jueves, 25 de octubre de 2012

¿Demasiada gente o demasiados malthusianos?


The Corner House, Viento Sur

El consumo de combustibles fósiles que ha liderado un siglo y medio de industrialización en los países del Norte es, sin duda, la mayor aportación antropogénica al cambio climático. Una vez extraídos y quemados, el carbón, el petróleo y el gas se suman al ciclo de carbono entre la atmósfera, los océanos, los suelos, las rocas, la vegetación y los seres vivos.

En la escala temporal humana esta transferencia es irrevocable e insostenible. No existe suficiente “espacio” en los sistemas biológicos y geológicos terrestres para asumir de un modo seguro la masiva cantidad de carbono tomada de la corteza terrestre sin que el dióxido de carbono crezca de un modo dramático en la atmósfera y los océanos. La Tierra y sus ecosistemas tienen sus límites.

En el nivel más fundamental la solución a la crisis climática requiere darle la espalda a la dependencia de los combustibles fósiles. Las sociedades atadas a los combustibles fósiles necesitan adaptaciones estructurales de sus sistemas de transporte, sus regímenes de consumo y su producción agrícola que las liberen de dichas dependencias para minimizar, en las próximas décadas, los posibles peligros y costes. Las infraestructuras, el comercio y las comunidades deberán ser reorganizadas. El apoyo estatal deberá otorgarse a los movimientos populares que ya están construyendo alternativas sociales y defendiendo opciones de bajo impacto ambiental. Las soluciones a la crisis climática dependen, por tanto, principalmente de la organización política y de posibles cambios sociales y económicos.

En este contexto, no es una sorpresa que el empeoramiento de la situación climática no sea atribuido a la continua extracción y derroche de combustibles fósiles, sino a la presencia en nuestro planeta de demasiadas personas. Cada vez que se pone de actualidad una crisis ambiental, una hambruna, la situación de los países en vías de desarrollo, cualquier conflicto sobre los recursos, las migraciones o el crecimiento económico, una miríada de economistas, demógrafos, planificadores, financieros y bandidos políticos (del Norte) se apresuran a invocar la idea de la sobrepoblación.

Hace más de 200 años, en una época de inmensa agitación social, política y económica en Inglaterra, ligada al cercado de tierras y bosques comunes de las que dependían distintas comunidades, el economista de libre mercado, Thomas Malthus, escribió una historia sobre cómo interactuan los humanos y el medio natural. La clave de su ensayo era una analogía matemática entre el crecimiento de la población humana y los recursos alimenticios que ésta utilizaba. Ligando política y matemáticas, propuso un conjunto de argumentos falaces para promover una nueva vía: la de denegar los derechos colectivos a la subsistencia, afirmando este derecho para los que “lo merecen” frente a los que “no lo merecen”, con el mercado como árbitro de dichos títulos. Los pobres eran pobres porque carecían de compostura y disciplina, no por la privatización. Esta es la esencia del argumento de la sobrepoblación.

Hoy, un amplio rango de industrias utilizan la misma argumentación con la intención de asegurarse un futuro para sus intereses particulares y así seguir empujando a favor de la privatización de bienes colectivos. En la agricultura, por ejemplo, se lanza a la opinión pública la idea de que las “bocas extra” del Sur causan la hambruna global –a menos que las compañías biotecnológicas tengan el derecho de patentar y modificar genéticamente distintos organismos. Con respecto a los recursos hídricos, un número creciente de sedientos habitantes de ciudades miseria serían responsables de las previsibles guerras del agua, a menos que dichos recursos sean administrados por compañías del sector privado.

En cuanto al clima, la idea es culpar a los chinos y los indios de las masivas inundaciones debido a sus emisiones de efecto invernadero –a menos que las compañías que contaminan reciban derechos de propiedad sobre la atmósfera a través de sistemas de transferencia de emisiones de carbono que ayuden a construir un nuevo mercado global valorado en miles de millones de dólares. Hace dos siglos, Malthus reconoció que su sistema matemático y sus series geométricas de crecimiento no habían sido observadas en ninguna sociedad. Admitió que el “poder de sus números” era solo una imagen, algo que los demógrafos han venido a confirmar.

Durante más de 200 años, su teoría y sus argumentos han sido refutados por demostraciones de que cualquier problema atribuido a la población puede ser explicado de un modo más eficaz poniendo el acento en la desigualdad social.

El gran logro de Malthus fue oscurecer las raíces de la pobreza, la desigualdad y el deterioro ambiental. La mentalidad casi bélica generada por las predicciones de que la escasez de recursos podía conducir a un apocalipsis ha conseguido distraer la atención de lo más importante: la destructiva historia social y ambiental de un proyecto político desacreditado.

Frecuentemente cuando se trata la siempre presente malnutrición, el hambre y la carestía, no se aborda la discusión sobre las políticas neoliberales, la mala distribución de los recursos alimenticios del planeta, los peligros de utilizar tierras agrícolas del Sur para agrocombustibles consumidos en el Norte, la desigualdad en el acceso a los recursos económicos y la propia especulación sobre la tierra.

Si más de mil millones de personas no tienen acceso a agua potable es porque el agua, como la comida, fluye hacia aquellos con mayor capacidad de consumo: en primer lugar la industria y los grandes productores, después a los consumidores ricos y por último hacia los pobres, cuya agua estará contaminada por los dos primeros. Diversos estudios han destacado las contradicciones de intentar relacionar el crecimiento de la población con las emisiones de carbono, tanto históricas como previstas. Los países industrializados, con solo el 20% de la población mundial, son responsables del 80% del dióxido de carbono acumulado en la atmósfera y los países con mayores índices de emisiones son precisamente aquellos con crecimientos de población lentos o prácticamente nulos. Los pocos países donde el índice de fertilidad femenino se mantiene todavía alto son los que tienen las emisiones per capita más bajas.

Las emisiones per capita agregadas ocultan quién está provocando el efecto invernadero, dificultando el análisis de los datos y la búsqueda de soluciones. Se estima que el 7% de la población mundial más rica es responsable de la mitad de las emisiones de dióxido de carbono, mientras el 50% más pobre del planeta, solo emitiría el 7%.

Ofrecer datos de población en términos numéricos no ofrece una información relevante para adoptar políticas que ayuden a mitigar el cambio climático. El uso masivo de combustibles fósiles en las sociedades industriales no puede ser combatido repartiendo condones. Ni tampoco reducir el número de nacimientos ayudará a reducir los subsidios públicos a la industria petrolera –estimados anualmente en más de 100 mil millones de dólares- en forma de deducciones de impuestos, lo que les otorga una clara ventaja frente a las alternativas sostenibles. Además, el comercio de emisiones continúa dando incentivos a las industrias contaminantes para retrasar los cambios estructurales. Dicho comercio termina haciendo aumentar todavía más las emisiones, en lugar de compensar sus efectos, reforzando así la dependencia. Y mientras, las tierras, el agua y el aire de los que dependen las comunidades del Sur siguen siendo usurpados.

Pero los hechos, las cifras y las explicaciones alternativas, aunque necesarias, nunca han tenido mucho efecto sobre los debates acerca de la población o los desacuerdos en torno a políticas concretas. El motivo es simple: dichos debates no tienen tanto que ver con números como con ideología, poder e intereses económicos. Existen desacuerdos políticos y culturales, no matemáticos. Los argumentos sobre la sobrepoblación y las políticas basadas en éstos persisten no a causa de ningún mérito intrínseco, sino por la ventaja ideológica que ofrecen a poderosos intereses económicos y políticos para minimizar la redistribución, restringir derechos sociales y avanzar en la legitimación de sus objetivos.

Aquellos que hacen aparecer el fantasma del futuro número de humanos empujan la atención hacia hechos que la mayoría de los críticos también reconocen –que el planeta no puede soportar billones de personas- pero al hacerlo nos invitan a dejar a un lado los análisis sociales específicos sobre el contexto general y nos obligan a volver a las románticas clases de matemáticas donde las tensiones abstractas, monolíticas, inexorables entre los humanos y la naturaleza se muestran solo en gráficos y pantallas de ordenador.

En los debates sobre el cambio climático, los argumentos acerca de la sobrepoblación sirven para retrasar la toma de decisiones sobre cambios estructurales en el Norte y en el Sur; sirven para retrasar la explicación sobre cómo el mercado de emisiones ha fallado como estrategia para mitigar el problema; sirve para justificar un mayor número de intervenciones sobre distintos países con la intención de controlar su excedente poblacional y para excusar dichas intervenciones cuando causan mayor degradación ambiental, migraciones o conflictos.

Como tal, la teoría malthusiana de la población es sobre todo una estrategia política para oscurecer las relaciones de poder entre distintos grupos en la sociedad. Mientras, al mismo tiempo, se justifican esas relaciones que son las que permiten que ciertos grupos dominen a otros estructuralmente, ya sean los hombres a las mujeres, los propietarios a las comunidades, o “nosotros” sobre “ellos”. Los “demasiados” nunca son los que hablan, sino siempre “el Otro”.

Esto explica parcialmente por qué los que son considerados “un exceso” no son aquellos que se benefician de la extracción continua de combustibles fósiles, sino los que sufren las consecuencias directas e indirectas. Desde la época de Malthus, la “sobrepoblación” siempre ha estado referida a los más pobres, a aquellos de piel oscura o a los habitantes de las colonias y los países del Sur – así como combinaciones variables de los anteriores. Otras categorías están siendo añadidas recientemente a la lista de los “sobrantes”: los mayores, los discapacitados, los migrantes y aquellos que necesitan de los servicios sociales.

Desde el inicio de la disciplina, la demografía ha defendido la idea de que son las mujeres las que crean los problemas de población. A diferencia de todas las otras políticas económicas, ambientales, de desarrollo o sociales concebidas desde los think tanks, implementadas por gobiernos y financiadas desde agencias multilaterales, las políticas sobre población han tendido a intervenir directamente sobre las mujeres desde el principio, enfocando las soluciones exclusivamente a intentar poner freno al número de hijos.

Pero aunque la población humana se reduzca a la mitad, un cuarto o a una décima, mientras exista una sola persona con capacidad para negar el acceso al agua, la alimentación, a un hogar, a la tierra, a la energía, a la “vida buena”, incluso dos personas pueden ser consideradas “demasiadas”.
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Artículo original publicado en The Corner House

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