martes, 16 de abril de 2013

Margaret Thatcher: la herencia

León Bendesky, La Jornada

Margareth Thatcher es una referencia inevitable en la conformación de las políticas públicas que han predominado –con algunas variaciones– en el mundo desde la década de 1980. La consideración de su gobierno y del legado que dejó en el llamado neoliberalismo es intensa, también lo son las disputas entre partidarios y detractores.

Tales disputas en torno a su gobierno partieron del fuerte impacto político y sobre todo del efecto adverso para gran parte de la población en ese país. Aún resuenan luego de más de 20 años de que dejara el poder, repudiada incluso por su propio partido y su gabinete, que buscaba salvar el pellejo ante los efectos del thatcherismo. Aunque luego, John Major en esencia lo sostuvo hasta 1997.

Thatcher es un personaje que provoca reacciones que se plasman en blanco y negro: quien la admira admite apenas algunos rasgos negativos de carácter y forma de ejercer el liderazgo; quien la reprueba no admite nada en su defensa. Así es ese personaje y así tiende a ser la política en muchas ocasiones. En todo caso es curiosa la relación que se estableció entre la primera mujer que llegó a primer ministro en Gran Bretaña y que encabezó el gobierno más largo del siglo XX. Todos la llamaban Maggie.

En política los tonos de gris también cuentan. Llegó al poder en 1979, cuando la economía británica estaba molida. En 1976 el gobierno laborista fue forzado a pedir la intervención del FMI para allegarse un préstamo de casi 4 mil millones de dólares (que valían mucho más que ahora). Ello acarreó grandes recortes en el gasto público con repercusiones muy negativas en las políticas económicas y sociales.

En general la economía capitalista en la década de 1970 se enfrentaba al doble problema de alta inflación y desempleo, lo que ponía en entredicho la forma de gestión aplicada en la postguerra. Además de que el presidente Nixon acabó con la convertibilidad del dólar en oro, eliminando lo que restaba del patrón oro y los acuerdos de Bretton Woods de 1944.

La economía británica funcionaba con muy bajos niveles de productividad y el Estado participaba ampliamente en la provisión de bienes y servicios públicos con crecientes déficit; la regulación en muchos campos era excesiva y se reconoce que su eliminación hizo más fácil las cosas para los consumidores. Los sindicatos habían adquirido un gran poder de negociación, que acababa muchas veces en la parálisis; Thatcher se ensañó con ellos. El campo era bastante fértil para que tras los resultados los dos gobiernos laboristas de Harold Wilson y el de James Callaghan, los conservadores llegaran al poder con Thatcher.

Su visión del mundo se impuso. La sociedad no existe, afirmó. Así llevó al extremo los principios liberales que había sentado Adam Smith: una sociedad de mercado se conforma por individuos que se comportan como átomos, aunque admitía que los intereses de los grupos sociales (las clases) y el mismo gobierno solían ser antagónicos. La persecución del bienestar individual es el que lleva al bienestar colectivo. Eso provocaba la armonía económica como también decía Bastiat, una de las referencias socorridas de Thatcher. Que la influencia de Hayek haya sido decisiva es comprensible, pues pugnaba por mantener al gobierno al margen de los mercados que se autoajustaban; aun ahora sigue siendo clave del movimiento neoconservador.

Thatcher no se mantuvo al margen sino que incidió de modo sustancial en la redefinición de los ámbitos de lo público y lo privado, replanteó el modo de provisión de los servicios públicos y ahí enfrentó bastante resistencia y no llegó hasta donde pretendía. Lo que indicaba que la sociedad sí existe. El efecto en la industria británica tradicional fue muy severo, por ejemplo, en la metalurgia y la minería del carbón. Así lo mostraron filmes como Tocando el viento, Billy Elliot y The Full Monty; también se expresó en la crítica y la literatura de una generación que se oponía a ella y luego llegó a ser una referencia hasta ahora: Hitchens, McEwan o Amis, entre ellos.

Los críticos dicen que Thatcher pretendía darle un valor monetario a los seres humanos y que había creado un especie de sadomonetarismo. Parte de eso fue la desregulación del sector financiero en 1986 que devolvió a la City londinense un papel más protagónico en los mercados mundiales de dinero y capital. Ese proceso se fue haciendo global y está en el centro de las crisis de 1987, 2000 y 2008.

La cercanía con las políticas de Ronald Reagan en Estados Unidos (1981-1989) constituyó una alianza que llevó al neoliberalismo a un lugar prominente en la política en todo el planeta. Almas gemelas los llamaron. Hasta se les adjudica la caída de la URSS, lo que parece muy exagerado pues ese sistema era ya completamente disfuncional.

Los ecos del thatcherismo aún resuenan. Así lo muestra la forma en que se está administrando la crisis económica de la zona euro con un severísimo castigo a la población, una fijación política e ideológica con el ajuste a ultranza de las finanzas y la deuda públicas, y un nuevo embate en contra de una sociedad maltratada, que no inexistente. Mientras, el sector financiero sigue enfrascado en actividades especulativas muy rentables y los estados en situación de quiebra.

No surgen las alternativas políticas que puedan marcar un nuevo rumbo en la economía y la administración de las cosas que son públicas y que alcen y logren mantener los niveles de vida de la gente. La herencia de Thatcher sigue vigente y la izquierda en todas partes debería reflexionar más al respecto para ser más útil.

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