miércoles, 8 de mayo de 2013

Desigualdad, tecnología y hambre de plusvalía

Alejandro Nadal, La Jornada

Uno de los factores determinantes de la actual crisis es la desigualdad económica que creció en el mundo en las últimas cuatro décadas. El estancamiento en los salarios condujo al endeudamiento insostenible de los hogares para mantener el nivel de consumo. Así y con burbujas especulativas se sostuvo la demanda agregada y el proceso de acumulación de capital. Pero esa modalidad de crecimiento económico se acompañó de una inestabilidad creciente en las principales economías capitalistas.

En vista de lo anterior, una pregunta clave concierne las causas de ese aumento de la desigualdad. En el medio académico convencional se ha pretendido encontrar en el cambio tecnológico la causa de esta desigualdad creciente. Esta explicación dice que las innovaciones introducidas en las últimas décadas reemplazaron el trabajo poco calificado con máquinas. Esto tuvo un doble efecto. Desvalorizó el trabajo poco calificado y redujo las oportunidades de empleo de esos trabajadores en la escala inferior de remuneraciones. Por otra parte, se incrementó la recompensa de aquéllos trabajadores de mayor calificación. Así, como los trabajadores menos calificados no pueden adquirir la capacidad técnica de manera rápida y, además, hay menos oportunidades de empleo en los niveles superiores de la escala, el cambio tecnológico transformó la escala de salarios y promovió la desigualdad en los últimos decenios.

Esta narrativa le sienta bien a la ideología neoliberal. La desigualdad sería un efecto colateral o accidental de las transformaciones en la base productiva de las sociedades. No sería la política económica perversa la que está en el origen del problema, sino un proceso natural de cambio técnico. En otras palabras, estamos frente a una explicación políticamente neutra, muy lejos de temas escabrosos como la ofensiva en contra de los sindicatos que ha dominado la política social y económica desde hace décadas.

Esta explicación sobre los orígenes de la desigualdad se encuentra en muchas investigaciones, tanto del mundo académico, como de organizaciones promotoras del neoliberalismo. Por ejemplo, la OCDE realizó una investigación en la que se concluye que el ‘progreso’ tecnológico trajo mayores recompensas para los trabajadores más calificados que para los menos preparados. Según la OCDE el proceso de innovaciones afectó la estructura de los salarios entre los trabajadores. O para decirlo de otro modo, la principal conclusión de la OCDE es que el cambio técnico afectó la desigualdad entre trabajadores.

El tema de la distribución funcional del ingreso, es decir, entre trabajadores y capitalistas, es tocado sólo tangencialmente en este tipo de estudios. Eso es realmente sorprendente si se considera que la participación de los salarios en el ingreso nacional ha sufrido una reducción significativa en las últimas décadas. Pero ese tema está cargado de implicaciones políticas y para los economistas neoclásicos es mejor dejarlo de lado.

Recurrir a la tecnología para explicar la desigualdad al interior de la clase trabajadora permite eludir el tema del impacto de la política macroeconómica sobre la distribución del ingreso. Así se evita hablar sobre cómo la prioridad de la ‘estabilidad de precios’ (lucha contra la inflación) se ha traducido en una postura de contracción fiscal y estancamiento.

Quizás el elemento de política macroeconómica que más impacto ha tenido sobre la mala distribución del ingreso es el de la política de ingresos. La represión salarial ha sido una pieza clave para contener la demanda agregada y frenar así lo que el capital financiero considera la amenaza de la inflación. Sin embargo, los estudios como el de la OCDE no contienen una discusión seria sobre este tema. No debiera sorprendernos: para la OCDE o el Banco Mundial la política macroeconómica y sus instrumentos no debe estar nunca a debate. Esto permite relegar a un segundo plano el análisis de la distribución del ingreso entre la clase capitalista y los trabajadores.

Los estudios que encuentran en el cambio técnico la principal explicación de la desigualdad adolecen de muchos defectos. En su versión más extrema (como en los trabajos de Daron Acemoglu, se pretende encontrar un proceso de cambio técnico dirigido. Hace décadas fue abandonada la pretensión de explicar el cambio técnico a través de variaciones en los precios relativos por falta de bases teóricas. Hoy vuelve a renacer ese proyecto, olvidando las viejas críticas, para explicar la desigualdad como resultado de un proyecto políticamente neutral.

Si la tecnología está relacionada con la historia de la desigualdad, debemos entonces volver la mirada hacia Marx. El capitalismo está marcado por una tendencia constante a aumentar la productividad. Es el hambre de plusvalía lo que impulsa al capitalismo a estar innovando constantemente. Y eso no sólo tiene un impacto sobre la desigualdad y la distribución funcional del ingreso. También tiene profundas consecuencias macroeconómicas que están en la raíz de la actual crisis global.

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