miércoles, 20 de noviembre de 2013

Afganistán, el reino del opio

Hedelberto López Blanch, Rebelión

Sabía usted que la producción de opio en Afganistán ha ascendido en una enorme espiral ascendente desde que los talibanes fueron expulsados del gobierno en 2001 por la invasión estadounidense.

Los cultivos y producción del estupefaciente se han convertido en la principal fuente de divisas del régimen de Hamid Karzai, impuesto por Estados Unidos después de la ocupación del país.

Datos de Organizaciones No Gubernamentales afirman que esa nación obtiene del negocio de la droga, el 25 % de su Producto Interno Bruto, mientras la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de las Naciones Unidas, señaló en un informe que en 1999 el talibán había ilegalizado su cultivo y dos años más tarde la planta estaba prácticamente erradicada.

Si antes la producción estaba cernida a determinadas zonas, ahora alcanza a casi todo el país y el abastecimiento llega a cubrir al 85 % del mercado europeo y el 35 % del estadounidense.

Millones de afganos pobres sobreviven de la siembra de la planta pero reciben míseros dividendos por esa actividad, mientras los llamados Señores de la Guerra (que controlan tribus y zonas estratégicas del país) así como integrantes del gobierno central, tienen dinero y capacidad para realizar la producción del opio a gran escala.

En muchas ocasiones se ha denunciado que numerosos miembros de las fuerzas de ocupación y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana, forman parte del lucrativo negocio pues se necesitan transportes y grandes contactos para atravesar fronteras y poner la droga a disposición de los consumidores en las naciones occidentales.

Uno de los principales traficantes de Afganistán, era el hermano del presidente y gobernador de la provincia de Kandahar, Ahmed Wali Karzai que por su accionar fue asesinado hace dos años.

Christina Orguz, ex representante en Afganistán de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) significó que hasta hace tres años, la mayor parte de la droga con que se traficaba en el país asiático era opio, pero hoy cerca del 90 % se convierte en morfina y heroína antes de venderlo al exterior.

El refinado se realiza en cientos de laboratorios artesanales que han surgido por todo el territorio y enfatizó que si se sobrevuelan las zonas de producción se ven muchas columnas de humo en las alturas, que son los laboratorios.

Resulta difícil creer que Estados Unidos, con decenas de miles de soldados que ocupan el país por tierra, aire y mar, no conozca en dónde se procesan y las rutas por donde se exportan esas drogas.

El opio proviene de una planta llamada amapola cuya flor al eclosionar produce una leche que se colecta y se vende. Después se debe realizar un tratamiento químico para el que se necesita disponer de laboratorios para procesar el líquido y convertirlo en heroína o morfina. Según datos conservadores, la ocupación le ha costado a los contribuyentes norteamericanos alrededor de 1,25 millones de dólares, mientras miles de sus hombres y de la OTAN han muerto o resultaron heridos en los constantes combates y atentados.

La contraparte, es decir, el pueblo afgano con sus 30 millones de habitantes, ha sufrido en estos 12 años una completa debacle. Más de 100 000 civiles han muerto por las fuerzas de la OTAN, cerca de 750 000 han abandonado el país, 10 millones están desocupados, el 85 % son analfabetos.

A lo anterior se suma la casi total carencia de agua potable y alcantarillado; 55 % de los niños estan desnutridos; diariamente mueren 600 infantes por enfermedades evitables. Baste un solo ejemplo: el 80 % de la población de Kabul, la capital, vive en asentamientos no planificados en condiciones infrahumanas.

Ya no se habla de la promesa de los ocupantes de llevar adelante la reconstrucción del país, aunque han desaparecido miles de millones de dólares que estaban destinados a esos fines.

Para 2014, Estados Unidos prevé dejar 9 000 soldados en suelo afgano y una contribución menor de algunos de sus aliados, pese a que en los últimos tiempos se ha recrudecido la violencia y los rebeldes han estado mucho más activos.

Pese a esa amarga situación, los altos militares del Pentágono y las transnacionales de armamentos, no quieren abandonar el país, pues antes de regresar a casa quieren que las enormes pérdidas en Afganistán se vean justificadas.

Además, en el subsuelo de la nación asiática ya se han descubierto grandes yacimientos de cobre, oro, zinc, plata, aluminio, azufre, molibdeno, lazurita, hierro, cobalto, wolframio, mármol, uranio, y tierras raras como niobio y torio, lo cual significa un gran pastel para repartirse en años futuros.

Entre las intenciones que tenía la administración de George W. Bush para invadir Afganistán se encontraba la del control geopolítico de la zona, con miras a romper la influencia de Rusia, impedir la reunificación euroasiática bajo Moscú, y también contrarrestar el accionar económico, político y cultural de China e Irán en la región.

Hoy la situación es diferente a lo previsto. El gobierno impuesto en Kabul es débil, sin poder controlar la inmensa inseguridad existente pese a las tropas extranjeras en su suelo; el país esta destruido y empobrecido y las familias han seguido dos caminos: enfrentarse a los ocupantes o tratar de sobrevivir con el negocio del opio.

Cuando se conoce que 14 millones de sus 30 millones de habitantes estan involucrados directa o indirectamente en el cultivo y procesamiento de la amapola, se comprende el porqué se afirma que Afganistán se ha convertido en un estado productor de heroína debido a la ocupación estadounidense.

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