domingo, 11 de agosto de 2013

Paul Krugman: El falso factor del miedo

Paul Krugman, El País

Vivimos en la era dorada de la desacreditación económica; las falsas doctrinas no paran de caer como moscas. No, la expansión monetaria no tiene por qué causar hiperinflación. No, los déficits públicos en una economía deprimida no provocan un aumento de los tipos de interés. No, recortar el gasto no crea empleo. No, el crecimiento económico no se desploma cuando la deuda excede el 90% del PIB.

Y ahora, el último mito muerde el polvo: no, “la incertidumbre acerca de la política económica” —creada, huelga decirlo, por el Hombre en la Casa Blanca— no está frenando la recuperación.

Enseguida llegaré a lo de la doctrina y su refutación. Pero primero quiero recomendar un ensayo muy antiguo que explica un montón de cosas sobre los tiempos en que vivimos.

El economista polaco Michal Kalecki publicó Aspectos políticos del pleno empleo hace 70 años. Las ideas keynesianas estaban en boga; una “mayoría sólida” de economistas creía que el pleno empleo podía garantizarse mediante el gasto público. Pero Kalecki predijo que, aun así, ese gasto se enfrentaría a una feroz oposición por parte de las empresas y los ricos, incluso en épocas de depresión. ¿Por qué?

La respuesta, sugería, era el papel de la “confianza” como herramienta de intimidación. Si el Gobierno no es capaz de impulsar el empleo directamente, tiene que fomentar el gasto privado en su lugar, y puede decirse que cualquier cosa que perjudique a los privilegiados, como unos tipos impositivos más altos o la regulación financiera, destruye empleo porque socava la confianza y, por consiguiente, la inversión. Pero si el Gobierno es capaz de crear empleo, la confianza se vuelve menos importante, y los intereses creados pierden su poder de veto.

Kalecki sostenía que los “capitanes de la industria” entienden este punto, y que se oponen a las políticas de creación de empleo precisamente porque estas políticas debilitarían su influencia política. “Por tanto, los déficits públicos necesarios para llevar a cabo la intervención gubernamental deben considerarse peligrosos”.

Cuando leí por primera vez este ensayo, pensé que era exagerado. Kalecki era, al fin y al cabo, un marxista declarado (aunque no veo mucho de Marx en sus escritos). Pero si los últimos acontecimientos no les han hecho adoptar una postura radical es que no han estado prestando atención; y el discurso político desde 2008 ha seguido exactamente la misma tónica que Kalecki predijo.

Primero vino el “giro”, el repentino cambio al punto de vista de que los déficits públicos, no el desempleo de masas, eran el problema político crucial. Luego vino el gran gimoteo, la afirmación por parte de una gran figura del mundo empresarial detrás de otra de que el presidente Obama estaba minando la confianza al decir cosas malas sobre los empresarios y hacer cosas indignantes como ayudar a los que no están asegurados. Por último, al igual que sucedió con las declaraciones de que la reducción del gasto es de hecho una política expansionista y de que si la deuda pública aumenta suceden cosas terribles, los sospechosos de rigor encontraron un trabajo de investigación académica que adoptaron como mascota: en este caso, un informe de unos economistas de Stanford y Chicago en el que supuestamente demostraban que el aumento de los niveles de “incertidumbre acerca de la política económica” estaba frenando la economía.

Pero, como he dicho, vivimos una edad dorada de la desacreditación económica. La doctrina de la austeridad expansionista se vino abajo a medida que fueron llegando pruebas de los efectos reales de la austeridad, y hasta los funcionarios del Fondo Monetario Internacional admiten que subestimaron gravemente el daño que hace la austeridad. La doctrina del miedo a la deuda se desmoronó en cuanto los economistas independientes analizaron los datos. Y ahora la tesis de la incertidumbre política está siguiendo el mismo camino.

En realidad, esto ha sucedido en dos fases. Al poco de hacerse famoso, se demostró que el propuesto índice de incertidumbre contenía tantos fallos que casi resultaba cómico; por ejemplo, se basaba parcialmente en las menciones en la prensa de la “incertidumbre acerca de la política económica”, lo cual significó que el índice se disparó automáticamente en cuanto la expresión se convirtió en la comidilla de los republicanos. Acto seguido el índice cayó en picado, volviendo a niveles que no veíamos desde 2008, pero la economía no despegó. Resulta que la incertidumbre no era el problema.

Lo cierto es que entendemos perfectamente bien la razón por la que la recuperación ha sido lenta, y la confianza no tiene nada que ver con ello. Lo que estamos contemplando, en cambio, son las secuelas normales de una burbuja de activos impulsada por la deuda; la lenta recuperación estadounidense desde 2009 está más o menos en consonancia con muchos ejemplos históricos que se remontan al pánico de 1893. Es más, la recuperación se ha visto limitada por los recortes del gasto, recortes que han estado motivados por lo que ahora sabemos que era un pánico al déficit totalmente disparatado.

Y la moraleja política está clara: tenemos que dejar de hablar de reducción del gasto y empezar a hablar de aumentos del gasto que creen empleo. Sí, sé que la política de hacer lo correcto será muy difícil. Pero, en lo que respecta a la economía, de lo único que tenemos que tener miedo es de los que infunden el miedo.

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