de Wall Street fue un depredador, pero también lo fueron todos los bancos de inversión de renombre que realizaban operaciones de venta en corto con los productos que vendían, y los bancos minoristas que ofrecían préstamos hipotecarios a prestatarios no viables, mismos que posteriormente ellos podrían volver a empaquetar y vender como títulos valores de calidad de inversión. Todos ellos fueron lobos con piel de oveja.

Un sistema bancario decente tiene dos funciones: cuidar los fondos de los depositantes y reunir a los ahorradores e inversores en intercambios mutuamente provechosos. Los ahorros se depositan en los bancos porque se confía en que ellos no los van a robar, y la custodia de dichos dineros tiene un precio. Los tratos que los bancos organizan entre prestatarios y prestamistas son la sangre vital de las economías modernas – y un trabajo riesgoso por el cual los banqueros merecen ser bien recompensados. Pero, el dinero que los bancos ganan por encima del costo de sus compensaciones por la prestación de un servicio esencial representa lo que el exregulador británico Adair Turner denomina “pérdida social”, o lo que antes se describía como “usura”.

No es el tamaño del sistema financiero lo que debería alarmarnos, sino su concentración y conectividad. En el Reino Unido, una parte cada vez mayor de activos bancarios se concentra en los cinco bancos más grandes. La teoría económica tradicional nos dice que las ganancias excesivas son el resultado directo de la concentración de la propiedad.

La conectividad es el vínculo entre los bancos. Estos vínculos pueden crearse por su localización, como ocurre en Wall Street o la Ciudad de Londres. Sin embargo, dichos vínculos se hicieron globales mediante el desarrollo de productos financieros derivados, que se suponía iban a aumentar la estabilidad del sistema bancario en su conjunto al dispersar el riesgo. En lugar de ello, aumentaron la fragilidad del sistema mediante la correlación de riesgo a lo largo y ancho de un espacio mucho más grande.

Tal como un artículo escrito por Andrew Haldane del Banco de Inglaterra y el zoólogo Robert May señala, los derivados fueron como los virus. Los ingenieros financieros y los operadores de bolsa compartían los mismos supuestos acerca de los riesgos que tomaban. Cuando estas suposiciones resultaron ser falsas, todo el sistema financiero se vio expuesto a la infección. La concentración y la conectividad se refuerzan mutuamente. Dos tercios del crecimiento reciente que se muestra en los balances financieros de los bancos en el Reino Unido está constituido por adeudos internos entre bancos en lugar que adeudos entre bancos y empresas no financieras – esto demuestra que se está frente a un caso claro de dinero que crea dinero.

Los reformistas desean poner un límite máximo a los bonos que ganan los banqueros, también desean crear barreras entre departamentos bancarios, o (más radicalmente) quieren limitar a los bancos para que estos solamente puedan tener acciones de un solo banco en el total de activos bancarios de sus balances. Pero, la única solución duradera es simplificar al sistema financiero. Como Haldane y May señalaron: “La homogeneidad excesiva dentro de un sistema financiero – es decir, que todos los bancos hagan lo mismo – puede minimizar el riesgo de cada banco en particular, pero va a ir a maximizar la posibilidad de que todo el sistema colapse”. Mientras los bancos puedan obtener ganancias de operaciones con títulos valores, ellos continuarán expandiendo los instrumentos financieros derivados en exceso, con relación a cualquier demanda legítima de operaciones de cobertura que necesiten realizar las entidades no bancarias, y por lo tanto, los bancos continuarán creando productos redundantes cuya única función es la de obtener ganancias para sus inventores y vendedores.

Cómo reducir los derivados es ahora, de lejos, el tema más importante en la reforma de la banca, y la búsqueda de soluciones debe guiarse por el reconocimiento de que la economía no es una ciencia natural. Como May señala: “Las probabilidades relacionadas a que ocurra una tormenta en 100 años no cambian porque las personas piensen que tal tormenta se ha tornado en más probable”.

En los mercados financieros, las probabilidades sí dependen de lo que las personas piensen. Cuanto menos tengan que pensar, las cosas van por mejor camino. Jordan Belfort tenía parcialmente la razón: las personas que se dedican a las finanzas no deben ser demasiado ingeniosas.
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Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.
Ver también: La dupla Di Caprio-Scorsese y el calígula de Wall Street

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