lunes, 18 de febrero de 2013

Presiones explosivas en el sistema monetario internacional

Alejandro Nadal, Sin Permiso

Entre las causas de la crisis global se encuentran algunos elementos estructurales de la economía mundial. Uno de los más importantes es el defectuoso sistema monetario internacional. Mientras no se corrija su estructura, y en especial el papel hegemónico del dólar estadounidense, persistirán las fuentes de tensiones económicas y la recuperación se hará más difícil.

La supremacía del dólar se explica por varios factores. Es la herencia de la conferencia de Bretton Woods (1944) en la que se consagró al dólar como ancla del sistema de tipos de cambio fijos y pieza clave del sistema monetario internacional. Este esquema otorgó una enorme ventaja para Estados Unidos, pero constituye un factor de desequilibrio internacional de gran importancia.

A partir de 1945 la organización de la economía mundial permitía a Estados Unidos importar lo que quisiera y pagar con unos papelitos verdes que decían In God We Trust. Claro, al principio la economía estadounidense mantuvo un superávit comercial porque las economías europea y japonesa habían sido devastadas por la guerra. Pero ya para los años 60 las cosas cambiaron: la balanza comercial de Estados Unidos se deterioró y desde entonces no dejó de agravarse su posición deficitaria.

Frente al déficit estadounidense surgieron países que mantuvieron un superávit constante en sus relaciones comerciales con el gigante norteamericano. Esos países constituyeron reservas en dólares pero también empezaron a reciclar sus dólares en la misma economía de Estados Unidos. Eso incrementó la demanda de todo tipo de activos financieros en ese país, incrementándose el precio de dichos activos y reduciéndose la tasa de interés. De esta forma los hogares y empresas en Estados Unidos pudieron incrementar su demanda mientras conservaban una engañosa sensación de buena salud económica.

Desde 1973 los salarios dejaron de crecer y el endeudamiento se convirtió en el principal instrumento de los hogares para mantener su nivel de vida. El salario dejó de ser la base de la reproducción de la fuerza de trabajo y la demanda agregada se sostuvo de manera artificial, ayudada también por episodios de inflación en los precios de activos como casas y títulos bursátiles. Estas burbujas permitían incrementar la demanda durante algún tiempo, aunque al reventar causaban grandes daños.

El déficit externo también aumentó porque la demanda de activos financieros en Estados Unidos contribuía a apreciar el dólar: las exportaciones desde Estados Unidos se encarecían mientras las importaciones se abarataban. Este estado de cosas redujo la inflación y benefició al consumidor estadounidense, pero también contribuyó al desmantelamiento de la industria manufacturera estadounidense.

Estados Unidos se fue convirtiendo en el consumidor de última instancia de la economía mundial. Los países que tenían problemas para incrementar su demanda agregada (como Alemania y China) fueron dependiendo cada vez más de la inagotable capacidad de compra de Estados Unidos. El dólar siguió siendo la moneda de reserva por excelencia (más de 60 por ciento de las reservas mundiales de divisas) y hoy los países acreedores poseen billones de dólares en activos emitidos por el gobierno estadounidense y por Wall Street. En esas condiciones, a nadie le conviene que Estados Unidos se someta a la llamada disciplina del mercado para enderezar su déficit externo.

En plena crisis mundial renace la pregunta sobre lo que permitiría reformar el sistema monetario internacional. Una posible respuesta está en el aumento de la demanda agregada de los países con superávit, lo cual tendría que hacerse aumentando los salarios en esas economías. Los autores post-Keynesianos piensan que eso permitiría contar con otras fuentes de crecimiento económico sin tener que descansar en el consumidor estadounidense.

Sin embargo, aún en ese caso los ajustes internacionales no serían tan fáciles. En primer lugar hay que recordar los orígenes del problema: el estancamiento en los salarios en los años setenta no fue una casualidad. El recorte en los gastos salariales fue la respuesta del capital a la caída en la tasa de ganancia de la década anterior. ¿Será posible que las economías de Estados Unidos, Alemania y ahora China introduzcan esquemas de aumento salarial? Eso parece casi imposible, sobre todo en el contexto actual en el que el costo de la crisis se le ha cargado a los trabajadores.

En segundo lugar, los flujos de capital característicos de la economía mundial no facilitan el ajuste de las cuentas externas de un país. Es falso que el sistema de tipos de cambio flexibles permita dicho ajuste porque los flujos de capital perturban el proceso que debiera llevar a eliminar los desequilibrios. Precisamente el esquema neoliberal de economía abierta hace que los flujos de capital generen una apreciación cambiaria en el momento en que más se necesita una devaluación.

El sistema monetario internacional debe reformarse de raíz. De lo contrario seguirá siendo fuente de presiones explosivas en la economía mundial.

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