lunes, 4 de noviembre de 2013

Hannah Arendt, Eichmann y la banalidad del mal

A propósito de la película sobre Hannah Arendt realizada por Margareth von Trotta y ganadora del Festival de Venecia de este año, va este análisis sobre la banalidad del mal de Anibal Corti para Viento Sur

Adolf Eichmann (1906-1962) fue el máximo responsable de la logística de la así llamada "solución final" y tuvo bajo su responsabilidad directa el traslado de centenares de miles de judíos europeos a los campos de exterminio, donde muchos de ellos finalmente perecerían. Refugiado en Argentina después de la guerra, Eichmann fue secuestrado por agentes de los servicios secretos israelíes el 11 de mayo de 1960 en una localidad del conurbano bonaerense, y trasladado clandestinamente a Israel pocos días más tarde para ser juzgado por sus crímenes.

Su juicio, que comenzó al año siguiente, concitó naturalmente la atención internacional. Hannah Arendt, antigua discípula de Martin Heidegger y de Karl Jaspers en su Alemania natal, emigrada a Estados Unidos y destacada intelectual judía que había publicado ya un par de obras consagratorias, pidió a la revista The New Yorker hacer un reportaje del proceso. El trabajo en cuestión fue publicado en 1963 en la revista y ese mismo año en forma de libro, bajo el título de Eichmann en Jerusalén.

La publicación del libro disparó una campaña política contra su autora. Probablemente eso no haya tenido tanto que ver con la tesis central del trabajo, sino sobre todo con sus juicios acerca del papel de los Judenräte (los consejos judíos establecidos por los alemanes con fines administrativos y de gobierno en las comunidades de la Europa ocupada) en la instrumentación del exterminio. Muchos judíos pensaban que ese no era un tema del cual debiera hablarse; no al menos en ese momento. Otros muchos pensaron que Arendt había abordado el asunto con frivolidad, soberbia y desconocimiento de la realidad. En cualquier caso, la discusión (seria o frívola, bien o mal encaminada) del papel que desempeñaron los líderes y funcionarios judíos en la Europa ocupada no constituye sino un aspecto muy lateral del libro. Su centro es la tesis de la banalidad del mal.

Lo primero que sorprendió a Arendt de la figura de Eichmann fue su vulgaridad. La mediocridad de aquel hombre no se condecía con los horrendos crímenes que había cometido. La experiencia del proceso marcaría profundamente el curso de la reflexión posterior de la autora. Y es que, a partir de su acercamiento a la figura de Eichmann, Arendt llegó a la conclusión de que los crímenes más horrendos pueden originarse no sólo en el sadismo y la perversidad, en la marcada intención criminal, en la voluntad expresamente dirigida hacia el mal, sino también en la superficialidad y la frivolidad, en la ausencia de pensamiento y de capacidad reflexiva.

Eichmann no parecía un perverso ni un sádico, ni tampoco un cínico o un fanático doctrinario. Ni siquiera parecía odiar a los judíos. La autora sostiene que Eichmann "no supo jamás lo que hacía", no desde luego en el sentido de que no tuviera idea del destino final de las personas que deportaba a los campos de exterminio, sino en el sentido de no tener real conciencia de la naturaleza criminal de sus actos, de no tener real dimensión del significado de lo que estaba haciendo. "A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un ’monstruo’, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso ", escribió.

La personalidad del acusado fue entonces lo que más impresionó a Arendt durante el proceso. Ella conocía en detalle la clase de crímenes que estaban a juicio y es razonable suponer que esperara encontrarse con otra clase de individuo. Después de todo, si Eichmann hubiese sido un monstruo, su conducta -efectivamente monstruosa- habría sido perfectamente explicable y natural en virtud de ese hecho. Además, eso sería ciertamente tranquilizador: un monstruo es por definición una rara aberración, alguien que se aparta en forma tan notoria del patrón dominante que es fácilmente identificable como tal. Eichmann en cambio, aunque ciertamente no era un hombre común y corriente, estaba bastante más cerca de serlo que de la caricatura estereotipada del monstruo que algunos querían ver en él. Muchas veces se ha dicho que los hombres ordinarios pueden llegar a cometer los crímenes más terribles si las circunstancias de sus vidas los determinan a ello. Aunque algunas expresiones de la autora pudieran hacer pensar que ella misma abonaba este punto de vista, lo cierto es que Arendt no pensaba que Eichmann fuera un hombre normal o corriente. Pensaba que era un hombre particularmente superficial e irreflexivo.

Arendt descubrió -o creyó descubrir- en el juicio de Eichmann que el mal es un fenómeno superficial, que arrastra sobre todo a los individuos que no se detienen a pensar en sus acciones. Resistimos al mal no quedándonos en la superficie de las cosas, es decir, apartándonos de la vorágine de la vida cotidiana y deteniéndonos a pensar en las cosas que nos rodean. En otras palabras, cuanto más superficial sea una persona, tanto mayores serán las probabilidades de que ceda ante el mal. Una indicación de esa superficialidad es el uso de lugares comunes en la expresión, y Eichmann le pareció a Arendt una colección ambulante de ellos.

Es posible ver en esta tesis de Arendt una influencia directa de la filosofía de su maestro Martin Heidegger.

En su famosa lección inaugural como catedrático de filosofía en la Universidad de Friburgo de 1929, Heidegger sostuvo que para llevar una existencia significativa el hombre no puede meramente establecer relaciones con las entidades del mundo que se encuentran en su inmediata proximidad. Si estableciera relaciones en forma exclusiva y excluyente con esas entidades, esas relaciones lo paralizarían: no podría llegar a concebir otras alternativas posibles a esos estados de cosas, no podría llegar a preguntarse por qué el mundo es como es y no de otro modo. Jamás podría notar, por ejemplo, que el mundo no es como debería ser, que no se ajusta a un ideal normativo o evaluativo y, en definitiva, no podría decidir libremente cómo tratar con las entidades que lo pueblan. Sería un esclavo de ellas. Para escapar de la tiranía de las entidades el hombre debe negarlas, al menos en un cierto sentido de la expresión. Debe trascenderlas. Debe ir más allá. Esta operación de trascendencia no se alcanza para Heidegger a través del intelecto, sino a través de un estado de ánimo en que los entes que nos rodean y nos asfixian huyen o escapan de nosotros.

Ese estado de ánimo es la angustia. Lo que sucede en la experiencia de la angustia se puede describir como un alejamiento, un apartamiento o una retirada -una huida o un escape- de los entes que pueblan nuestro mundo y que tienen un significado para nosotros. En la experiencia de la angustia el mundo en su totalidad se convierte en algo extraño y ajeno. La angustia interrumpe, desorganiza, quebranta nuestra relación con los entes, incluso con aquellos que nos resultan más familiares. Todo el pensamiento es consecuencia para Heidegger de esta angustia que interrumpe nuestra relación con lo familiar y lo cotidiano, poniendo todo lo que conocemos bajo un manto de extrañamiento. Gracias a la angustia los hombres tienen la capacidad de trascender su entorno habitual e inmediato, para hacer un balance de sus vidas, y para decidir cómo éstas deben ser vividas.

Los ecos de esta lección de Heidegger parecen resonar en muchas páginas de Eichmann en Jerusalén. Arendt no se detiene en la explicación del fenómeno de la banalidad del mal. Sólo lo describe. Hay para ella hombres superficiales, sometidos a la tiranía de las cosas que los rodean y de la cotidianeidad. No llegan a concebir cosas distintas de las que conocen. No llegan a concebir que sus vidas pudieran ser diferentes al modo en que de hecho son. Esos hombres pueden llegar a cometer los crímenes más terribles. Pueden llegar a ser Eichmann.

Desde luego, es posible impugnar la mirada de Arendt, ponerla en cuestión, dudar de los fenómenos que ella creyó ver. Es posible sostener, como se ha sostenido, que el Eichmann de Arendt no es el Eichmann auténtico. En cualquier caso, la verdadera naturaleza del Eichmann histórico (un asunto para historiadores, precisamente) es independiente del valor que pueda tener la tesis de Arendt según la cual los crímenes más horrendos pueden ser cometidos sin una auténtica intención criminal, sin sadismo o sin un cálculo cínico de costos y beneficios, sino meramente por motivaciones superficiales y por individuos también superficiales.
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Ver también La banalidad del mal en su contexto
Este es el trailer del filme:

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